Fray Girolamo Savonarola – les juro que se llamaba así- fue un freire dominico de afilada lengua que vivió y predicó en la Italia del siglo XV.

Reputado orador, sumió a Florencia en un régimen de fanatismo y terror con sus diatribas desde el púlpito en las que arremetía contra el lujo en el que vivían los más ricos, el afán de lucro de la burguesía, las costumbres depravadas de la familia Médici, e incluso contra la corrupción de la Iglesia católica, gobernada por Alejandro VI, nuestro conocido Papa Borgia, que eran quienes le daban de comer.

Savonarola, de quien hoy diríamos que era un estupendo comunicador y un mago tanto del relato como de la puesta en escena, popularizó un espectacular happening al que llamaba La Hoguera de las Vanidades: una gigantesca hoguera frente a su parroquia a la que invitaba -de forma no demasiado amable- a los ciudadanos florentinos a arrojar libros, pinturas, espejos… y en general todo aquello que él  y su voluminosa tonsura consideraban pecaminoso.

Iglesias ha depositado en las bases la responsabilidad de una decisión que cualquier líder que se precie hubiera tomado por sí mismo

¿Y a qué viene todo esto? Pues miren, desde que Pablo Iglesias se lanzó a la fama, su encendida oratoria, su cuidada estética de asceta, su condena permanente de los pecados de la carne -o del capital-, y su exaltación de la pobreza, enlazaban mejor con la tradición mística católica -ésa que va desde Santa Teresa de Jesús a San Juan de la Cruz– que con cualquier izquierda occidental homologable que haya gobernado un país desarrollado.

Como un nuevo Savonarola, incluso como un joven Dulcino de Novara, Iglesias lanzaba sus ¡¡Penitenciagite!! primero desde el púlpito televisivo y después desde el político, amenazando con el fuego eterno a los pecadores y prometiendo la salvación a la diestra del padre a quien le siguiera.

Hoy sabemos que ni fray Girolamo  ni Pablo Iglesias han sido tan virtuosos como pretendían hacer ver, y que el listón ético que exigían a otros no se lo aplicaban ellos mismos.

La diferencia entre uno y otro es que mientras que fray Girolamo murió en una hoguera encendida por el Papa, Pablo Iglesias quiere huir de la quema a hombros de las bases de Podemos, en quienes ha depositado la responsabilidad de tomar una decisión que cualquier líder que se precie hubiera tomado por sí mismo.

Iglesias, más pío que nunca, busca que los fieles le legitimen como cabeza de su iglesia, pero debe tener cuidado, las hogueras y los plebiscitos los carga el diablo.


César Calderón
Consultor político y CEO de Redlines