Se les acabaron los argumentos a Carles Puigdemont y a todos los que le han estado acompañando hasta hoy en esa estafa que ha sido su apropiación, la apropiación para su causa, de la idea del «pueblo catalán». Durante muchísimos años, tantos como 30, hemos venido escuchando a los dirigentes nacionalistas catalanes hablar en nombre de Cataluña cada vez que aireaban sus infinitas reivindicaciones y sus no menos infinitos reproches: «Cataluña quiere…», «Cataluña reclama…», «Cataluña se siente…». Y, más recientemente, asumir el papel de intérpretes y encarnación del «pueblo catalán». Hasta hoy, en que ese recurso retórico se les ha acabado para siempre. Ya nunca más podrán atreverse a hablar en nombre del «pueblo catalán» porque hoy se ha demostrado que hay otro pueblo, numerosísimo y mayoritario, como ya se ha constatado en sucesivas convocatorias electorales, que pide,reclama y siente cosas muy distintas, de hecho opuestas, a las que los dirigentes nacionalistas defienden.

Este que salió esta mañana a la calle para gritar Viva España y Viva Cataluña y que coreaba alegremente el grito que se lanzó cuando la selección española ganó el Mundial de fútbol «¡Yo soy españool, españool, españool!» es también el pueblo catalán que se diferencia del otro, del independentista, además de por tener posiciones políticas diametralmente contrarias, por algo rotundamente intolerable y dramático: por no haberse atrevido hasta hoy a decirlo en voz alta y a cara descubierta. En otras palabras, por vivir con miedo. Miedo a ser insultados, a ser empujados a un lado en sus puestos de trabajo, a perder a los amigos, a que sus hijos sean marginados y humillados por los profesores en el colegio o por sus propios compañeros.

Ya nunca más podrán atreverse a hablar en nombre del «pueblo catalán» porque hoy se ha demostrado que hay otro pueblo

Recordemos, como muestra, no sólo las denuncias de estos últimos días de las mujeres de Guardias Civiles y de Policías a propósito del trato que sus niños estaban recibiendo en la escuela. Recordemos también el escandaloso y simbólico episodio de Balaguer, provincia de Lérida, hace sólo dos años cuando casi todos en ese pueblo se pusieron en contra de una madre que había pedido una hora más de enseñanza en castellano en el colegio: aislaron a los niños, dejaron de invitarlos a los cumpleaños, boicotearon el negocio de su madre, negaron a la familia el saludo. Desde la Generalitat se dijo que investigaría lo sucedido. Nadie investigó nada. La madre, arrinconada por la presión, tuvo que sacar a sus hijos de la escuela y enviarlos a otra situada a  30 kilómetros de su casa.

Ese pueblo acosado, sometido y humillado salió ayer a la calle con sus banderas al aire, la roja y gualda y la cuatribarrada, a decir que son tan catalanes como españoles, que no quieren que Puigdemont proclame la secesión de Cataluña y que piden que se abra un espacio de diálogo que permita superar esta situación. Todas esas opiniones que han sido sistemáticamente silenciadas desde el poder y simultáneamente arrinconadas desde la red, muy bien armada, que el independentismo tiene en cada pueblo, en cada grupo social, todas esas opiniones fueron recogidas y formuladas por los dos intervinientes al término de esta manifestación masiva: el escritor Mario Vargas Llosa y el político Josep Borrell tuvieron unas intervenciones llenas de potencia argumental y de dureza extrema contra lo que han supuesto históricamente en el mundo los nacionalismos, es decir, sangre, guerra y millones de muertos, y en apoyo de la convivencia en libertad que ampara una democracia fuerte y europea como la española.

Borrell, diremos de paso, sería un magnífico cabeza de lista del Partido Socialista en unas elecciones catalanas

Fueron dos discursos que merecen ser escuchados más de una vez y más de dos porque contienen casi todo lo que el gobierno de la Generalitat debe escuchar antes de, como dijo Borrell, empujar a los catalanes hacia el abismo. Borrell, diremos de paso, sería un magnífico cabeza de lista del Partido Socialista en unas elecciones catalanas y su candidatura tendría el efecto de sacar al PSC de esa tierra de nadie en la que ha caído desde hace años y que lo mantiene desde entonces en la más absoluta irrelevancia política en Cataluña.

Toda esta reacción popular, masiva, decidida, contundente y extraordinariamente serena, superó con con mucho, mucho, las mejores expectativas de los dirigentes de la Sociedad Civil Catalana. Y mi impresión es que el detonante que puso a esta parte del pueblo catalán definitivamente en pie no fue desde luego el Gobierno ni ninguno de los partidos constitucionalistas asistentes a la manifestación -por cierto, qué gran ocasión han perdido Miquel Iceta y Pedro Sánchez de ponerse en el centro del foco de los votantes catalanes-, cuya tenaz resistencia a la ofensiva independentista tendrá sin duda réditos en las próximas elecciones autonómicas. No, lo que ha puesto definitiva e irreversiblemente en pie a la sociedad catalana ha sido el soberbio discurso ante la Nación que el Rey pronunció el pasado 3 de octubre, hace sólo cinco días, y en el que dejó meridianamente claros los cauces por los que va a discurrir siempre, sin la menor duda, la democracia española y en el que aseguró a los catalanes, con toda la vehemencia que permiten este tipo de declaraciones institucionales, que no estaban solos y que no lo estarían nunca porque el Estado de Derecho los amparaba y les proporcionaría esa anhelada y no obtenida seguridad. El Rey Felipe hizo un servicio impagable a España y a los españoles, y su intervención será recogida en los libros de Historia cuando se ocupen de estudiar este tormentoso tiempo político.

Lo que ha puesto definitiva e irreversiblemente en pie a la sociedad catalana ha sido el soberbio discurso del Rey a la Nación

Pero los señores Puigdemont, Mas, Junqueras y tutti cuanti no sólo perdieron ayer para siempre jamás su pretendida coartada de hablar en nombre del «pueblo catalán» sino que se han quedado además huérfanos de otro de sus grandes apoyos para defender la secesión y saltarse todas las leyes, incluida las suyas: la afirmación demostradamente falsaria, de que la independencia traería a Cataluña tiempos aún inexplorados de bienestar y riqueza. La estampida de las más importantes empresas con sede en Cataluña y de otras muchísimas cuya salida del territorio no se ha recogido en los medios de comunicación, le ha dejado con las vergüenzas al aire y sin posibilidad de refugiarse en una nueva de sus muchas mentiras. Han perdido pie y van camino de ahogarse.

Terminando de escribir este artículo leo que Puigdemont ha declarado en TV3 -cadena que ha quedado definitivamente desacreditada por secundar de manera vergonzosa la propaganda de un gobierno junto al que ha actuado como piquete de agitación secesionista- que, de todas maneras, él se dispone a aplicar su ilegal ley del Referéndum es decir, a declarar la independencia. Eso significa que sabe que está al borde del abismo y que no tiene otra opción que saltar al vacío para convertirse en un mártir de su causa.

Pero ya da igual lo que haga: los secesionistas han perdido la partida y la ciudadanía la ha ganado.