El acuerdo alcanzado hace unas horas para repartirse los 141 inmigrantes del Aquarius entre seis países salva una situación puntual  angustiosa, pero no supone ninguna solución permanente para el problema. La UE sigue sin dar una respuesta consensuada que comprometa a todos sus miembros ¿Qué ocurrirá con los próximos rescatados por las ONG? Para esa pregunta, por desgracia, no hay respuesta.

El acuerdo ha evitado una situación comprometida para el gobierno. Quim Torra había puesto en un brete a Pedro Sánchez al ofrecer «bajo la autoridad del gobierno de Cataluña» tres de sus puertos para que pudiera atracar el citado buque. Aunque el acuerdo alcanzado en el mediodía del martes permitirá la llegada del barco a Malta, la cuestión de fondo no cambia. Y es que la demagogia se impone como herramienta política y la inmigración se ha convertido en objeto de mercadeo en una competición de irresponsabilidad.

En este caso, ha sido el presidente del gobierno el que abrió la puerta al uso pueril del drama humano para lograr popularidad y, en su momento, votos. Lo hizo nada más llegar a Moncloa al dar luz verde para el atraque del Aquarius en Valencia, bajo la excusa de que se trataba de paliar una emergencia humanitaria. Al mismo tiempo, organizó una ofensiva mediática e involucró a varios ministerios en su acogida, dirigida por la vicepresidenta Carmen Calvo, como si de la Operación Dinamo se tratara. Sánchez estuvo tentado de acudir al puerto a recibir a los inmigrantes, pero una mínima dosis de prudencia desaconsejó tan burda maniobra.

A pesar de negar el efecto llamada, el efecto llamada se ha producido. En julio se ha disparado la llegada de inmigrantes en patera a las costas españolas y, como es natural, los buques de las ONG han entendido que los puertos españoles eran el destino más seguro para sus actuaciones de rescate en alta mar. La euforia ha durado apenas unas semanas. Ya no sólo se ha eliminado el permiso especial a los que llegan -algo que se dio graciosamente a los que llegaron a Valencia-, sino que el gobierno decidió en primera instancia rechazar el atraque del Aquarius utilizando dos débiles argumentos: que no era una crisis humanitaria como la primera vez, y que España no es el lugar más seguro por la distancia en la que se encuentra el buque.

La inmigración se ha convertido en objeto de mercadeo político. A la irresponsabilidad de Sánchez  se ha sumado Quim Torra, que ha ofrecido los puertos catalanes como si fueran suyos

Médicos Sin Fronteras (MSF) se encargó de desmentir esos argumentos. El Aquarius cuando llegó a Valencia estaba más lejos de lo que está ahora de las costas españolas. Mientras que el barco deambula en busca de un puerto donde atracar cientos de pateras se hacen a la mar sin que haya cerca de las costas de Libia ninguna otra embarcación dispuesta a recoger a los que huyen de las guerras o de la miseria extrema.

Aunque Podemos está en encefalograma plano y se ha limitado a una crítica de manual al gobierno, las ONG han lanzado una ofensiva para denunciar que la actitud de Sánchez hacia la inmigración depende de su agenda política.

En ese contexto de pérdida de credibilidad entre el electorado progresista ha aparecido en escena el president Torra haciendo lo que mejor sabe: populismo barato. El presidente de la Generalitat es consciente de que no tiene competencias para admitir a un buque si el gobierno previamente no lo autoriza. Pero le da igual. Lo que quiere es apuntarse el tanto para luego justificarse diciendo que Sánchez no le ha dejado poner en práctica su proyecto de «Cataluña abierta». De esta forma, también entra en competencia abierta con Ada Colau que ya había ofrecido el puerto de Barcelona para el atraque, como si la la ciudad fuera su particular reino.

El gobierno ha corrido un gran riesgo y el pacto alcanzado le evita enfrentase a una situación embarazosa: si finalmente el Aquarius no hubiera encontrado ningún puerto franco y su capitán hubiera decidido poner rumbo a Palamós… o la mismísima Barcelona ¿Qué hubiera hecho Sánchez? ¿Permitir la llegada o bloquearla? Cualquiera de las dos opciones sería mala para él.

Lo único que salió de la decepcionante reunión con Merkel el pasado fin de semana es que la inmigración es un problema europeo y requiere de una solución europea. Fue Sánchez el primero en quebrar este principio aceptando la llegada del Aquarius a Valencia y levantando expectativas de que España no iba a ser como Italia. Y ahora está pagando las consecuencias de su furor mediático.

Jugar a ser más progre que Podemos tiene sus riesgos. Y admitir que Torra haga como que ejerce de presidente de una Cataluña independiente, también. El Aquarius ha puesto al presidente ante el espejo de sus palmarias contradicciones, aunque el gobierno trate ahora de explicar que el acuerdo alcanzado in extremis y es una consecuencia de la decisión de Valencia.