Nadie le va a preguntar a la víctima de 18 años cómo iba vestida la noche de la presunta violación en grupo en San Fermines, como hasta hace no tanto les pasaba a las mujeres que llevaban a los tribunales las agresiones sexuales. En el juicio a los cinco acusados del grupo autodenominado La Manada, sin embargo, sí que se le ha interrogado a ella por qué actuó con normalidad en redes sociales en los días posteriores a denunciar la agresión sexual.

Parece que las redes sociales son la nueva minifalda. En vez de tener un juez preguntándose cuántos centímetros de tela son necesarios para no ir por ahí provocando, ahora se aceptan a trámite los informes de detectives privados contratados por los acusados que, a falta de algo mejor que melle la credibilidad de la denunciante, presentan como prueba el historial de normalidad en Facebook (a saber qué entienden por normalidad, por cierto). Supongo que de haber encontrado un comportamiento anómalo, también les habría servido para alegar que algo va buscando la muchacha que se deja acompañar de noche por desconocidos.

Si una mujer se comporta de forma normal en sus redes tras sufrir una violación eso sí aporta contexto. Si ellos se comportan como anormales, no es relevante

Puestos a tener en cuenta las redes sociales en el juicio, me pregunto por qué en el banquillo solo se sientan cinco hombres de los 21 que integraban el grupo de Whatsapp de La Manada. Aquellos que jaleaban la idea de violar mujeres o proporcionarles drogas como la burundanga como parte ornamental de la diversión. Pero los comentarios explícitamente machistas y violentos de este grupo de jóvenes que se escribían cosas como que, de ir a la Eurocopa de fútbol, “violarían a una rusa que vea despistada», no han resultado pertinentes para el magistrado de la Audiencia Provincial de Navarra.

Si una mujer se comporta de forma normal en sus redes después de sufrir una violación eso sí que aporta contexto. Si los que se comportan como anormales son ellos, no es relevante.  Cada ocho horas violan a una mujer en España y solo un 1% de las agresiones terminan en sentencia, según datos del Ministerio del Interior. ¿Qué tal eso de contexto? Son más de 1.000 mujeres cada año las que sufren violaciones y muchas otras callan por miedo a no ser creídas. No es nuevo.

En 1989, una sentencia justificaba en España un abuso sexual porque la víctima llevaba minifalda. Aquella polémica sentencia de la Audiencia Provincial de Lérida declaraba probado que el acusado y jefe de la joven, de 16 años de edad, se abalanzó sobre ella y le tocó los genitales. Alegaba el magistrado, sin embargo, que fue la joven la que «provocó este tipo de reacción en su empresario, que no pudo contenerse en su presencia».

Han pasado 30 años de aquella sentencia que, afortunadamente, ahora sería impensable. Los jueces se están modernizando y ahora en vez de medir la minifalda de la víctima le preguntan por el Facebook.