El héroe necesita humanizarse para ser héroe o de lo contrario será un villano. El problema es el timing. Quiero decir: el trauma del ídolo suele ser primitivo, una suerte de desastre fundacional. A esto ha contribuido fabulosamente el periodismo, que necesita del fracaso tanto como el cine del desamor. Mira lo que eras, mira lo que eres. Cuánto has sufrido. Cómo hemos cambiado. El caso es que el camino pocas veces se recorre al revés.

El problema con Usain Bolt es que nació perfecto. Jamás perdió, ni siquiera cuando se calzó las zapatillas del revés en la cámara de salidas de un Mundial Júnior a consecuencia de los puros nervios. A excepción de la salida en falso de Daegu 2011, todo lo que ha rodeado a Bolt durante diez años ha sido una perfección tan asombrosa que hemos tenido que decorar su carrera con pegas artificiales para poder adorar a nuestro ídolo pagano sin remordimientos.

Llevamos años asistiendo a exhibiciones atléticas de otro tiempo como antaño visionábamos Miss España, cuando aún lo echaban por la tele. «¡Pero si esa es Miss Fea!», «¡¡Pero qué retaco!!». Y el definitivo: «¡¡¡Celulitis!!!».

Durante una década hemos tratado de humanizar a Usain Bolt con pegas falsas para poder adorarle sin remordimientos

En el caso del jamaicano, esta humanización forzada tenía que ver con sus supuestas malas salidas, con su presunta zancada deslavazada, con su pregonada desidia en los metros finales de carrera. Algo tenía que tener, aparte de una nómina de rivales colmada de perdedores patológicos, dopados reincidentes y velocistas franceses.

Pero no era suficiente. Bolt es humano ahora, acechado por la calvicie como LeBron James, que si sigue retrasando la posición de su cinta capilar puede terminar jugando con kipá en el Happoel de Jerusalén.

Bolt es humano ahora, especialmente, cuando en su despedida de la competición en el Mundial de Atletismo de Londres ha renunciado a correr los 200 metros lisos, la prueba que durante su carrera ha dominado con mayor espectacularidad aún que el 100.

Bolt es humano ahora que conoce esa sensación. Que esa chica a la que miras no se va a fijar en ti. Que mejor improvises un baile trogloditesco con los colegas antes de emprender un camino fracasado de antemano. Que tú has venido aquí a pasártelo bien, no a un programa de citas. Que todo lo anterior es falso y la noche sólo habría tenido sentido con ella, pero que eso nadie tiene por qué saberlo.

Ahora sí, Usain, ahora sí. Ya conoces a nuestras Marías, a nuestras Albas, a nuestras Lorenas, a nuestras Karinas. Insértese aquí el nombre de turno. El tuyo se llama Wayde, es sudafricano, tiene carisma y parece un chaval majo. Lo peor de todo es que ni siquiera puedes odiarle, acaso ni saludarle por temor a que encima te caiga bien. Menudo tipo. No pasa nada, amigo Usain, ahora eres uno de los nuestros. Y te querremos más que nunca.