Mientras Mariano Rajoy masticaba de buena mañana un caramelo en su escaño, se le notaba que hubiera preferido estar con los ujieres en la cantina del Congreso comentando la dimisión del día, la de Zidane, en vez de estar escuchando a Pedro Sánchez pedirle la suya en la tribuna del hemiciclo. Así que en cuanto pudo se quitó de en medio. 

En los pasillos del Congreso se especulaba ingenuamente a la hora de comer si el presidente se habría ausentado para presentar su dimisión. En realidad, Rajoy prefirió fugarse a rendirse. Cuando a las dos de la tarde vio que tenía perdida la moción de censura, tiró la toalla y desapareció. Se fue, como tantos otros españoles cuando se enteran de que han perdido su empleo, a un bar cercano. No estaba para nadie. Y menos para afrontar la realidad.

Estuvo Rajoy en el restaurante Arahy de la calle Alcalá, a poco más de un kilómetro del Congreso de los Diputados, escondido con su equipo más cercano hasta las 10 de la noche. Lo de que se fumó un puro solo lo podemos suponer. Lo que seguro se fumó con las pellas parlamentarias fue su obligación de dar la cara en el pleno donde se sellaba su destitución.

Rajoy se fumó su obligación de dar la cara en el pleno donde se sellaba el final de su mandato

El presidente del Gobierno de España que más ha presumido de ser un hombre previsible ha escenificado un final de mandato aún más inverosímil que la moción de censura que lo derrotó: saliendo cabizbajo de un restaurante en plena noche sin haber hecho la digestión de su derrota. A ver cómo explica las ocho horas de reservado con mantel de tela al Financial Times si en inglés no existe la palabra sobremesa. Menuda chapuza de imagen para pasar a la Historia.

Antes de que cayera la noche en el Arahy, ya se había vaciado el hemiciclo. Y si la primera mitad de la tarde la pregunta estrella fue dónde se ha metido Rajoy, al acabar el pleno la gran cuestión era si Sánchez sabía dónde se estaba metiendo.

Era difícil deducir de la expresión de sus señorías, cruzando con prisas el patio del Congreso como si hubiera sonado la alarma anti incendios, quiénes salían del pleno como ganadores y quiénes derrotados. De una jornada histórica como esta se aprende que evacuar en pocas horas una legislatura genera mucho más desconcierto que entusiasmo.

Los periodistas que le preguntaban a la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría en los pasillos cuándo se nombrarían los nuevos ministros una vez salga investido Pedro Sánchez oyeron un discreto suspiro: “Yo ya no soy la ministra de la Presidencia”. Aunque se le hacía raro hablar en pasado del cargo que ostenta desde hace siete años, empezaba a verle sus ventajas. Más claro todavía dejó su alivio otro ministro del gobierno saliente, contento porque por fin tendría tiempo de mejorar su handicap al golf.

Daba la sensación de que a María Dolores de Cospedal, que el lunes pasará de ser ministra a una señora de Albacete, le costaba más que a Santamaría hacerse a la idea. Bajarse del coche oficial después de casi dos décadas como alto cargo no debe de ser fácil. Fue ella la encargada de comparecer a media tarde ante la prensa para aclarar que Mariano Rajoy no dimitiría. No mencionó, sin embargo, que luego él la esperaba a hurtadillas tomándose la penúltima.

El presidente que presumía de previsible protagoniza un final de mandato aún más inverosímil que la moción de censura

Los que no brindaban eran los socialistas. A punto de convertirse Sánchez en el primer español que accede al cargo de presidente sin ser siquiera diputado, después de haber logrado resucitar del ostracismo al que le relegó su propio partido hace tan solo un año, su actitud no parecía al abandonar el Congreso de los Diputados la de alguien que se alza victorioso. Ganar contra pronóstico la moción de censura le ha dejado con cara del muchacho al que en el patio del recreo le dan una palmada al grito de “tú la llevas”.

Así que lo más inquietante del final de la legislatura no ha sido descubrir que Mariano Rajoy se pasó la tarde de su moción de censura escondido en un bar para pasar el mal trago. Peor es la sensación de que, al empezar a asimilar la victoria, a Pedro Sánchez le entraron ganas de hacer lo mismo.