No puedo con los intensitos. Y David Bisbal (Almería, 1978), anoche, en el Teatro Real, se puso muy intenso. O me lo pareció a mí porque últimamente todo me parece que se pasa varios grados de intensidad. Que no es él, que soy yo. El caso es que no me gusta Bisbal y ayer asistí al concierto que dio en Madrid porque siempre es bonito pasarse por El Real –sobre todo si te invitan- y porque está en mi naturaleza apuntarse a un bombardeo (#yestoall).

El artista almeriense, ídolo entre todas las edades y sexos y célebre por sus patadas voladoras sobre el escenario, agotó las localidades para la cita en el templo de la ópera madrileño en diciembre, apenas unas horas después de que saliesen a la venta. Esto lo acabo de descubrir ahora y me siento una ingrata. Mientras yo fiscalizaba los pocos rizos que se ha dejado, sus solapas de raso, los zapatos de charol y repetía con cierta sorna las rimas asonantes y simplonas de sus canciones, alguna fan lloraba por no poder ver a su tótem musical presentar en España su nuevo disco Hijos del Mar. Lo siento, groupies.

El artista almeriense agotó las localidades para la cita madrileña en diciembre, apenas unas horas después de que saliesen a la venta

Como decía, no sigo a Bisbal y, además, soy una paleta musical, pero leo en las crónicas de los que supuestamente saben, como en la de El Mundo, que «Bisbal ya no es Bisbal, que su pop facilón ha desaparecido, que se ha desfigurado, ha sangrado por dentro”. Dice que “tiende a un perfil sonoro más estilizado, más definido y menos previsible”, que “sus nuevos sonidos electrónicos, r’n’b y funky no pueden ser más oportunos viendo los derroteros latinos que copan el mercado discográfico”. Vamos, que Bisbal y su música han madurado desde que se dio a conocer en OT. Y por eso se ha cortado los rizos de querubín.

Y yo pienso, desde la atalaya de mi ignorancia musical, que habrá madurado, pero aun con esa nueva madurez sus canciones me recuerdan a un recopilatorio de dedicatorias de carpeta de adolescente. Como no conozco las canciones -salvo el Ave María y el Bulería– apunté a vuelapluma algún verso de esa poesía del pueblo que enloqueció ayer a más de 1.700 asistentes.

“Quiero pintar con tus besos un cielo de estrellas; No puedo colmarte ni de joyas ni dinero, pero puedo darte un corazón que es verdadero; Algunos años más y el mismo amor latiendo, por mí nunca tendrás que estar sufriendo; Hoy mi norte tiene dueña tiene rumbo y verso”. Suficiente.

Más allá de gustos, Bisbal hizo vibrar las tablas de El Real, como si de la mismísima Traviata se tratase

Más allá de gustos, Bisbal hizo vibrar ayer El Real, como si de la mismísima Traviata se tratase. Ya en 2012 arrasó en el mítico Royal Albert Hall de Londres. El chico canta bien, se contonea bien y cae bien, incluso muy bien. Lo da todo sobre las tablas, no como Enriquito Iglesias, que hace unos días dio un concierto memorable para el olvido en Santander. Cantó poco, olvidó las letras porque se puso nervioso -así se justificó ante 30.000 personas- y le despidieron al grito de “¡fraude, esto en un atraco!”. El propio presidente cántabro, que casi nunca se mete en nada, señaló que Iglesias «deja mucho que desear como cantante» y que el final del polémico concierto fue «lamentable». Nada que ver con el éxito rotundo que cosechó el triunfito andaluz. Bisbal es generoso con el público. Iglesias nació rico.

Un currante y una estrella

Bisbal, que ha vendido más de seis millones de copias y tiene medio centenar de discos de platino, es una estrella y un currante. Hizo muchos bolos con su modesta Orquesta Expresiones antes de revolucionar OT en 2001 y no parece olvidarlo. Durante más de dos horas se entregó a un público de lo más heterogéneo, bailó entre el fitness woman y el bodyloquesea, y se golpeó tantas veces el pecho (el lado izquierdo, el del corazón) en señal de afecto profundo y sincero, que pensé en la idoneidad de un desfibrilador en un lugar como ése. Por si acaso.

A mi izquierda, una señorona de perlas engarzadas con brillantes y perfume presuntamente caro y con seguridad insoportable para todos los que estábamos próximos casi suelta una lágrima durante una balada acústica, mientras susurraba “me desangra el alma”. Y su Santo, como diría Elvira Lindo, ahí, aguantando. “Guapo, papasito y eres el mejor” le corearon desde la platea y los palcos. Se escucharon más oles en El Real que las dos veces que he ido a Las Ventas, y los asistentes pedían silencio en los momentos intimistas en los que se ponía más romanticón. Fue más torero que los que se la juegan.

El templo de la ópera se hizo ayer más grande porque los templos se engrandecen con los sacrilegios

Bisbal sigue sin gustarme, pero conecta con el público, aunque sea con ñoñadas que a mí me repelen un poco. Que no es él, que soy yo. «Ojala no amaneciera nunca y me quedase con vosotros en el teatro para siempre”, declamó en una ocasión. Los “viva España” y “os quiero” a grito pelado y con mucho sentimiento también se oyeron en el templo de la ópera. Un templo que ayer se hizo más grande porque como dice mi amiga y compañera Marta García Aller, “los templos se engrandecen con los sacrilegios, así que las señoras con abono y visón, más de Puccini que de Vivaldi, o viceversa, deberían agradecer a Bisbal el recital de anoche”.

El citado sacrilegio se enmarca en ciclo Universal Music Festival, una gran iniciativa para las noches madrileñas que hoy acoge a James Rhodes y que ha colocado sobre el escenario del Real, gracias a Sabadell y a Nautalia como patrocinadores principales, a Sting, Pet Shop Boys, Pretenders y Zucchero, entre otros. Los próximos días estarán Rosario, Tom Jones y Luis Fonsi que llevará el sacrilegio a su cénit, pero Despacito.