Imposible imaginar un discurso del Rey más contundente, más preciso, más rotundo. Felipe VI ha puesto, sin un solo matiz dubitativo, la proa al gobierno secesionista de la Generalitat a cuyos miembros ha calificado sin ambages de actuar con “inadmisible deslealtad hacia los poderes del Estado”. Pero no sólo eso: el Rey no ha perdido ni un segundo en centrar el asunto porque en el primerísimo párrafo de su intervención ya ha dicho que la pretensión final de la Generalitat es que sea proclamada “ilegalmente” la independencia de Cataluña. Y de ahí en adelante el Rey de España ha seguido disparando, uno detrás de otro, una serie continua de  misiles directamente a la cabeza del secesionismo. Esta intervención es, como fue también la de su padre en febrero del 1981, una intervención que pasará a la Historia.

El Rey acusa abiertamente y sin rodeos. Acusa a Puigdemont y a sus colaboradores presentes y pasados de vulnerar de manera “inadmisible” todas las normas del Estado español gracias a las cuales ellos ocupan los cargos desde los que están atacando a ese Estado. La secuencia de acusaciones y de reproches ha sido de tal intensidad y anclada en un principio tan sólido de realidad que ha causado verdadero asombro. No estábamos acostumbrados a que el Rey se moviera con tanta decisión y tanta dureza por las agitadas aguas de la vida política española. Lo habitual era que el Monarca recurriera a las apelaciones obligadas a la concordia y al respeto al marco de convivencia entre todos los españoles. Pero lo de este martes ha sido otra cosa, otro ámbito, otro mundo. Con sus palabras, Felipe VI ha impreso un sello indeleble a la Monarquía que él encarna hoy. Este discurso le acompañará para siempre y otorga un perfil definitivo e indeleble  a su reinado.

No estábamos acostumbrados a que el Rey se moviera con tanta decisión y tanta dureza por las agitadas aguas de la vida política

Después de haber puesto por fin pie en pared y haber demostrado una meridiana claridad de ideas y de principios respecto de la enorme trascendencia de los problemas que estamos viviendo en Cataluña, después de colocar en su justo sitio inaceptable los intentos desleales de los gobernantes secesionistas y deslegitimar a sus autores, el Rey ha recordado con la misma contundencia que es un deber irrenunciable de los poderes del Estado asegurar la vigencia del autogobierno catalán basado en la Constitución y en el Estatuto. Ese es su compromiso formulado sin rodeos, por derecho. Punto.

A partir de ahí, a partir de haber dejado las cosas claras, Felipe VI ha tenido la sensibilidad y la inteligencia de dirigirse a los millones de catalanes que están ahora mismo acosados y atemorizados por la presión del independentismo y de sus masas en la calle. Y les ha dicho algo esencial: que no están solos y que no lo estarán nunca porque nuestro Estado de Derecho protegerá efectivamente su libertad y sus derechos. Y eso, dicho por el Rey de España en una jornada en la que la ciudadanía ha asistido atónita y profundamente indignada a los ataques, insultos y humillaciones indignos a los miembros de la Policía  Nacional y de la Guardia Civil por parte de una turba de radicales que protagonizaban escenas propias de un clima pre revolucionario, eso ha supuesto un aliento muy potente de apoyo firmísimo y de ánimo impagable.

La intervención del Rey ha devuelto la esperanza en el futuro de España y ha incrementado el prestigio de la Corona

Nunca habíamos escuchado por parte de los responsables políticos de nuestro país un mensaje tan claro, tan seguro, tan democrático, tan libre y tan valiente. La intervención del Rey ha devuelto a la mayor parte de los españoles la esperanza en el futuro de España y con seguridad ha incrementado exponencialmente el prestigio de la Corona. Tras una jornada desoladora en la que el abatimiento, la inseguridad y también el miedo habían dominado el clima emocional de los ciudadanos de todo el país, las palabras del Rey han vuelto a dibujar, con seguridad, la sonrisa a muchos rostros. Y eso es algo que, en estos momentos, es merecedor de un inmenso agradecimiento.

Ahora solo falta que el Gobierno secunde el empujón del Rey y tome las decisiones necesarias. Sin miedo, con el mismo valor  y la misma seguridad que Felipe ha demostrado.

Olé por el Rey.