El precio de los activos financieros responde a los fundamentos económicos. La cotización de una acción es el resultado de los beneficios actuales de la compañía y de las expectativas sobre su evolución por parte de los analistas e inversores. La variación del precio está en función, por tanto, de las oscilaciones del beneficio actual pero sobre todo de los cambios en las previsiones de los futuros. Hasta aquí, la parte racional.

Pero este no es el único componente del precio de los activos financieros ni de su variación. Especialmente en períodos cortos de tiempo. La “realidad” de las empresas no cambia tanto como lo hacen los precios de los activos. La evidencia es que variabilidad de las cotizaciones es varias veces superior a la de los fundamentos (del orden de cuatro a seis veces). Para medirlo, recurrimos a la volatilidad, un indicador estadístico que oscila entre el 0,02% y el 25% anual. El mercado de renta fija muestra una volatilidad del orden del 5%, el de divisas del 10% y el de acciones entre el 15% y el 25%.

¿Cómo se interpreta este dato? Que un determinado año, un indicador bursátil como el Ibex 35 puede variar en un rango del +/- 40%. Sí, puede caer un 40% o subir un 40% en un plazo de 12 meses (o incluso más). ¿Tanto? Así es. Los mercados financieros, y en especial los bursátiles, son mucho más volátiles que los fundamentos. Varios son los motivos, desde aspectos psicológicos (recomiendo leer a Thaler, Nobel de Economía en 2017) a otros técnicos. Entre ellos la proliferación de técnicas detrading de alta frecuencia (High Frecuency Trading), algoritmos automáticos de compra/venta de activos o técnicas de control del riesgo de las carteras asociadas precisamente a la volatilidad.

Los mercados financieros, y en especial los bursátiles, son mucho más volátiles que los fundamentos

Así, cuando ésta sube, muchos gestores de carteras aplican la disciplina y se ven obligados a reducir el nivel de riesgo de su cartera vendiendo acciones. Estas técnicas no son negativas. Al contrario: dotan de liquidez al mercado y buscan la protección del capital invertido y alcanzar una mayor rentabilidad a largo plazo. Pero en ocasiones son el principal factor director de las cotizaciones. Aspectos técnicos frente a aspectos fundamentales, como está pudiendo suceder en las últimas sesiones.

Se ha argumentado que tras la actual corrección de las bolsas está el temor al nuevo presidente de la Fed y a un potencial excesivo endurecimiento de la política monetaria. No estoy de acuerdo. El relevo al frente del banco central de EEUU no va a suponer un cambio la senda de gradual subida de los tipos de interés asociada a la favorable posición de la economía de aquel país. Además, el nivel de llegada (del orden del 2,0%-2,5%) no va a ser, ni de lejos, el registrado en otros ciclos expansivos (5%-6,0%). Las subidas responden a un proceso de normalización que, por otro lado, no es inamovible, de tal forma que si en los próximos meses el ciclo “se da la vuelta” es obvio que la Reserva Federal parará el proceso. La inflación se está normalizando, cierto, lo que sin duda es una excelente noticia para la economía en general y la bolsa en particular. No encuentro “factores fundamentales” en la actual corrección.

En los últimos meses hemos asistido a varios procesos correctivos de alta intensidad y rápida ejecución (flash crash) asociados a eventos como la victoria de Trump en noviembre de 2016 y el Brexit en junio de ese mismo año. Se demostró que reaccionar automáticamente vendiendo fue erróneo, dado que los fundamentos económicos resultaron ser fuertes y compensaron cualquier deterioro de las expectativas.

Hay que diferenciar cuándo los movimientos de los mercados se deben a aspectos técnicos o económicos

Con esto no quiero decir que no tengamos que obviar los intensos movimientos de los mercados (¡ni mucho menos!), pero sí saber diferenciar cuándo se deben a aspectos técnicos (como en el que estamos) y cuando a económicos. Como ejemplo de este último, cito el periodo agosto 2015 – febrero 2016. Entonces sí, las dudas sobre la economía China (agosto), el escándalo de las emisiones diésel (septiembre), los mínimos del precio del petróleo (diciembre) y los problemas de solvencia en bancos italianos (enero) nos llevaron a advertir de un riesgo económico y, con ello, redujimos exposición a renta variable.

Ahora, los fundamentos, como señalaba aquí (https://www.elindependiente.com/economia/2018/01/25/prudente-fmi/?utm_source=share_buttons&utm_medium=twitter&utm_campaign=social_share), son favorables, por lo que no modificamos el posicionamiento en las carteras. Ahora bien, es nuestra obligación no minimizar la importancia de lo observado en las cotizaciones e intensificar más aún el análisis económico y, sobre todo, el de las estructuras de los mercados y los agentes que intervienen.

Recuerdo cómo en agosto de 2007 asistimos a una caída de los mercados bursátiles asociada entonces también a aspectos técnicos (ligero aumento de la prima por riesgo de crédito en el mercado interbancario). Era la punta del iceberg de lo que vendría meses después. No descartemos ninguna señal. Es nuestra obligación analizar el origen, seguirla el rastro y anticipar posibles consecuencias, pero tampoco sobrerreaccionemos a las variaciones de los precios de los mercados bursátiles. Los mercados no son siempre tan racionales o eficientes como pensamos. Los mercados también se equivocan, y mucho.


David Cano es socio de Analistas Financieros Internacionales (AFI)