El Gobierno quiere hacer desaparecer de la vista del público el cadáver de Franco que, dicho sea de paso, fue embalsamado. Por lo tanto, no es un conjunto de huesos que se puedan guardar en un espacio reducido. Si las informaciones de la época no son desmentidas 43 años más tarde por los hechos, Francisco Franco es hoy un cadáver de cuerpo entero. Y a ese cadáver que ganó una guerra civil y gobernó bajo una dictadura militar durante la primera mitad de su mandato y bajo un régimen autoritario durante su segunda mitad, como bien ha explicado el sociólogo y profesor de Ciencia Política Juan Linz, el Gobierno del PSOE lo quiere sacar del lugar en el que fue enterrado por decisión del entonces presidente del gobierno Carlos Arias Navarro y del nuevo Jefe del Estado, el recién entronizado Rey de España Juan Carlos de Borbón.

Ya se ha repetido hasta la saciedad que Franco nunca dijo que quisiera ser enterrado allí. Solamente existe un testimonio, no ratificado por ningún otra fuente, y es el del primer arquitecto del Valle de los Caídos, Diego Méndez, que declaró en su día que durante las obras Franco le señaló un lugar junto al altar mayor y dijo «Yo, aquí». De esa frase nunca más se supo y su propia hija Carmen Franco negó que su padre hubiera dado indicación alguna en ese sentido. Pero el hecho es que su cuerpo descansa al pie de ese altar mayor y que el Gobierno de Pedro Sánchez se propone sacarlo de allí. El problema es adónde lo llevan.

La familia se niega a su traslado y dice, con fundamento, que cualquier otro lugar donde pudieran reposar los restos de su ascendiente correrá siempre el riesgo de ser profanado y ser objeto de ataques, de ofensas y de humillaciones. No es una buena perspectiva y seguramente no es algo que el actual Gobierno considere aceptable porque toda la responsabilidad de lo que suceda le será adjudicada inmediatamente al presidente Sánchez por mucho que su equipo quiera evitarle esa carga encargando a un ministro la tarea de decidir el traslado de estos restos.

Es imposible que las familias de los caídos en el bando republicano osaran oponerse a un deseo del que entonces era llamado «El Generalísimo»

Ése es un riesgo que deben tener en cuenta los miembros del Ejecutivo porque podría provocar tensiones sociales indeseables: el hecho de que, según distintos sondeos, entre el 41% y el 56 % de los españoles consultados están de acuerdo en sacar el cuerpo de donde ahora se encuentra, significa que entre el 59% y el 44% quizá no lo está y que posibles episodios de asalto o profanación de su tumba serían un detonante de enfrentamientos sociales con un claro componente emocional, que son precisamente los más dañiños y los más peligrosos para el mantenimiento de la convivencia.

De las tres alternativas que según cuenta Ana Cabanillas en esta página, está sopesando el Gobierno, hay dos que no se pueden considera de ninguna manera porque son un desatino. Una de ellas, la más insensata, es sacar el cadáver de Franco y entregárselo directamente a un juez para que su señoría decida qué hacer con el muerto, dicho esto en sentido literal pero también figurado.

La idea de que los restos pasen a ser depositados en una morgue mientras se plantean litigios sin cuento y pasa el tiempo sin que se le consiga dar solución al asunto nos lleva a un escenario dantesco en el que estaría asegurado un espectáculo macabro y entonces sí, entonces la memoria del dictador que el Gobierno quiere difuminar alejándolo de la vista de los ciudadanos estaría más presente que nunca lo estuvo en estos más de 40 años de democracia y ahí sí que se entraría en una internacionalización del conflicto, eso con lo que tanto sueñan los independentistas catalanes pero que el Gobierno conseguiría enseguida ocupando las portadas de los periódicos de todo el mundo: «Pedro Sánchez saca a Franco de su tumba y ahora no sabe qué hacer con él». Opción descartada, pues, por definitivamente temeraria.

La otra es sacar los restos de Franco sin permiso de la familia, es más, contra la opinión de la familia, y depositarlos en un cementerio cercano, el de El Escorial o el de Guadarrama. Se supone que las alcaldesas de cualquiera de los dos municipios no tendrían mucha opción a dar su opinión aunque nadie podrá discutir que albergar en un pequeño cementerio municipal el cuerpo de un hombre con tantísimas implicaciones históricas, políticas y emocionales va a traer de cabeza al consistorio y va a suponerle un gasto enorme, aunque sólo sea en seguridad.

Pero es que esta opción tiene además una pega esencial y determinante: uno de los reproches que la izquierda ha venido haciendo a los enterramientos en el Valle de los Caídos de las víctimas de ambos bandos de la guerra civil -en realidad el reproche se refiere solo a lo que afecta a las víctimas del bando republicano- es, precisamente, que esos muertos fueron trasladados y enterrados allí sin el consentimiento de sus familiares o incluso abiertamente contra su deseo.

La verdad es que en 1958, cuando se inauguró el Valle de los Caídos, los gobiernos civiles informaron oficialmente a todos los ayuntamientos que el propósito del monumento era «dar sepultura a cuantos cayeron en nuestra cruzada, sin distinción del campo en el que combatieron, […] con tal de que fueran de nacionalidad española y de religión católica» puesto que se trataba de sepultarles en un lugar sagrado. E invitaban a que, quienes lo desearan, llevaran a enterrar allí a los suyos. La segunda condición para que los restos identificados fueran depositados en Cuelgamuros fue que ello contara con el consentimiento pleno de los familiares.

Esta es la historia cierta. Pero también lo es que en ese tiempo, apenas 18 años después de terminada la guerra y con el régimen franquista en su apogeo de poder, es imposible que las familias de los caídos en el bando republicano tuvieran otro sentimiento que no fuera un miedo cerval a disentir de las autoridades de la época en cualquier aspecto de la vida y muchísimo menos osaran oponerse a un deseo del que entonces era llamado «El Generalísimo». Por lo tanto, hay que dar por supuesto que el requisito del consentimiento familiar se solventara por el terror ante posibles represalias de quienes hubieran preferido que sus hijos, padres, madres o hermanos hubieran descansado en una tierra próxima.

Sánchez no puede enterrar a Franco en un lugar determinado sin contar con la autorización de sus familiares

El problema es que ese comportamiento que ha merecido el reproche, muy grave, a lo hecho por el régimen franquista no puede ser replicado ahora en idénticos términos por el gobierno socialista. Es decir, Sánchez no puede enterrar a Franco en un lugar determinado sin contar con la autorización de sus familiares porque entonces estaría haciendo exactamente lo mismo que con tanta repugnancia califica de humillante e indigno atropello y que adjudica al dictador.

Con una diferencia notable y es que, si en aquellos años oponerse a una decisión del régimen podía acarrear consecuencias dramáticas y eso explicaría el silencio atemorizado de muchas familias ante el traslado de uno de los suyos al Valle de los Caídos, ahora vivimos en democracia y se puede hablar con entera libertad, que es lo que han hecho los nietos de Franco: no quieren que se exhumen los restos de su abuelo y se oponen a que sean enterrados en otro lugar y lo han dicho claramente. El Gobierno no puede tener un comportamiento igual, como una réplica exacta, de lo que tantas veces ha condenado, siendo público y notorio que la familia se niega. Descartada, por lo tanto, también esa opción por los riesgos políticos y éticos que conlleva.

La fórmula menos dañina para todos, también para el Gobierno, y que de paso no colocaría en una situación imposible a la comunidad benedictina de la Basílica, sería trasladar el cuerpo embalsamado de Franco a otro lugar dentro del Valle pero no a los pies del altar mayor. Eso parece de entrada lo más aceptable y satisfará a quienes claman por sacar esa tumba de un lugar tan preeminente.

La fórmula menos dañina para todos sería trasladar el cuerpo embalsamado a otro lugar dentro del Valle pero no a los pies del altar mayor

Lo que pasa es que el Gobierno quiere esconder a Franco también para que su tumba no reciba visitas, del mismo modo que quiere que el Valle de los Caídos no sea visto por lo españoles como un monumento franquista sino como un centro de interpretación de la Historia. Pero eso le va a resultar imposible por una razón inamovible: ese monumento es obra de Franco desde el principio hasta el final.

Porque fue él quien eligió personalmente el lugar en el que debía erigirse el monumento y quien supervisó directísimamente las obras; fue él quien encargó al escultor Juan de Ávalos -un republicano con carnet de las Juventudes Socialistas- las esculturas que adornan la fachada de la Basílica y las que están en la base de la gigantesca cruz de 150 metros de granito que la corona. Fue él quien eligió la rama de enebro con la que el escultor nacionalista vasco Beobide hizo la talla del Cristo en la cruz que preside el altar. Y fue también él quien definió el cometido del monumento. Por eso su figura es inseparable de esas piedras.

La columna de Trajano alzada en Roma sobre las ruinas del Foro siempre será la columna de Trajano, por mucho que un Papa entusiasta decidiera coronarla con una estatua de San Pedro Apóstol.  Y el Valle de los Caídos no podrá nunca desligarse del nombre de su autor e inspirador por muchos barnices que se le quieran poner encima.

Existe otra opción, pero no es recomendable en esta Europa del pensamiento ilustrado que aún sobrevive: que algún gobernante audaz decida dinamitar el monumento y acabar así con el recuerdo de un tiempo que, sin embargo, existió y que será estudiado por las generaciones venideras.

El Valle de los Caídos no podrá nunca desligarse del nombre de su autor e inspirador por muchos barnices que se le quieran poner

El inconveniente es que una acción de esa naturaleza nos hermanaría con los talibanes de Afganistán que dinamitaron los Budas gigantes de Bamiyán, utilizando misiles antiáereos, tanques y dinamita porque aquellas figuras resultaban una ofensa intolerable a sus convicciones islámicas y para evitar así «la adoración de ídolos falsos», dijeron.

No es el caso, naturalmente. Pero que, guste o no guste, el Valle de los Caídos es inseparable de la figura de Francisco Franco, eso no hay quien lo pueda discutir.