La moneda de reserva internacional es la que el mundo utiliza para hacer cálculos y comerciar en periodos normales, y donde busca refugio en tiempos de crisis. Durante los últimos 2.000 años, la mayoría de las generaciones ha vivido con una única moneda de reserva. En todo el mundo, solo una de cada doce generaciones ha visto cómo su referencia monetaria cambiaba. La moneda de reserva actual, el dólar estadounidense, tiene sus peculiaridades, como el hecho de no estar respaldada por ningún metal precioso. Pero son precisamente este y otros aspectos singulares los que hacen altamente improbable que se produzca un cambio a corto plazo en el marco monetario internacional actual.

En este sentido, los estadounidenses tienen una buena razón para estar orgullosos de su moneda: el dólar estadounidense es la única moneda del mundo que se acepta universalmente. Se puede entrar en cualquier bar del planeta, por perdido que esté y por dudosa que sea su reputación, y probablemente la persona que atiende la barra estará dispuesta a aceptar sus dólares contantes y sonantes (a menos que sean falsos, claro).

Eso forma parte del significado de la moneda de reserva internacional: las personas son conscientes de su valor en todo el mundo, calculan en dólares, comercian en dólares y, a diferencia de muchos otros tipos de cambio, saben cómo cotiza su moneda nacional frente al billete verde. El dólar estadounidense también es una moneda informal en muchos lugares. En el caso concreto de algunas economías emergentes en crisis, es un salvavidas para los particulares cuyos activos son expropiados por sus gobiernos.

En tiempos de crisis los acreedores utilizan la moneda de reserva como ‘refugio’ para evitar problemas en sus mercados de origen

Sin embargo, ser una moneda de reserva es algo más que ser la moneda preferente para los cálculos y el comercio. En tiempos de crisis, los acreedores utilizan la moneda de reserva como «refugio» para evitar los problemas de expropiación y pérdida de capitales en sus mercados de origen. En periodos normales, esa es la tarea del prestamista de último recurso de cada país, es decir, los bancos centrales. Sin embargo, en tiempos de crisis la confianza en los bancos centrales casi siempre se desvanece y los inversores vuelven la vista hacia el prestamista de último recurso en la moneda de reserva internacional, es decir, el sistema de la Reserva Federal estadounidense (Fed).

Eso explica en parte por qué la comunidad financiera está tan obsesionada con lo que hace la Fed. Dado que es el prestamista de último recurso para el mundo, lo último que uno quiere es ver a la Fed en problemas. Eso es lo que pasó en 2008. Sin embargo, desde entonces la entidad ha protagonizado un notable regreso.

Algunos expertos vaticinan con vehemencia un «mundo post-EEUU» con una moneda de reserva distinta del dólar estadounidense, pero la mayor parte de los motivos expuestos arriba va en contra de esta visión. El dólar estadounidense es la primera moneda de reserva mundial que no está respaldada por activos físicos en el sentido tradicional. En todo caso, está respaldado por el estatus de una nación con poder hegemónico mundial. Eso permite a EEUU exportar deuda como respaldo para su moneda y utilizar su fuerza bruta como amenaza creíble.

Si EEUU renuncia a su estatus como poder hegemónico, sus socios comerciales tendrán que buscar otra moneda de reserva

Dado que el déficit doble es el motor principal de esta monetización, la prueba del algodón es bastante sencilla: si EEUU decide mantener su estatus actual, su moneda se debilitará más allá de este ciclo, ya que el déficit doble aumentará otra vez. Sin embargo, si EEUU abraza una política cada vez más aislacionista, como ha hecho recientemente, el déficit doble descenderá y el dólar estadounidense se revalorizará a largo plazo. A su vez, eso llevará a reducir el gasto en defensa, que actualmente se sitúa en torno al 4% de la producción económica, ya que no se necesitaría un ejército con un tamaño como el actual si el país se encierra en su torre de marfil.

No es un escenario particularmente atractivo, sobre todo para el partido republicano. Si EEUU renunciara de facto a su estatus como poder hegemónico mundial, sus socios comerciales no tendrían otra alternativa que buscar otra moneda de reserva. A la vista de los plazos en que han tenido lugar las sustituciones de la moneda de reserva en el pasado, resulta difícil pensar que China dé un paso al frente antes de 2030 o incluso 2040 (en el caso de que sea su aspiración después de todo, cosa que dudo).

Al mismo tiempo, el auge de las criptomonedas no llenará el consiguiente vacío en la economía mundial. Eso sólo pasaría si las generaciones futuras gestionaran sus negocios de forma completamente diferente a como lo han hecho las más de cien generaciones anteriores. Aunque entra dentro de lo posible, haría falta una cantidad de tiempo considerable para reunir pruebas palpables de un cambio de esta magnitud.

Por tanto, hasta nuevo aviso el dólar estadounidense seguirá siendo lo que ha sido durante los últimos cien años: la referencia mundial para calcular el valor, realizar intercambios comerciales y preservar la riqueza en los mercados de capitales internacionales. Un dólar más débil en el próximo ciclo (a partir de 2019/2020) sería una prueba de que la situación sigue como ha estado a lo largo de los últimos cien años.


Christian Gattiker es responsable de Análisis y Soluciones de Inversión de Julius Baer