Lo que Artur Mas ha dicho de que no están aún preparados para la independencia es una perogrullada que no significa, ni mucho menos, que él y los suyos vayan a renunciar a proclamarla sino, sencillamente, que «ahora» no están en condiciones de hacerlo. Los argumentos que maneja el ex presidente de la Generalitat son argumentos, como siempre, extraordinariamente tramposos. Dice que todavía no pueden disfrutar de una independencia «real» -habría que preguntarle qué es una independencia no real- porque aún no tienen, ha dicho, el control del territorio, la recaudación de impuestos y el sistema judicial. ¡Pero, hombre, si todo eso, especialmente lo referido a un poder judicial controlado por el gobierno de turno, lo tienen previsto y bien detallado en su engendro legal bautizado como Ley de Transitoriedad!

No, señor Mas, su problema no es que Cataluña «aún tiene que allanar el terreno» para conseguir esa independencia que él llama real sino que sabe, lo supo siempre, que la apuesta independentista nunca tuvo la posibilidad de convertirse en realidad. Y ahora se encuentra de cara con los hechos que han estado ocultando a la crédula población independentista a la que llevan años y años engañando de mala manera. Y los hechos son que, aun antes de que Carles Puigdemont se decida a proclamar unilateralmente esa independencia ficticia, una multitud de empresas radicadas en Cataluña ha decidido ya trasladar sus sedes sociales a otras capitales de España. Y, finalmente, el golpe definitivo: la Caixa, faro y guía de la identidad catalana, «orgullo y prez», como se decía antiguamente. de una burguesía tan estúpidamente autosatisfecha de ser como se ha demostrado que es, acaba de anunciar que también se va de Cataluña e instala su sede social en Valencia.

Mas se encuentra ahora de cara con los hechos que han estado ocultando a la crédula población independentista a la que llevan años y años engañando

Esa y no otra es la consecuencia de la independencia real de la que no se atreve a hablar el astuto Artur Mas, uno de los  inspiradores y autores materiales de este desastre. Y por eso, porque no se atreve ahora a encarar los hechos porque ello le obligaría a dar muchas explicaciones a quienes les han seguido y les han creído, echa mano del control del territorio, de la recaudación de impuestos y del poder judicial.

Es verdad que el control del territorio habría supuesto una tarea imposible porque da la casualidad de que el Estado español no lo toleraría, lo cual llevaría, de intentarse por parte del secesionismo, a un escenario de violencia física, quiero decir a un enfrentamiento armado. Porque resulta que independizarse por la vía unilateral de un país no se resuelve con unas cuantas decisiones administrativas y un puñado de manifestaciones entusiastas. Es algo mucho más grave e infinitamente más serio y con riesgos más terribles que todas las pantomimas a las que hemos estado asistiendo.

Pero en los otros dos capítulos -justicia e impuestos- que el señor Mas saca a colación para encubrir y disfrazar su reconocimiento del fracaso, ellos mismos habían anunciado que ya tenían lista la Agencia Tributaria catalana para empezar a recaudar en cuanto se lo ordenaran. Y habían hecho un diseño de su poder judicial que dibujaba directamente un proyecto totalitario en la medida en que la cúpula judicial estaría sometida al control del poder ejecutivo. Y ahora resulta que no están listos, que lo van a tener que dejar para mejor ocasión.

Una vez que este desafío haya fracasado, es imprescindible impedir que sigan preparándose para dar otro golpe de Estado

Pero ésa ya sería una responsabilidad de los gobiernos, del actual y los sucesivos, y del resto de la población española: la de no volver a caer en los errores y en las cesiones y desidias de tantos años que están en el origen del drama que vivimos ahora. Es decir que, una vez que este desafío haya fracasado, es imprescindible impedir que sigan preparándose para dar otro golpe de Estado en cuanto la ocasión les volviera a ser propicia. A errar y no corregir el  error es a lo que propiamente se puede llamar errar, como dijo no sé quién. Apliquémonos el cuento.

A ellos no les queda ahora más remedio que dar marcha atrás y echar el freno a su locura. Su problema a continuación va a ser el de encararse con sus seguidores. Y estas tretas de Artur Mas son papel mojado frente a la enormidad del hachazo que le ha sido asestado. No sirven para nada.  Todos sus cuentos de que Cataluña permanecería en la Unión Europea, las pensiones aumentarían y sus habitantes serían más felices y merendarían todas las tardes chocolate con panellets -no digo con churros porque eso tiene un tufo a españolidad que les echaría para atrás- se está yendo abajo con el paso de las horas porque la banca y el mundo empresarial nunca han comprado una mercancía tan averiada. Porque ni la banca ni el mundo empresarial se chupan un dedo y siempre han sido muy conscientes de que esta deriva suicida de los dirigentes catalanes les llevaba al abismo y les sacaba del paraguas protector de Europa.

El mundo financiero y el empresarial han tomado la decisión inapelable. En esta Cataluña no quieren estar porque eso daña los intereses de sus clientes. Punto.

Es verdad que, salvos honrosísimas excepciones, habían guardado hasta ahora un inquietante silencio que ha podido alentar las fantasías de los secesionistas hasta el punto de que Oriol Junqueras dijo ayer  mismo: «Ninguna empresa se irá de Cataluña» cuando se declare la independencia. Hay que ver qué buen ojo, y qué buena información maneja el consejero de Economía y Hacienda de la Generalitat.

Pero, llegada la hora de la verdad, el mundo financiero y el mundo empresarial han tomado la decisión inapelable. En esta Cataluña no quieren estar porque eso daña los intereses de sus clientes. Punto. Y prepárense los independentistas porque sólo estamos asistiendo al comienzo de toda una cascada de anuncios en el mismo sentido si es que el presidente Puigdemont y sus palmeros, con Artur Mas a la cabeza, persisten en su gravísima irresponsabilidad, de la que tendrán que dar cuenta no sólo ante los tribunales y ante los ciudadanos sino también, como otros predecesores suyos, ante la Historia.

Esto empieza a desmontarse por sí mismo. Pero no ha terminado.