Barcelona sigue siendo una de las ciudades más bellas de Europa. Paseas por el Ensanche, por las Ramblas, por el Gótico y aparentemente nada ha cambiado. El bullicio, las colas de turistas en La Pedrera, las tiendas de ropa de lujo, las librerías, los pequeños cafés… Nadie diría que Cataluña esté a punto de declararse independiente, que las calles de la Barcelona cosmopolita y orgullosa puedan volver a vivir en los próximos días momentos dramáticos, explosiones de violencia que nos retrotraigan a lo que sucedió en los años treinta.

El nacionalismo, con envidiable habilidad, ha construido en Cataluña una realidad virtual que ha sido asimilada incluso por los que no comparten su ideario. La Generalitat, con todo su poder; los medios públicos (nada se entiende sin la máquina de intoxicación de TV3) y privados subvencionados generosamente; la burguesía complaciente; una intelectualidad paniaguada y sumisa, han contribuido a hacer creíble la ficción no sólo de que la independencia es posible, sino de que no tendría ningún coste, de que se conseguiría convocando gigantescas manifestaciones de familias sonrientes y con campañas publicitarias en los rotativos extranjeros.

La decisión de CaixaBank de trasladar su sede a Valencia (su influyente Fundación y el holding Criteria se van a Palma), la del Sabadell de marcharse a Alicante, junto a otras empresas punteras como Gas Natural,  Freixenet, Aguas de Barcelona y muchas otras que hay ya en cola pidiendo turno para la salida, ha sido una bofetada de realismo para los fabricantes de sueños, entre los que destaca, por encima de todos, Carles Puigdemont. Barcelona, la ciudad pujante, el polo de atracción empresarial más potente de España, se queda sin las sedes de sus principales compañías, entre las que destaca el buque insignia pilotado por Isidro Fainé.

Puigdemont quiere culminar su promesa de llevar a Cataluña a la independencia. La CUP, ANC y Òmnium tampoco le permitirían hacer otra cosa

Las posibilidades de parar esta locura son escasas. “Puigdemont -me comenta el prestigioso abogado y creador del partido nacionalista moderado Lliures,  Antoni Fernández Teixidó– es un político sin vanidad, lo cual le convierte en un individuo peligroso”. El presidente de la Generalitat, como le dijo a Mairus Carol en una entrevista en La Vanguardia, no podría “mirarse al espejo” si no cumpliera su compromiso, si no llevara adelante el mandato del Parlament y de las urnas -no importa como se llenaran- del referéndum del 1-O.

Él no lo soportaría y sus socios no le dejarían hacerlo. El independentismo, en una pirueta política de la que no tardarán en arrepentirse, ha dejado el timón del procés a merced de la calle. O, lo que es lo mismo, en manos de la CUP, la ANC y Òmnium. Sus líderes, Anna Gabriel, Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, son los que cortan el bacalao, porque son los que tienen capacidad para movilizar a a las masas.

Ahora, tanto Puigdemont como el vicepresidente de la Generalitat y líder de ERC, Oriol Junqueras, son rehenes de esas organizaciones a las que han alimentado y financiado.

Los tontos útiles de este proceso de desquiciamiento han sido los miembros del PDeCat. Le han dado al desvarío un barniz de credibilidad. Pero el heredero de Convergencia, el partido dinamitado por la corrupción de la familia Pujol, ha seguido el rumbo marcado por Artur (en otro tiempo Arturo) Mas, que actúa más por resentimiento que por convicción. Sin embargo, sus declaraciones al Financial Times (“Cataluña no está lista para una independencia real”) suponen un esfuerzo por poner un poco de seny a esta aventura.

Las declaraciones de Santi Vila y Artur Mas tan sólo responden a un freno táctico provocado por el miedo. El PDeCat ha firmado “un pacto de sangre” con ERC

“El freno a Puigdemont se lo pondrá su propio partido”, dicen los optimistas -algunos de ellos residentes en La Moncloa-. Dan un valor extraordinario a las declaraciones del conseller Santi Vila a RAC-1 pidiendo “reflexión” y advirtiendo de que “las prisas pueden estropear el sueño”. Las presiones desde la élite empresarial hacia el PDeCat pretenden que este partido ponga coto al suicidio colectivo. No en vano, varios de los ejecutivos que lo apoyan forman parte de los consejos de administración de las empresas y bancos que han decidido marcharse de Barcelona.

Algunos ponen en duda la capacidad del partido al que pertenece Puigdemont para dar marcha atrás. “Quien espere que el PDeCat va a hacer descarrilar el proceso es que no conoce a ese partido, que ha firmado a sangre y fuego un compromiso por la independencia con ERC”, afirma rotundo Josep Antoni Durán i Lleida, ex portavoz parlamentario de CiU y ahora en la reserva y a la expectativa.

La cosa se ha desmadrado hasta tal punto que muchos universitarios, que pasean desafiantes con sus esteladas a la espalda por el centro de Barcelona, afirman sin rubor que su lucha ya no es sólo por la independencia, sino “en defensa de la democracia y contra el fascismo”.

Y el fascismo, en ese imaginario colectivo, tan del gusto de los prebostes de la Generalitat es, por supuesto, España y el PP, “que no ha sabido romper”, dicen, “el cordón umbilical con el franquismo”.

Hábiles en el manejo de la imagen y en la difusión masiva de noticias falsas o manipuladas, Puigdemont y los suyos se han encontrado con un regalo casi divino: la actuación policial para retirar urnas el pasado 1 de octubre.

La supuesta brutalidad policial ha sido magnificada hasta el paroxismo. La -todo hay que decirlo- perfecta organización del referéndum y la pasividad de los Mossos pusieron a Policía y Guardia Civil en una situación muy difícil. Una fuente de Interior explica: “Podíamos haber hecho lo mismo que los Mossos y habernos dado la vuelta, pero la orden de la juez era explícita y eramos la garantía de que también en Cataluña está vigente el Estado de Derecho”.

Las urnas llegaron a los colegios, no a primeras horas de la madrugada, como se pensaba, sino a las 8,30, cuando ya había miles de ciudadanos protegiendo los colegios. Policía y Guardia Civil llegaron a realizar cien operativos con enfrentamientos en las calles. Si hubiera habido violencia incontrolada, las cifras de víctimas hubieran sido mucho más elevadas. “Empleamos la fuerza, pero los policías y los guardias tenían instrucciones precisas de evitar en lo posible la violencia y, en la mayoría de los casos, se actuó con mucha profesionalidad”, dice la fuente. Por supuesto, las declaraciones a TV3 del delegado del Gobierno, Enric Millo, pidiendo “disculpas” por la actuación policial no han sentado nada bien no sólo en la Policía y la Guardia Civil, sino en la cúpula de Interior.

Las fotos de la Policía y la Guardia Civil entrando en los colegios el 1-O es el único activo con que cuenta hoy el presidente de la Generalitat

El caso es que la fotografía de los Antidisturbios irrumpiendo en los colegios es, hoy por hoy, el único activo con el que cuenta Puigdemont; la prueba, como dicen los nacionalistas radicales, de que “en Cataluña no se respeta la democracia”.

La pelota está en el tejado del presidente de la Generalitat. Si el martes declara la independencia (el pleno en el Parlament previsto para el lunes ha sido suspendido por el Tribunal Constitucional), a Mariano Rajoy no le quedará más remedio que responder con el artículo 155 de la Constitución u otras alternativas no menos dolorosas, como la ley de  Seguridad Nacional o el estado de excepción.

Desde el sector financiero y empresarial se presiona a Puigdemont para que no declare la independencia el martes y anuncie elecciones anticipadas

¿Hay manera de evitarlo? Una fuente del sector financiero me confiesa que se están haciendo esfuerzos en los últimos días por parte de importantes banqueros y empresarios de Cataluña (entre los que estarían Isidro Fainé; el presidente de la patronal Fomento, Joaquín Gay de Montellá, y Jaime Guardiola, consejero delegado del Sabadell) para que el próximo martes Puigdemont, sin renunciar a la independencia, decida disolver el Parlament y convocar elecciones anticipadas. En esos comicios, el nacionalismo aspiraría a lograr la mayoría absoluta sin necesidad de recurrir a la muleta de la CUP. El papel de mediador entre la gran burguesía catalana y el presidente de la Generalitat lo estaría haciendo Artur Mas.

Pero las elecciones las carga el diablo. ¿Y si no se cumplen los pronósticos? ¿Y si se vuelve a repetir una situación de división al 50% entre nacionalistas y no nacionalistas? Esa duda es la que empuja a la CUP, a una parte de ERC y a las organizaciones de masas a decir: “Ahora o nunca”.

Los independentistas no son conscientes de la ola de rechazo que han provocado en toda España. Millones de ciudadanos han dicho: ¡Basta!

No importa que en el referéndum trucado votaran “sí” solamente el 37% de los catalanes con derecho a voto, no parece preocuparles que la economía pueda irse a pique, que la fractura social se haya convertido en insoportable. El sueño de la independencia tiene que convertirse en realidad al precio que sea.

Los independentistas no son del todo conscientes de la ola de rechazo que han provocado en toda España, del renacimiento del -en palabras de Felipe VI– “orgullo de ser lo que somos”. Millones de personas de todas las regiones han dicho: ¡Basta!

Al igual que decenas de miles de clientes han decidido en los últimos días retirar sus cuentas de entidades catalanas, muchos más están dispuestos a defender la Constitución y lo que ella representa. Y no son fascistas, ni de extrema derecha, son, sencillamente, demócratas que reclaman ser escuchados y que piden respeto para el Estado de Derecho. Como harán hoy en Barcelona una multitud de catalanes y de personas que, sin serlo, quieren solidarizarse con los que ahora se sienten arrollados por la avalancha soberanista.

¿Cómo será pasear por las calles de Barcelona dentro de unos días o de unas semanas? Barcelona perdurará por encima de los alucinados y recuperará su poder cuando la mayoría de sus ciudadanos sean conscientes de que el sueño que persiguen sus actuales líderes está a punto de convertirse en su peor pesadilla.