Nos pasa a los 10, a los 15, a los veintitantos y, supongo, que a los 50. El corazón, de repente, se sale del pecho y el cabrón va hacia donde le da la gana. No elige colores, ni alturas, ni cortes de pelo, ni siquiera medidas «correctas» y, mucho menos, el sexo. Quizás en el colegio nos provoca unos nervios difíciles de controlar, esa sensación de indefensión que nos hace comportarnos como imbéciles. A los 50, espero, lo manejamos un poco mejor.

Esta mañana hemos despertado con un corto llamativo. El protagonista es ese corazón volando. Desbocado, ilusionado, sin miedos. Es el corazón de Sherwin, que sale escopetado y le muestra una realidad que le era ajena. Resulta que se engancha rápidamente a otro chico, a un compañero de colegio. Sherwin pasa tanto miedo como vergüenza. Le persigue, intenta atraparlo, devolverlo a su sitio. «¿Qué hace este? Me deja en ridículo». Parece pensar.

Imagínense la sensación de pavor al darse cuenta de que todo el mundo puede ver cómo su corazón no sigue las normas de la tradición. Pero es que, aunque a muchos les sigue costando entenderlo, el amor es eso. La falta de racionalidad, la grandeza de encenderte con lo que te de la gana, o con lo que a tu corazón le salga de las narices.

Al final lo atrapa. Más bien lo atrapan los dos. Sherwin y su compañero. Y lo estiran tanto, cada uno tirando de un lado, que lo rompen. Un «rompimos el amor de tanto temerlo», ¿o era usarlo? El protagonista sale corriendo ante las miradas cerradas de los otros chicos del colegio. Se esconde, como si querer fuese vergonzoso y no lo mejor que tenemos, y se hace pequeñito. El final es precioso. Los dos recomponen el corazón de Sherwin, unen los trozos.

El corto se llama In a heartbeat (En un latido). Es de Esteban Bravo y Beth David y en estos momentos ya tiene 6 millones de reproducciones. Es la primera vez que para explicar a la sociedad que el amor es libre se utiliza a dos niños. Es la mejor forma. Son nuestro mejor público, nuestro mejor futuro. Son los que deberían verlo en el colegio para que no sientan que tienen que educar a los sentimientos, sino que sepan que tienen que estar orgullosos de ellos.