Pablo Casado se ha enfrentado desde el primer minuto de su presidencia del PP a las acusaciones de derechizar aún más a la derecha, la posición ideológica en la que siempre se ha querido colocar al Partido Popular como una forma de desacreditar políticamente a esta formación. Pero lo primero que hay que plantear es la pregunta de por qué ser de derechas debe ser algo casi vergonzante en España y en cambio ser de izquierdas es considerado un timbre de gloria no sólo entre los que se consideran dentro de ese espectro ideológico sino entre los propios conservadores.

La última prueba más llamativa de este fenómeno la proporcionó el propio Pablo Casado cuando en su discurso ante los compromisarios defendía determinadas posiciones y a continuación se preguntaba una y otra vez: «¿Y eso es de derechas?». Y se lo preguntaba como si también le pareciera a él  que el ser de derechas le otorgara un tinte poco honroso y prefiriera calificarse, como hizo en El Independiente en conversación con Casimiro García-Abadillo como «moderado» porque hay quienes siguen dando por supuesto que no se puede ser moderado de derechas.

Y es tal la descalificación histórica en España de la respetabilidad de las posiciones de derechas, que existió durante mucho tiempo la expresión «derecha civilizada», que afortunadamente ahora se usa menos, para distinguir a quienes defendían las posiciones que normalmente se califican como de centro derecha. No existe en cambio la expresión habitual de la «izquierda civilizada» seguramente porque se acepta por la mayoría de la sociedad que toda la izquierda es civilizada lo cual no se puede decir de la derecha. Esta es una actitud maniquea que no se sostiene ni se justifica ni por un segundo pero es la que explica la rapidez y la facilidad con que muchos comentaristas se han apresurado a colocar al recién elegido Pablo Casado en el segmento de la ultraderecha, en la derechona, en feliz calificación del gran Francisco Umbral, con el solo propósito de descalificar sus posiciones. Y de derechona, nada.

No existe la expresión ‘izquierda civilizada’, lo cual no se puede decir de la derecha

¿Alguien ha escuchado a alguien acusar a Pedro Sánchez de adoptar posiciones de extrema izquierda? Creo que nadie y creo además que con razón. Las decisiones que está empezando a adoptar el equipo del presidente del Gobierno se pueden criticar más o menos pero no existe la tendencia de empujarle al rincón de los extremismos al que sí se ha querido empujar inmediatamente a Pablo Casado. Pero, independientemente de que estar en posiciones de derechas es tan digno como estarlo en la de izquierdas y de que esté fuera de lugar la actitud sectaria y un poco cerril de desautorizar política y moralmente a la derecha española, hay que decir que Pablo Casado es, efectivamente, un moderado.

Su intervención ante los compromisarios tuvo el contenido y el tono que estaba obligado a imprimir en ella: hablaba a los cargos de su partido, a la estructura que mantiene en pie al PP en toda España, a quienes se sienten formando parte íntimamente de las esencias de ese partido. Hablaba además a un cuerpo político magullado, melancólico, desnortado y debilitado por una sucesión de fracasos electorales; de frustraciones tras haber ganado en muchas comunidades y ayuntamientos y asistir a la pérdida del poder en virtud de los pactos entre otros partidos perdedores; de indignación y de vergüenza por tantos casos de corrupción que se están juzgando ahora ante los tribunales y de desánimo por la certeza de que a ese vía crucis le queda todavía mucho por recorrer; de humillación tras haber sido desalojado su partido y su presidente del gobierno de España, tras una moción de censura que salió adelante con el apoyo al PSOE de independentistas y pro etarras y con la «traición» de un PNV al que el gobierno de Mariano Rajoy le había dado todo en los Presupuestos Generales recién aprobados. Y, para rematar, que estaban allí en aquel congreso extraordinario porque quien había sido su líder indiscutido durante tantos años había hecho repentino mutis por el foro y  se habían quedado políticamente huérfanos.

En su discurso habló a los cargos del partido, que mantienen en pie al PP en toda España

Pablo Casado hizo el discurso que tenía que hacer porque convocó a sus gentes a abandonar su postración y a volver a ponerse en posición de combate, orgullosos de su partido y dispuestos a disputar de nuevo a la izquierda el respaldo de los españoles. Casado tuvo un comportamiento muy similar al que exhibió en el XXXV Congreso del PSOE un José Luis Rodriguez Zapatero que se dirigió a sus compañeros, desolados porque el partido había obtenido el peor resultado – el peor resultado hasta entonces, ¡125 diputados!- en las elecciones de marzo frente a un PP que se había alzado con una aplastante mayoría absoluta y porque su secretario general Joaquín Almunia había presentado su dimisión pocas horas después de conocidos los resultados de aquellos comicios. Se hizo famosa la frase de Zapatero en su discurso como candidato  a la secretaría general: «¡Estoy convencido de que no estamos tan mal!» Y salió elegido.

Hay momentos en que el mensaje de un líder o que espera serlo es determinante para dar un vuelco al estado de ánimo de un grupo. Y eso es lo que hizo Pablo Casado que, por otra parte, no defendió nada que el Partido Popular no haya defendido siempre. Criticó la actual ley del aborto pero eso no puede sorprender a nadie ni darle pie a situarle en una posición de la derecha más radical que la del anterior equipo, que tiene recurrida la ley ante el Tribunal Constitucional. Pero cuando el TC se pronuncie Casado y los suyos acatarán la sentencia y punto.

Se opone, como se opuso e su día el gobierno de Rajoy, a la ley de la eutanasia a la que se opone también aunque más levemente Ciudadanos, y que previsiblemente será aprobada porque el PSOE cuenta con mayoría suficiente en el Congreso. Defiende a la familia pero ha aclarado muchas veces que a la familia en todas sus formas, de modo que adjudicarle una visión canónica que pretende imponer el modelo católico es una suposición completamente gratuita y demasiado fácil.

Casado se opone, como hizo Rajoy, a la ley de la eutanasia que puede ser aprobada por el PSOE

Defiende la unidad de España, como lo hace el PSOE, y reclama que se le haga frente al desafío independentista que, como se ha podido comprobar este fin de semana en el Congreso del PDeCat, no busca el consenso sino la confrontación total con el Estado.

Y gritó «viva España» al terminar su discurso, algo que el ministro socialista de José Luis Ábalos se apresuró a interpretar como un grito muy próximo al «Arriba España» de los tiempos de Franco. Pero deberíamos saber -en realidad lo sabemos perfectamente- que en todas las democracias que forman parte con España del club de los países libres y democráticos se gritan vivas a la nación con toda naturalidad. Aquí a algunos les parece todavía un grito sospechoso pero deberían acostumbrarse a contemplarlo como algo natural, como se hace en todas partes que no sea nuestro país. Tenemos  mucho que aprender todavía en materia de  libertades para llegar a ser una democracia orgullosa de su país .

En definitiva, Pablo Casado no está en posiciones extremas sino moderadas, lo cual no significa que no vaya a defender los principios que defiende todo partido de centro derecha en Europa. Y eso es algo que comprobaremos en cuanto Casado y los suyos empiecen a dirigirse no a sus compromisarios sino al electorado español. Las descalificaciones que ya se le han lanzado son prematuras, injustas e injustificadas.