El seis de julio yo llevaré una camiseta blanca. No ha nacido manada alguna que me doblegue. No tengo ninguna intención de cambiar mis costumbres por culpa de una panda de desalmados que vienen a San Fermín pensando que la ciudad en fiestas es lo más parecido a Sodoma y Gomorra. Pamplona, del 6 al 14 de julio, se viste de blanco y rojo, un blanco y rojo que nos unifica desde la diferencia.

El día del txupinazo gritaré, como todos los días, no es no; si no digo sí, también es no y si se me van las ganas y me pilla con la ropa interior en los tobillos, también es no. Lo que no acepto, y esto debe ser producto del rejo navarro, que me impongan la protesta, sobre todo cuando viene de fuera, cuando el germen surge en una asociación feminista de Valencia, que ni por asomo entiende qué significa San Fermín para las pamplonesas y los pamploneses (sí, pamplonica es el chorizo).

Que la iniciativa se haya viralizado por las redes sociales no significa que las pamplonesas (voy a hablar en femenino por motivos obvios), que llevamos la fiesta en el corazón, estemos de acuerdo con ella. No hay más que leer la reacción de las asociaciones feministas navarras. “No tenemos motivos para ir de luto. No miramos atrás sino al futuro”.

Me pregunto cuándo perdimos el oremus. Puede que Hemingway y su Fiesta nos internacionalizara. Seducidos por el romanticismo del Premio Nobel los americanos y australianos se reproducen por esporas por Navarrería, la Estafeta o San Nicolás. Se les distingue, la mayoría va en chanclas.

Cambiemos las leyes, cambiemos la mentalidad con una educación en igualdad, pero no arremetamos contra las costumbres

Me pregunto cuándo San Fermín dejó de ser lo que ha sido siempre para llegar a los medios transformado en orgía y desenfreno. La culpa la tienen manadas repugnantes que se creen con derecho de pernada desde el mismo momento en el que el sol desaparece y el olor a alcohol rezuma por todos los poros de su piel. Desgraciadamente, estas manadas crecen en todas las fiestas, no son una exclusiva de San Fermín. Contra ellas tenemos que luchar, contra el machismo que impera en esta sociedad. Cambiemos las leyes, cambiemos la mentalidad con una educación en igualdad, pero no arremetamos contra las costumbres. San Fermín es mucho más.

En Pamplona, el día 6 de julio las mariposas en el estómago no las calma ni el almuerzo. A las 12 menos cinco, cuando la plaza del Ayuntamiento se tiñe de rojo, cuando todo el mundo luce el pañuelico en alto, entonces, sólo entonces, se te dispara el corazón, la piel se eriza y al escuchar el primer grito: Pamplonesas… se te corta la respiración. Te desgañitas con cada viva al santo. Si peinas canas echas de menos el Riau Riau y se te escapa una lágrima cuando suena una jota, una charanga o escuchas una txalaparta.

El 6 de julio es champán con limón en la plaza del Castillo, es un blanco impoluto que no durará, es la esperanza de nueve días de felicidad. Es la víspera de la procesión, la víspera del día más grande de la ciudad.

El 6 de julio es champán con limón en la plaza del Castillo, es un blanco impoluto que no durará

San Fermín es encierro, es echar de menos la calva de Julen Madina en la Estafeta, es reconocer a David Úbeda y su gorra de chulapo entre la verdadera manada, es saber quiénes son Javier Navascues, Vicent Canelles y tantos corredores de siempre.

San Fermín es una rondalla, unos txitularis o una batucada callejera. San Fermín son unos churros con chocolate de la Mañueta, es sonreír a todo el mundo, hablar con todo el mundo, bailar con todo el mundo. Es abrir el corazón a todo el que venga con buenas intenciones. Da igual que sea gallego, castellano, francés o portugués.

San Fermín es un paseo detrás de la Pamplonesa, unos huevos con txistorra, unas magras con tomate, un pincho de jamón y queso en el Txoko (mi favorito), un helado de Nalia o unos garroticos de Beatriz. Nueve días con licencia para todo. Aunque de tanto ir y venir, de tanto saltar y bailar los excesos también se queman.

San Fermín es un globo de helio volando hacia la libertad. Es un niño llorando cuando se acerca Caravinagre y otro chinchando al kiliki con su verga de juguete. Son los chupetes colgando de los chalecos de los gigantes porque los bebés dejan de serlo. Es la Braulia. ¡Qué bien baila la Braulia!

San Fermín es la visita al Gas, el encierrillo, el apartado, el bocadillo al sol, seguir a una peña o a las mulillas

San Fermín son los hinchables, el encierro txiki y los juegos en Carlos III. San Fermín es la visita al Gas, el encierrillo, el apartado, el bocadillo al sol, seguir a una peña, las mulillas, un concierto en los Fueros o una verbena en Antoniutti. Al caer la noche, San Fermín es un interminable concurso de fuegos artificiales, una orquesta de color que retumba en la ciudadela o en Baluarte.

Si tienes mala suerte y la fiesta te pilla lejos, San Fermín es despertar minutos antes de las ocho, encender la tele como un zombi para ver el encierro con Javier Solano, Elena Sánchez y Ana Valencia. Si no hay tele, la voz de Javier Izu y su equipo se transforma en tus ojos. San Fermín es una marea de cámaras y objetivos por el suelo en busca de la mejor imagen. Es echar de menos a mi querido Fernando Múgica en el poste 32 o saber que Pío Guerendiáin ya no estará en la gatera de Mercaderes. San Fermín es un Premio Rey de España de Periodismo, un Ortega y Gasset robado desde el balcón de Carmen, es el Colgados por la pasión de Pedro Armestre.

San Fermín es no parar, dormir poco, bailar mucho y comer más. San Fermín es llorar con el Pobre de mí y no perder la esperanza al desanudar el pañuelico porque ya falta menos.