Eclipsado por la súbita aparición y la alocada eclosión de las criptomonedas –con el Bitcoin en primera línea de ese frente– y por el omnipresente blockchain –que mejorará desde la producción de yogures hasta la celebración de contratos de transporte marítimo global- el fenómeno de los asesores financieros robotizados, mixtos o mediopensionistas, parece haber pasado a un segundo plano de la actualidad financiera.

He de confesarles que, en su día, su realidad encarnada (pues durante bastante tiempo pertenecieron a un imaginario frankensteniano difícilmente realizable) despertó en mí un sentimiento ambivalente entre la ineludible inquietud que conlleva el propio futuro y la esperanza de estar ante una noticia de corto recorrido para la muy tocada salud laboral de nuestro sector financiero.

Así de sopetón, se nos anunciaba que en poco tiempo experimentaríamos una paulatina pero imparable sustitución como asesores financieros de carne y hueso por los denominados robots asesores y no era una advertencia hueca, pues en Estados Unidos, una firma como Charles Schwab -una de las principales empresas del sector-, acababa de introducir para su extensa clientela, máquinas automáticas que ofrecen asesoramiento financiero y de gestión de cartera.

Un sudor frío empezaba a recorrer mi frente y la posibilidad de ser sustituido por un frío, incansable y feroz Terminator financiero empezaba a encarnarse como una pesadilla de la que uno quiere pero no puede salir.

Que los robots asesores gestionen carteras mejor que los humanos no es, por ahora, una ley impepinable

Gracias a Dios, la realidad, en algunos casos, moldea los ángulos más agudos de nuestras inquietudes y desde que los roboadvisors (o robots asesores) han empezado a operar, la certeza que éstos puedan gestionar carteras mejor que los humanos no es, al menos por ahora, una ley impepinable.

Lo que es innegable es su eficiencia en ahorro de costes y que en poco tiempo crecerán en importancia y volúmenes gestionados. En más plazo, eso podría tener repercusiones en el mercado porque los robots tomarían decisiones de inversión sutilmente distintas  a los de sus colegas humanos.

En mi modesta opinión, se avecinan, cuatro cambios posibles: los mercados serán menos volátiles porque los robots no son tan emocionales, se volverán más rigurosamente analíticos, habrá menos operaciones y también se globalizarán más.

Por otra parte el componente humano es –para muchos inversores- decisivo. Los robots asesores no son nada divertidos. No invitan a nadie a comer ni a jugar al golf o a tomar una copa después del trabajo, ni convierten cada inversión en una montaña rusa, pero un mercado dominado por ellos podría funcionar más eficientemente e incluso ofrecer más rendimientos. En condicional.

Nada a discutir sobre esos posibles escenarios futuros y sobre un desempeño que, está por ver, supere claramente el guiado por meros mortales.

En todo caso, que el asesor financiero humano y una gestión de carteras rigurosa vayan a ser totalmente sustituidas por la labor de un cyborg de forma inminente se me antoja muy inverosímil.

Otra cosa es elaborar carteras de activos financieros en base a determinados criterios previos de perfil inversor, restricciones y objetivos económicos. Eso ya lo hacen programas informáticos y lo ofrecen diversas plataformas en España. Nada que objetar pues son formas de democratizar el asesoramiento financiero para clientes que no pueden permitirse un asesoramiento Taylor made integral.

El negocio de evaluar necesidades, deseos y metas financieras de las personas no puede ser sustituido por algoritmos

Dar el salto a que un cyborg, un robot o un androide sustituyan a un asesor humano me parece un salto que deja en pañales al de Neil Armstrong cuando puso un pie en la Luna. El complicado negocio de evaluar las necesidades, deseos y metas financieras de las personas no creo que pueda ser sustituido perfectamente por las conclusiones de una serie de algoritmos por más bellos e inteligentes que pretendan ser.

En una correcta gestión patrimonial la evaluación del conjunto de circunstancias personales, familiares, patrimoniales, fiscales, de sensibilidad personal, deseos y objetivos son tan peculiares y cambiantes que a día de hoy están muy lejos de lo que los robots pueden hacer. De hecho, los robots, que yo sepa, solo hacen lo que se les diga que han de hacer. Aún no conozco ningún robot que por millones de cálculos por segundo que realice, haya compuesto algo que se acerque a producir el estremecimiento que nos brinda una Suite de Bach o una sinfonía de Mozart.

Además y excepcionalmente, la autonomía y a veces, por qué no, el genio de los asesores financieros independientes está también a años luz respecto de las máquinas programadas. De ahí que a pesar de los avances robótico-económicos son y serán muchos, los que preferirán debatir y consensuar cara a cara con su asesor de cabecera los límites, objetivos y detalles de su vida financiera personal o empresarial.

Por no hablar de dónde quedan componentes intangibles como la experiencia previa, la formación continuada, la pasión por el trabajo bien hecho, la mejora continua o la pedagogía que tanto enriquece la relación entre asesores y clientes y que difícilmente se derivarán nunca de un archivo ‘pdf’ que te pueda entregar un cyborg asesor del Terminator o del Cyborg Bank de la esquina más cercana.

Puestos a imaginar, ¿se imaginan ustedes enfrentándose  a un cyborg comercial bancario que en base a sus perfectos algoritmos haya decidido que tal o cuál inversión ha de formar indefectiblemente parte de su cartera en base a un maquinal, insensible y frío análisis? Díganle que no y confíen en que el programador del robot asesor se haya acordado de adecuar algunos parámetros del cachivache a nivel pacífico. Parámetros sutiles y fundamentalmente humanos como la aceptación de negativas, el nivel de insistencia, la negociación o la tolerancia a la frustración. De lo contrario, pónganse a correr: “¡Corre Sarah Connor, te persigue el cyborg… asesor!”.


Carlos de Fuenmayor es director de Kessler&Casadevall AF Barcelona