Cerca de medio millar de periodistas llenamos las tribunas de prensa instaladas por la NASA en Cabo Kennedy para presenciar el lanzamiento del Apolo 11 hace ahora cincuenta años. Solo tres éramos españoles, Hermida (corresponsal de TVE en Nueva York), Massip (corresponsal de ABC en Washington), y yo, que viajé a Florida desde Madrid como enviado especial de la agencia Europa Press.

Detrás de mi, dos enardecidos enviados de la cadena colombiana Radio Caracol transmitían el evento como si se tratara de un emocionante partido de fútbol, que era lo que ellos estaban acostumbrados a relatar. A mi izquierda, un pintor tenía montado su caballete y pintaba al óleo sobre un lienzo la inmensa planicie, dejando sitio en el centro del cuadro para el cohete…

A mi derecha, previsoramente provisto de unos potentes prismáticos y muchos kilos de flema estaba sentado un caballero cuya acreditación de solapa anunciaba que trabajaba sorprendentemente para la Enciclopedia Británica. Le pregunté en la espera y me dijo: «En la Enciclopedia cubrimos en directo los acontecimientos que estamos seguros pasarán a formar parte de la historia, y éste no hay duda de que cumple esa condición. Contará con varias páginas de todas las ediciones futuras de la Enciclopedia Británica».

Miles de curiosos venidos desde todos los puntos de Estados Unidos querían presenciar el comienzo de la odisea desde cualquier cuneta de los alrededores

Aunque el lanzamiento estaba previsto para no antes del mediodía de aquel 16 de julio de 1969, los periodistas habíamos sido citados a las ocho de la mañana, e incluso con esa antelación, las pasamos canutas para llegar al Complejo de lanzamiento 39, a causa del monumental atasco que se montó desde el amanecer: miles de curiosos venidos desde todos los puntos de Estados Unidos querían presenciar el comienzo de la odisea desde cualquier cuneta de los alrededores, donde muchos de ellos acamparon la noche previa.

Flotaba en el ambiente la idea de que Neil Armstrong era una especie de Cristóbal Colón que partía para conquistar no un nuevo mundo, sino un satélite de nuestro mundo. ¡Y que iba a hacerlo antes de que se adelantaran los rusos!

Los periodistas habíamos sido convenientemente instalados a unos 500 metros de la torre que sostenía el cohete Saturno. La estructura tenía la altura de una torre de veintitantas plantas y estaba iluminada por potentes focos, a pesar de que ya había amanecido.

A las 13.32, hora local, el suelo tembló bajo nosotros, como si una manada de un millar de bisontes pasara en estampida, mientras bolas rojas como naranjas se encendían sucesivamente bajo el cohete inclinándolo ligeramente primero hacia la izquierda, luego a la derecha, hasta que comenzó su lento ascenso, como si fuera un enorme destornillador que se esforzaba en hacer un agujero en el denso cielo de Florida.

Fue verdaderamente emocionante y yo tuve la enorme suerte de poderlo relatar, aunque para rebajar los altos costos de transmisión mis crónicas solo contenían datos

Mientras tanto, docenas de técnicos que habían contribuido a su construcción, con lágrimas en los ojos gritaban “Up, Bird, Up” como empujando ellos también y apoyando así su lento y esforzado ascenso.

Fue verdaderamente emocionante y yo tuve la enorme suerte de poderlo relatar, aunque para rebajar los altos costos de transmisión, mis crónicas solo contenían datos, los adjetivos los colocaba en Madrid José Camats, periodista de vasta cultura y enorme habilidad para “hinchar teletipos”.

Más emocionante todavía fue cuando cinco días más tarde, el 21 de julio, el módulo de exploración lunar Eagle, pilotado por los astronautas Neil Armstrong y Edwin Aldrin se asentó suavemente sobre la superficie de la luna, en el llamado Mar e la Tranquilidad.

Lo periodistas habíamos volado de Florida a Houston, donde la Nasa centralizó las labores de seguimiento, para poder relatar en directo todos los detalles de la odisea. En las enormes salas habilitadas para la prensa, la compañía de aviación TWA había instalado un tenderete donde expedía reservas para los “próximos” vuelos comerciales a la luna. La euforia del momento provocaba esas ilusas esperanzas que impulsaron al presidente de TWA a montar ese ejercicio de relaciones públicas. La compañía TWA ha desaparecido desde entonces, los vuelos comerciales parecen muy lejanos todavía y yo conservo el billete como un bonito recuerdo que me costó solo diez dólares. Previsoramente puse como nombre de usuario al único hijo que tenía entonces, aunque debiera haber puesto el de un bisnieto…