De camino al trabajo paso por delante de un centro de día. Cada mañana, a eso de las 9, llega un autobús con una decena de ancianos. Había uno, bastante mayor y siempre vestido como para salir a comer, que al bajar miraba a la puerta del centro y se agarraba a la conductora. “No, no y no”, decía. Su contundencia le duraba un par de segundos y luego accedía a entrar con resignación.

Hace varios meses que no le veo, pero me he vuelto a acordar de él por la noticia, que ha resultado ser falsa, de dos ancianos alemanes que se escaparon de la residencia para ir a un concierto de heavy metal. No a uno cualquiera, sino al más grande del mundo, el Wacken Open Air. Nos creímos que habían desaparecido por la tarde y que los polis los habían encontrado a las tres de la mañana.

Hacerse mayor es darte cuenta de que tu mente lo abarca todo pero tu cuerpo no puede con su alma”

Nos encantó pensar que ellos les pidieron un ratito más, una última canción. Y nos lo creímos porque nos hemos acostumbrado a que la vejez conlleve eso, volver a los quince años, a querer exprimir los días y a encontrarse con un “no puedes” por parte de tu familia, por parte del centro donde pasas los días. Eran unos héroes, el ejemplo a seguir de todos aquellos a los que los años les dan más miedo que tranquilidad.

Hacerse mayor es darse cuenta de que tu mente lo abarca todo pero tu cuerpo no puede con su alma. Quizá sentirte atrapado en alguien que te parece un auténtico aburrimiento. Lo veo en mi abuela, a la que hemos intentado quitar el coche un par de veces. Tiene ochenta y tantos y sólo lo usa para subir la cuesta para tomar café y para bajarla para ir a la peluquería. Cuando le comentamos que era mejor que la llevasen sus hijos, nos contestó, en su versión más adolescente: “A mí no me cortéis las alas”.