Artur Mas se despidió el sábado de su partido por segunda vez en una semana. Es como si le costara irse. Y de hecho, algunos de los que le conocen bien apuntan a que su dimisión como presidente del PDeCAT no es un “adeu”, sino más bien un “fins aviat, nois”.

En su discurso se permitió el lujo de darles un consejo a sus correligionarios, advirtiéndoles de los peligros del “exceso de ideología”, lo que en la sede de la aseguradora AXA, donde se produjo el acto, se interpretó como una pullita (una más) hacia Puigdemont que, para no perder la costumbre, intervino por plasma.

Para los observadores no avisados, la marcha de Mas supone la salida de la vida política de un hombre que podía haber encauzado el nacionalismo no radical, una alternativa dialogante y serena al “catalán herrante”, como llaman al ex president de la Generalitat en círculos empresariales de Barcelona.

La marcha de Mas supone la salida de la vida política de un hombre que podía haber encauzado el nacionalismo no radical

Puede que sea por su aspecto de vendedor de grandes almacenes, siempre trajeado, amable y atento, o por su forma de hablar pausada, o tal vez por su pasado de fiel empleado, primero en Tipel (la empresa del conseguidor Lluis Prenafeta), luego a las ordenes de Jordi Pujol, que le trataba como a un criado. De hecho, su ascenso a las alturas de CiU se produjo por dos hechos que poco tienen que ver con su capacidad. Como el Molt Honorable no quería más que un líder de quita y pon (a la espera de que su hijo Oriol adquiriera hechuras como para asumir su papel de hereu), le nombró a él al frente de CiU, en lugar de ascender a Josp Antoni Duran Lleida,  que se lo merecía, pero al que tenía miedo. Además, su mujer, Marta Ferrusola, siempre le tuvo especial aprecio: era tan educado.

En las primeras elecciones en las que fue cabeza en la lista por CiU, las celebradas en diciembre de 2003, Mas ganó, pero no logró formar gobierno. Tras arduas negociaciones, Pasqual Maragall se hizo en enero de 2004 con la presidencia de la Generalitat, cuyo gobierno estaba sustentado por el llamado tripartito, coalición de PSC ERC e ICV.

Durante el gobierno de Puigdemont, Mas formó parte del estado mayor del procés, un gobierno en la sombra que planificó los eventos clave

Su primer y único éxito electoral se produjo en las elecciones autonómicas del 28 de noviembre de 2010, en las que CiU logró 62 escaños, 34 más que su inmediato perseguidor (el PSC, con 28 escaños). En esos mismos comicios, ERC obtuvo 10 escaños. Por lo que la suma de ambos partidos superó la mayoría absoluta del Parlament (68 escaños).

Siendo líder de la oposición, entre 2004 y 2010, Mas ya comenzó a practicar la astucia, un concepto que quizás suponga su mayor aportación a la teoría política. Mientras hacía buenas migas con el presidente Rodríguez Zapatero, llegando a negociar con él algunos recortes en el Estatuto cuyo texto fue modificado posteriormente por el Tribunal Constitucional, le hacía guiños al independentismo y fomentaba sin disimulo el odio hacia todo lo que representaba España. De hecho, fue durante la campaña de 2010 cuando salió a la luz el insultante vídeo (editado por las juventudes de Convergència) en el que se ve a un caco con bandera española robarle la cartera a un honrado catalán. Sí, el “España nos roba” es obra de este genio, de este trilero peinado a raya.

El “España nos roba” es obra de este genio, de este trilero peinado a raya

En esos momentos, CiU era todavía el partido por excelencia de la burguesía catalana no independentista. En España, mientras tanto, Rodríguez Zapatero negaba la crisis. Curiosamente, unos días antes de las elecciones, la Fiscalía Anticorrupción pidió el archivo de una causa por presunto delito fiscal y blanqueo que afectaba directamente al que sería elegido unos días después presidente de la Generalitat por una cuenta de casi dos millones de euros a nombre de su padre (Artur Mas Barnet) y de la que él era beneficiario en el banco LGT de Liechtentein, según un informe de la Agencia Tributaria.

Un año antes de las victoriosas elecciones de 2010, la Fiscalía Anticorrupción comenzó a investigar un voluminoso trasiego de billetes de 500 euros a cuenta del Palau de la Música de Barcelona. Así nació el conocido como caso Palau cuya sentencia se conocerá el lunes 15 de enero, dos días antes de la constitución del Parlament.

El caso Palau se ha instruido en paralelo al conocido como caso del 3%  y también ha coincidido con las investigaciones sobre la familia de Jordi Pujol, padre del nacionalismo catalán. Tres muestras de cómo entendía Convergència aquello de “fer pais”.

Su retirada de la política es un paso atrás, no un adiós. Espera que Puigdemont se de una bofetada para aparecer como salvador

La confesión de Pujol en julio de 2014 -tras publicar El Mundo sus transferencias- de que había mantenido durante más de tres décadas dinero oculto a Hacienda en cuentas bancarias en Andorra significó el mazazo definitivo para CiU. En 2015, de hecho, ya no se presentó con sus siglas, sino coaligado con ERC y embutido en la coalición Junts Pel Sí. Mas era el cabeza de lista y hubiera sido elegido de nuevo presidente de la Generalitat si la CUP no hubiera condicionado su apoyo a la salida del hombre al que el partido antisistema consideraba responsable de los recortes llevados a cabo en la última legislatura.

A su pesar, Mas se salió del Govern, pero JxS ya llevaba en su programa la celebración de un referéndum de independencia en 18 meses. Es decir, esa absurda promesa no fue un invento de Puigdemont.

Mas quería seguir mandando y lo hizo desde el principio. Algunos de los futuros consellers del nuevo gobierno fueron recibidos en comandita, antes de su nombramiento, por Puigdemont y Mas en el Palau de la Generalitat.

En paralelo, Mas impulsó el cambio de nombre del partido. La mancha de los Pujol había convertido en inservible a Convergència. De los restos del gran partido de la derecha nacionalista nació el Partido Demócrata Europeo Catalán (PDeCAT) en julio de 2016.

Durante los dos últimos años el papel jugado por Mas en el desarrollo del procés y, por tanto, en el proceso de enfrentamiento con el Estado y en la ruptura de la legalidad, ha sido constante y muy relevante.

En todo este tiempo, en Cataluña han funcionado dos gobiernos en paralelo: el oficial y el real, más conocido como “estado mayor del procés. Aunque no parece muy democrático, las decisiones importantes en Cataluña las ha tomado este gobierno en la sombra compuesto por Puigdemont, Oriol Junqueras, Jordi Turull, Marta Rovira, Jordi Sánchez, Jordi Cuixart, Artur Mas, Francesc Vendrell y Oriol Soler. Desde fuera, este estado mayor de la independencia ha estado asesorado por la mano derecha de Mas: David Madí.

Ha sido tan responsable como Pujol de haber creado en Cataluña un sistema institucional corrupto, del que el caso Palau es una de sus más evidentes muestras

El poder de Mas ha sido tan asfixiante que algunos consellers se han quejado en privado de falta de autonomía e intromisión en sus funciones.

Destacados empresarios catalanes utilizaron a Mas como interlocutor frente a Puigdemont para intentar frenar la declaración unilateral de independencia. Haciendo el papel de bueno que tanto le gusta limó incluso algunos párrafos de la declaración institucional que hizo el presidente de la Generalitat para contestar al discurso del Rey del pasado 3 de octubre. Luego evidenció sus diferencias con él cuando trató de convencerle para que disolviera el Parlament y convocara elecciones. Mas ya estaba trabajando pensando en su futuro.

Año y medio después de la creación del PDeCAT, el partido que debería haber recogido el inmenso caudal de voto nacionalista moderado se encuentra en una situación lamentable.

El PDeCAT ha sido uno de los grandes perdedores de las elecciones del 21-D. Ni siquiera presentó candidatura, sino que sus miembros se han incorporado a una lista, la de Junts per Catalunya (JxC), confeccionada y liderada por el ex presidente de la Generalitat, que es el que ha capitalizado el resultado.

El PDeCAT, que debería haber recogido el inmenso caudal de voto nacionalista moderado, se encuentra en una situación lamentable

El paso atrás dado por Mas, el de su dimisión como presidente del PDeCAT, no ha sido voluntario, sino obligado por la dirección de su partido, que quiere evitar que la sentencia del caso Palau se convierta en una bomba similar a la que provocó la desaparición de Convergència.

Mas se presentó a sí mismo en su comparecencia del pasado día 10 como un hombre sacrificado por un proyecto político: “Primero el país, luego el partido y, por último, las personas”, afirmó. Nada más lejos de la realidad.

Según fuentes cercanas al ex presidente del PDeCAT, se retira de la primera línea porque no le queda más remedio. Tiene que esperar a que pase la tormenta del caso Palau y confiar en que su heredero político y ahora rival Puigdemont termine estrellándose con la realidad. Mas fue condenado en marzo de 2017 a dos años de inhabilitación por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña por su papel en la organización de la consulta del 9-N y, por tanto, al menos hasta la primavera de 2019 (también está siendo investigado por el Tribunal Supremo por rebelión, sedición y malversación) no podrá ocupar ningún cargo público.

Mas no cuenta con el apoyo de la dirección de su partido, ni con las simpatías de Puigdemont. Tampoco se fían en Moncloa

Mas no cuenta con el apoyo de la dirección de su partido (Marta Pascal lleva diciendo desde hace meses que para el PDeCAT es “un lastre”), ni con las simpatías de Puigdemont que le considera un oportunista. Tampoco es un hombre del que se fíen en Moncloa. Entre él y Oriol Junqueras, la vicepresidenta Sáenz de Santamaría prefiere al líder de ERC. Todo eso es cierto, pero nadie se atreve a darle por muerto.

Como líder de CiU y presidente de la Generalitat, Mas ha sido el principal responsable del choque de trenes entre la Generalitat y el Estado, de la fractura de la sociedad catalana y de que Cataluña haya perdido el liderazgo como motor de la economía española.

Mas ha sido, además, tan responsable como Pujol en la creación de un sistema corrupto del que dará cuenta la Audiencia de Barcelona en la sentencia del caso Palau. Aún así, el sábado fue despedido por los suyos con aplausos y vítores y sigue siendo un personaje popular entre los catalanes nacionalistas. ¡A eso si se le puede llamar astucia!