La disputa sobre el origen de Macedonia admite tantos matices como la guerra abierta sobre la paternidad de este Madrid de nuevo supercampeón de Europa tras derrotar al Manchester United por 2 a 1. ¿Florentino Pérez? ¿José Mourinho? ¿El mismísimo Zinedine Zidane? ¿Rafa Benítez? ¿Salvador Dalí? O pese a estar imputado: ¿Cristiano Ronaldo?

En el caso de este país balcánico, Grecia se ha negado a reconocer tanto su nombre como su bandera desde que consiguió la independencia en el año 1991. Ambos símbolos los considera intrusos de su propia historia. Un robo de identidad en toda regla. El conflicto escaló durante meses hasta llegar al bloqueo económico de 1994, y al posterior acuerdo de 1995. De allí salió un nombre que 22 años después ya parece definitivo, aunque nunca deje de sonar estrambótico: F.Y.R.O.M (Former Yugoslavian Republic of Macedonia).

Hay más peculiaridades en el país que este martes proclamó al Real Madrid campeón. Especialmente en Skopje, una ciudad de paseo sospechoso, que a veces parece de cartón piedra, no sin motivo. Fue destruida en 1963 como consecuencia de un terremoto brutal que arrasó la ciudad hasta sus cimientos, dejando en pie el caótico barrio otomano y poco más. Ante la disyuntiva de empezar de cero o reconstruir lo perdido, los macedonios optaron por lo segundo. Todo es clásico y moderno, vetusto y vanguardista a la vez. A menudo uno se cuestiona si no se tomaron excesivas licencias en la restauración.

Por eso tenía que ser en Skopje donde se reencontraran el Real Madrid y José Mourinho: este equipo siempre le otorga un relato a las excentricidades de la UEFA. Skopje, Cardiff, qué más da. Sobre aquel Di María este Gareth Bale; sobre aquel Özil este Isco; sobre ese Cristiano exprimido este otro rotado; sobre esos Modric y Marcelo discutidos estos otros consagrados; sobre aquellas salidas de Iker estos rechaces de Keylor. Ya me entienden.

El Real Madrid de Zidane construye sus triunfos con toda la continuidad que puede otorgar un club esquizofrénico, pura arena movediza. Tras el terremoto de Mourinho, de Guardiola, de los dedos, de las selecciones, el Madrid como Skopje optó por no empezar de cero, por aprovechar los cimientos para construir sobre ellos. A veces restaura de más, a veces pierde la esencia que da la piedra original, el contraataque primigenio; pero en general es una ciudad, es un equipo mejor.

Por eso no se entiende que cuando marca Casemiro y en la radio se narra el gol, el grito de cierre sea un «¡Toma Mourinho!» rabioso. Cuando se colocó en el Art Bridge de Skopje la última escultura de los artistas que marcaron el devenir del país y se completó la reconstrucción de la ciudad nadie revolvió en las polémicas, nadie desenterró las raíces, nadie avivó las identidades. Macedonia es una nación construida sobre el recuerdo de un legado mitológico pero históricamente inapreciable. Alejandro Magno da nombre al país, a sus principales calles, a sus mayores monumentos. Le da, sobre todo, una herencia que reclamar en un entorno en el que sin relato propio, real o no, no existes. Y todo pese a que su Macedonia fue la griega, no la F.Y.R.O.M. ¿Qué no debería hacer el Madrid con Mourinho? En fin: tenía que ser en Skopje.