Mariano Rajoy Brey (Santiago, 27-3-1955) ha presentado su dimisión como presidente del PP después de haber pilotado el partido durante quince años. Se marcha tras haber perdido una moción de censura que ha convertido en presidente del gobierno al socialista Pedro Sánchez y lo hace, según sus propias palabras, por su propio bien y por el bien del partido.

Quien piense que Rajoy se ha precipitado al vacío sin medir las consecuencias de sus decisiones, se equivoca. La imagen del presidente atrincherado durante ocho horas en un restaurante de Madrid en la tarde el pasado jueves mientras que en el Congreso se debatía la moción de censura ha arruinado en parte su reputación de hombre serio, frío, calculador.

Los diputados del PP no lo podían entender. Un ministro me confiesa que esa tarde sintió “vergüenza”. Quedaban aún horas para la votación y, aunque el PNV ya le había transmitido que votaría a favor de la moción, ni siquiera hizo un último intento para revertir lo que parecía inevitable. Tal vez fuera el estado de shock y, al mismo tiempo de desamparo, generalizado entre las filas populares lo que impulsó a la ministra de Defensa y secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, a mantener una larga conversación en la mañana del viernes con el líder del PNV, Andoni Ortuzar, para que su partido “no traicionara” los acuerdos a los que había llegado con el propio Rajoy apenas una semana antes en la aprobación de los presupuestos. Su intento concluyó en fracaso.

Pero Rajoy no se limitó en la tarde del jueves a rodearse de un reducido número de fieles con un buen vaso de whisky en la mano (lo que humanamente sería comprensible), sino que dinamitó conscientemente la posibilidad que aún tenía, con su dimisión, de parar la moción censura y, consecuentemente, ganar tiempo para la presentación de un nuevo candidato de su partido a la presidencia del gobierno.

Lo que relato a continuación no es más que la reconstrucción de diversas conversaciones mantenidas entre el presidente y algunos interlocutores durante esas horas cruciales que han condicionado el presente y el futuro político de España.

El ex presidente del gobierno prefirió que Sánchez gobernase antes de afrontar la eventualidad de unas elecciones anticipadas que hubieran dado la oportunidad de ganar a Ciudadanos

La opción de la dimisión se barajó, en efecto. La candidata del PP hubiera sido Soraya Sáenz de Santamaría. La vicepresidente estaba dispuesta. De hecho, desde su entorno se filtró en la tarde del jueves que esa era la alternativa favorita para Moncloa.

Pero no era así. La mayoría del gobierno estuvo del lado de Rajoy y aunque Rafael Hernando -el portavoz popular- sondeó a los grupos de la Cámara para ver si saldría ganadora la candidata del PP, lo hizo sin mucha convicción. De hecho, el secretario de Organización del PSOE, ahora ministro de Fomento, José Luis Ábalos, confiesa que la oferta de Pedro Sánchez (repetida por tres veces en sus intervenciones durante el debate de la moción) de que Rajoy dimitiera no era ninguna añagaza, sino que respondía a una intención sincera que podría haber desembocado en un apoyo, o al menos en una abstención, a un nuevo candidato del PP.

Pero Rajoy no quería dimitir. No sólo porque, como dijo la secretaria de Estado de Comunicación, Carmen Martínez Castro, “él no ha hecho nada y lo único que ha hecho ha sido sacar al país de la ruina”, sino por otras razones más prácticas, más políticas.

“Lo que el presidente no quería -señala una de las fuentes consultadas- era ceder ante la petición de Ciudadanos de adelantar las elecciones generales, que era su condición para apoyar a un nuevo candidato del PP. En definitiva, el objetivo primordial de la no dimisión era frustrar la posibilidad de que Rivera pudiera ganar las elecciones”.

En un momento, Rajoy reflexionó ante un ministro: “¿Qué nos interesa más: aguantar unos meses quemados hasta unas próximas elecciones en las que tendríamos todas las de perder frente a Ciudadanos? ¿O bien marcharnos a la oposición, reconstruir el partido, impulsar un nuevo liderazgo y machacar al PSOE por haber llegado al poder con el apoyo de Bildu y los independentistas?”.

Rajoy ha cerrado una etapa de siete años al frente del gobierno, pero probablemente mantenga su escaño por razones de aforamiento, algo que ya hizo Felipe González

El anuncio de su dimisión como presidente del PP y la convocatoria de un Congreso extraordinario a finales de julio es, por tanto, coherente con su decisión de permitir la investidura del PSOE. Ahora el partido, en una reacción propia de una organización que quiere sobrevivir, buscará un consenso en torno al líder que sus militantes y dirigentes entiendan que les da más garantías de éxito. La operación Feijóo ya está en marcha. Por sí misma, esa candidatura anulará la guerra interna entre Santamaría y Cospedal, que ven muy reducidas sus posibilidades de liderar el PP.

Santamaría, ya despojada del enorme poder de la vicepresidencia, se queda con su escaño en el Congreso y la aspiración de recuperar la portavocía que desempeñó entre 2008 y 2011. Cospedal sigue siendo secretaria general del PP y, por tanto, podría mantener una importante cuota de poder en el futuro.

Rajoy ha cerrado una etapa de siete años al frente del gobierno, pero probablemente mantenga su escaño por razones de aforamiento, algo que ya hizo Felipe González tras perder con Aznar en 1996.

Su final no ha sido brillante, ni épico, pero, con el tiempo, sus logros (sobre todo en el terreno económico) serán recordados con añoranza. Rajoy ha sido práctico hasta el último minuto. Ni siquiera en sus horas más bajas ha dejado de tener un rasgo de lucidez. El tiempo, tal vez, acabe dándole la razón.