Pedro Sánchez ganó las elecciones primarias en el PSOE con 305 votos sobre la mayoría absoluta y los votantes fueron 147.835, pero Sánchez obtuvo 15.182 votos más que Susana Díaz. Suficientes para obtener el liderazgo, pero demasiado pocos para convertirse en «dueño» de un partido centenario como es el PSOE, pues casi la mitad de los votantes en esas primarias no introdujimos en las urnas la papeleta de Sánchez. Sin embargo, a partir de su triunfo se viene comportando como si fuera el amo del cortijo, quitando y poniendo gente con absoluto desprecio, no sólo de la mitad de los afiliados, también de lo que puedan pensar los millones de votantes que apoyaron al PSOE en las últimas elecciones generales. Votos que no vinieron precisamente de Cataluña.

¿Cree Sánchez que esos votantes pueden estar de acuerdo en cargarse partes esenciales de la Constitución? Por ejemplo, el Artículo 1: «La Soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado»; el Artículo 2: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española», o el Artículo 3: «El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen del deber de conocerla y el derecho a usarla».

El virus del sectarismo, tan extendido en la vida política española, ha infectado a buena parte del PSOE, haciéndole creer, por ejemplo, que el PP es igual al franquismo o que Rajoy representa el mal sin mezcla de bien alguno. Un discurso lleno de mentiras, como lo son todos los «argumentos» demagógicos.

A partir de su triunfo, Sánchez se viene comportando como si fuera el amo del cortijo, quitando y poniendo gente con absoluto desprecio

Aunque sé que es fácil explicar las cosas a posteriori, creo que es legítimo analizar críticamente el porqué de la derrota de Susana. No era difícil intuir que buena parte de la militancia del PSOE ha venido demostrando desde larga data su querencia al derribo de las élites y al izquierdismo más romo y traspapelado. Abundan, en efecto, los iconoclastas que prefieren a Barrabás frente a Jesús y a Carlos Marx antes que a Felipe González y precisamente por eso no se entiende una exhibición de «poderío» como la que se hizo en Madrid, reuniendo en el Palacio de Congresos para apoyar a Díaz a lo más florido y veterano del socialismo felipista.

Ante el «No es no» y «Somos la izquierda», la sensatez y la experiencia valen poco para una militancia desmadrada y dispuesta a excitarse con las más bajas pasiones, a imitación del viejo grito anarquista: «Ni Dios, ni Rey, ni patrón… ni CNT». Una proclama «juvenil» sostenida por viejas y periclitadas ideas que nunca fueron socialdemócratas.

¿Alguien puede apoyar lo que Sánchez soltó el otro día en La Vanguardia de Barcelona? Allí volvió a identificar a Cataluña con el separatismo catalán (que tiene menos de la mitad de los votos emitidos en las últimas elecciones autonómicas); también dijo que el referéndum es una reivindicación mayoritaria. Pues claro, y también lo sería en cualquier otro lugar de España y del mundo. Cuando a alguien le preguntan, sin más explicaciones, si quiere «decidir» sobre algo, todo el mundo responde que sí. El problema es que el referéndum que proponen los separatistas es ilegal y por ello no se puede ni se debe celebrar.

Ante el «No es no» y «Somos la izquierda», la sensatez y la experiencia valen poco para una militancia desmadrada

Sánchez dijo también a ese periódico que en España se estaba produciendo una «recentralización», pero no hay un solo dato que confirme tamaña leyenda urbana. Y volvió a repetir esa entelequia que recibe el nombre de «federalismo» (asimétrico, claro está).

Pedro Sánchez quiere mostrar que frente a la política de resistencia de Rajoy él tiene un plan «dialogante» para Cataluña. Y lo presenta como un antídoto frente al referéndum del 1 de octubre. Naturalmente, nadie espera que el frente secesionista se lo tome en serio, pero lo que sí puede conseguir es que la opinión pública reparta la culpa del disparate catalán entre los secesionistas y el Gobierno. De alguna forma, Sánchez equipara el incumplimiento de la ley con una supuesta falta de voluntad de diálogo por parte del Gobierno, lo cual, simplemente, es una vileza.

Lo que en verdad busca es crear, a base de estas descabelladas propuestas -llenas, además, de regalos económicos y políticos para la Generalidad- una plataforma electoral para que su amigo Iceta se presente a las próximas elecciones autonómicas con esta «original» apuesta, pretendiendo con ello parar la caída en picado que viene sufriendo el PSC… una vez más sin hacer caso de la vieja conseja campesina según la cual «para salir de un hoyo, lo primero es dejar de cavar».

Y a todo esto, ¿cuándo va a consultar Sánchez a sus sacrosantas bases acerca de la conveniencia o no de subirse a este caballo sin bridas y sin estribos? Lo prometió durante la campaña de primarias, pero me temo que jamás pensó en cumplir esa promesa.