Pablo Iglesias lleva tiempo perdido. Las encuestas han dejado de quererle y su popularidad ha caído por debajo de la de Mariano Rajoy, que en ese aspecto no tenía rival.

El icono de la ‘nueva política’ ha perdido sex appeal incluso en las redes sociales y en la televisión, medio en el que su presencia se ha hecho tan habitual como previsibles sus opiniones.

«¿Qué he hecho yo para merecer esto?» Debe estar preguntándose el líder de Podemos poco acostumbrado a reconocer errores propios.

Trataré de responder a esa atormentada preocupación.

Antes de que el conflicto de Cataluña monopolizase el debate público, Podemos ya estaba mostrando síntomas de agotamiento.

Las causas tienen que ver con el origen del partido; es decir, con sus carencias ideológicas y de modelo organizativo:

  1. Sus últimos intentos de marcar la agenda política nacional (por ejemplo, con el autobús de la corrupción) no han logrado su objetivo y han sido percibidos por la mayoría de los ciudadanos como meras campañas de imagen destinadas a recuperar espacio mediático.
  2. Las divisiones internas han aflorado y han puesto de manifiesto dos cosas: que Podemos no es un bloque cohesionado, y que su dirección tiende a resolver los problemas liquidando a los críticos. A Errejón se le ha limitado al máximo su área de influencia; Bescansa ha sido apartada de la dirección; Dante Fachín ha sido obligado a marcharse, y a los Anticapitalistas de Urban les queda un cuarto de hora de vida dentro de la organización.

Cuando estalló el conflicto catalán Podemos ya era un partido a la deriva.

Pero, en lugar de afrontar la cuestión con una perspectiva de izquierdas, Iglesias se ha dedicado a coquetear con el independentismo. Es decir, ha mostrado una de sus grandes debilidades: puede ser un buen táctico, pero es un mal estratega.

Bescansa ya advirtió hace más de un mes que Podemos debía hablar más de España y que, si no lo hacía, lo pagaría en las urnas.

El líder de Podemos le hace un favor a Junqueras al recurrir el 155 ante el TC pensando en un pacto de Podemos y ERC, como desea el empresario Roures, tras el 21-D

Pero Iglesias ya tenía diseñada su hoja de ruta: un pacto con Ada Colau, la rutilante alcaldesa de Barcelona. Ese acuerdo le obligaba a ser premeditadamente ambiguo sobre el tema fundamental: ¿está a favor o en contra de la independencia? En una campaña tan polarizada como la que estamos viviendo, el slogan «Ni DUI, ni 155» no sólo no ensancha la base electoral de Podemos en Cataluña, sino que la reduce hasta el punto de que las encuestas amenazan a CeC-Podem con repetir o incluso con no alcanzar el discreto resultado que obtuvo Catalunya Sí Que es Pot en los comicios de 2015.

¿A qué aspira Iglesias en Cataluña? Su opción no es otra que la de alcanzar un acuerdo con ERC (y, si se puede, con el PSC) para gobernar la Generalitat desde una perspectiva de izquierda.

Ese fue el hilo conductor de la conversación que mantuvieron el jefe de Podemos y Oriol Junqueras en casa del empresario Jaume Roures el pasado mes de agosto. Desde ese momento, Iglesias no tiene otra cosa en la cabeza.

Ahora acaba de dar un paso en esa misma dirección al anunciar que Podemos presentará un recurso de inconstitucionalidad contra la aplicación del artículo 155 de la Constitución en Cataluña. Justo lo que pedía ERC, que no podía, ni siquiera sumando los votos del PDeCAT, alcanzar los 50 escaños necesarios para llevar a cabo la iniciativa.

Con ese recurso Iglesias se sitúa claramente del lado del independentismo y allana el camino para ese pacto tras el 21-D.

El líder de Podemos se lo juega todo a esa carta. Pero, ¿qué ocurrirá el día después? Si logra su objetivo y Domènech entra en el gobierno de la Generalitat, habrá conseguido su objetivo en Cataluña, pero la alianza con ERC le va a salir cara en el resto de España, ya que el votante de Podemos mayoritariamente no es independentista. Pero si fracasa, el resultado de la operación es aún peor, ya que habrá tenido el mismo desgaste político pero sin siquiera el premio de tocar poder.

Al final, a Podemos no lo va a derrotar ni el PP, ni el PSOE, sino su propia inconsistencia, su excesiva dependencia del líder sin el que el partido no es nada.