La protesta de las mujeres españolas, hayan hecho huelga o no, hayan salido a la calle en manifestación o no, constituye un éxito sin precedentes y de una dimensión inabarcable. Probablemente ha sido en España donde la reacción feminista ha sido la más intensa, la más masiva, la más contundente. Las cifras de paro que han suministrado los sindicatos, con ser elevadísimas, no representan la amplitud de la protesta ni la solidez de los vínculos que han unido a mujeres de toda clase y condición, de todas las ideologías, de todas las profesiones, de todos los oficios, de todas las actividades, incluida por supuesto la actividad doméstica en la que ha sido encerrada desde hace siglos la actividad femenina en rigurosa exclusiva. Las mujeres españolas han desbordado el país y han puesto sus razones al aire y nadie, nadie, será capaz de discutírselas. Tanto es así que las instituciones más circunspectas, como es el Congreso de los Diputados, se han iluminado con la luz violeta, que es el color del feminismo. El país reconoce la verdad de las reclamaciones y las acusaciones de las mujeres.

Ayer se produjo una conjunción mágica que ha sorprendido a todos, incluidas las organizaciones convocantes, que ha sacado a las calles de todo el país a una auténtica marea humana compuesta muy mayoritariamente por mujeres dispuestas a denunciar unos hechos que nadie ignora pero sobre los que se ha hecho caso omiso porque hasta ayer no se han levantado sus víctimas como una sola y con una sola voz. Al margen de las reivindicaciones marginales que se han colgado del núcleo de la denuncia y reivindicación esenciales, lo que se ha estampado delante de los ojos de la sociedad es esto: las mujeres españolas reclaman que la igualdad que proclaman las leyes se traduzca en la vida real, cosa que está muy lejos de suceder.

Basta ya de aceptar como inevitables los infinitos atropellos laborales y salariales que tienen lugar desde el momento en que las mujeres se incorporaron al mercado laboral

Por eso han dicho “Basta Ya”. Basta ya de mirar hacia otro lado, basta de aceptar como inevitables los múltiples atropellos personales, traducidos en acosos, humillaciones y agresiones sexuales, que no son la tónica universal pero sí demasiado frecuentes como para no levantarse contra esa suerte de pase de pernocta que muchos hombres creen que les ha sido concedido por el hecho de haber nacido varón y que, por lo tanto, traducen en un pase de pernada que piensan que les corresponde por derecho.

Basta ya de aceptar como inevitables los infinitos atropellos laborales y salariales que tienen lugar desde el mismo momento en que las mujeres se empezaron a incorporar al mercado laboral. Basta ya de cerrar el paso a la alta dirección empresarial en múltiples compañías de todo tipo, incluidas las periodísticas, que cuentan con un plantel de profesionales femeninas de altísimo nivel y capacidad y que no acceden a la cúpula porque esa selección no se produce únicamente por méritos, sino por decisión personal de sus más prominentes responsables, hombres en aplastante mayoría. Y basta ya de considerar que el ámbito doméstico es el espacio  propio de la mujer, en el que reina en términos absolutos porque carga con la responsabilidad de la buena marcha de ese “reino” en términos casi igualmente absolutos. Y aquí nos topamos con una realidad incontestable que en tiempos pretéritos condicionaba totalmente la vida de una mujer: sólo ellas pueden tener hijos.

Eso es una verdad indiscutible. Pero una cosa es el hecho biológico y otra muy distinta su derivada social. Porque, una vez traídos los hijos a este mundo, el cuidado de los retoños ya no tiene por qué ser asumido en solitario por la mujer contemporánea, una mujer que ha estudiado como ha estudiado su compañero, que en muchísimos casos ha culminado una carrera universitaria con igual o mayor capacitación que él y que, en consecuencia tiene toda la legitimidad para reclamar que el cuidado de los hijos pequeños sea compartido por igual. Basta ya, han dicho las mujeres en el mayor movimiento reivindicativo de toda Europa, de asumir que para cubrir la atención debida a los hijos sea ella la que renuncie a su trabajo, la que se retraiga a una actividad a tiempo parcial y la que se resigne a no recuperar nunca más el nivel profesional que tenía, y que prometía ser ascendente, antes de tener un hijo.

Este movimiento es de todas las mujeres, independientemente de su ideología: no hay más que escuchar a Ana Pastor o Ana Botín

Este movimiento, que la izquierda ha querido reivindicar para sí como única promotora de lo que hemos visto, no es cosa de un partido político u otro, aunque es verdad que las leyes de igualdad han sido propuestas y sacadas adelante por el Partido Socialista desde los tiempos de Felipe González en una política continuada por José Luis Rodríguez Zapatero. Pero este movimiento es de todas las mujeres, independientemente de su ideología. No hay más que escuchar a la presidenta del Congreso, Ana Pastor, o leer a la empresaria más poderosa de España, Ana Botín, que ha dejado constancia en Twitter de su respaldo a estas reivindicaciones feministas, un mensaje apoyado por un gráfico que pone los pelos de punta y en el que se ve el brutal e irreversible impacto que tiene en las rentas femeninas la llegada de un hijo. Y no digamos si se trata de dos o más niños. Este gráfico impactante e indiscutible procede de la prestigiosa Oficina inglesa de Investigación Económica y compara el recorrido laboral de las mujeres, con y sin hijos, con el que realizan los hombres con o sin descendencia. No hace falta añadir más, sólo hay que echarle una ojeada.

Pero la llegada de los hijos, además de ser una alegría para sus padres, es una necesidad imperiosa de los países desarrollados, que están envejeciendo de una manera tan peligrosa que puede llegar a ser directamente suicida. Por lo tanto, la respuesta a las discriminaciones padecidas por las mujeres jóvenes, que cuando son madres pierden su perspectivas profesionales y las pierden para siempre en la mayor parte de los casos, no está desde luego en criminalizar laboralmente la maternidad sino en repartir racional y equitativamente las responsabilidades y las cargas del cuidado de los hijos. Esa, la de resolver uno de los grandes obstáculos que se alzan contra la consecución de la igualdad entre hombres y mujeres, es una tarea irrenunciable de la sociedad española y compete a todos, en la vida pública y en la vida privada, y desde luego en el interior de cada hogar.

Los hombres están emplazados desde hace mucho tiempo, pero de manera irreversible a partir de hoy, a modificar radicalmente sus cómodas inercias, su elegida posición de sujeto sideralmente ajeno a los avatares domésticos. Y eso incluye otra de las grandes discriminaciones que han padecido desde siempre las mujeres: el cuidado de los mayores, una tarea adjudicada de modo incuestionable desde que el mundo es mundo al sector femenino de las familias. Así pues, las mujeres saben que les espera a lo largo de su vida una doble explotación principal, además de otras muchas de características diferentes: una a la edad de tener hijos y otra cuando los hijos se han hecho mayores y entonces les llega el momento de ocuparse – siempre ellas, no ellos- de sus padres mayores.

Estos abusos son los que va inexorablemente a cambiar. Lo que ha sucedido hoy en España tendrá sin duda relevantes consecuencias sociales. No serán inmediatas pero sí van a ser duraderas. Las mujeres españolas ya no nunca más van a olvidar que son fuertes e imbatibles porque han comprobado que su protesta es compartida por cientos de miles, yo digo que por millones como ellas. Tardaremos en constatar los cambios, pero no cabe ninguna duda de que a partir de hoy las cosas empezarán poco a poco a ser de otra manera. De una manera equilibrada, justa, infinitamente mejor.