Es durante la primera revolución industrial cuando se pasa del trabajo artesanal en los domicilios a trabajar en grandes fábricas. Se perseguía por un lado la continuidad en el flujo productivo – en el trabajo en casa, cada uno producía cuando le venía bien o lo necesitaba – y por otro lado, facilitar la división del trabajo y el consiguiente aumento y mejora de la productividad. Todo ello sin olvidar que el gran tamaño y coste de las máquinas de manufacturas que hacen posible esta revolución, obligaba a reducir la dispersión fabril y a incrementar los espacios destinados a la misma.

Ahora en plena revolución industrial 4.0, donde la acumulación masiva de información y la mayor facilidad para procesarla y para intercambiarla está modificando la organización de los medios de producción, se oyen voces que claman por el teletrabajo. Por volver al trabajo a domicilio, apoyados claramente en esta facilidad para hacer las cosas de otra manera y gracias, entre otras cosas, a la conectividad. Y no me parece nada mal, supongo que es cómodo para muchos, pero en mi opinión está lejos de ser eficiente; sólo funciona para determinado tipo de profesiones y considero que debería relegarse a tiempos residuales de la jornada laboral o a situaciones temporales de necesidad personal. Y no es porque vea en ello falta de control y de una mínima disciplina que pueda llevar a la desidia y comodidad propia del ser humano, como aducen algunos.

Soy un convencido de la flexibilidad, de las diversas realidades productivas, de los diferentes ritmos y necesidades vitales y de la enorme rentabilidad que produce para todos una relación de confianza. De hecho, aborrezco la tendencia a normativizar al extremo absolutamente todos los comportamientos tanto en la empresa como en la sociedad. Tengo el convencimiento de que sólo nos lleva a perjudicar a una mayoría confiable en aras de una minoría desleal y debo reconocer que el eslogan «mi libertad acaba donde empieza la de otro» casi me valdría de forma universal. Reconozco que todavía no salgo de mi asombro al conocer la nueva regulación del control horario, un anacronismo que considero perjudicial e inexplicable.

Por otra parte y volviendo a la práctica de trabajar desde casa, supongo que ya son conocedores de que grandes compañías tecnológicas pioneras en el teletrabajo, se echaron atrás hace tiempo, tomando dicha decisión básicamente por dos motivos.

Las grandes tecnológicas abandonan el teletrabajo por la falta de eficiencia y la pérdida del «alma» de la compañía

El primero es la pérdida de eficiencia precisamente en esta época de «destrucción creativa», donde existe una altísima correlación entre interacción personal, productividad, creatividad e innovación. Es tan así, que estas grandes multinacionales invierten mucho dinero en diseñar sus oficinas de una manera atractiva, dejando espacios para pensar, relajarse y sobre todo para maximizar los encuentros cara a cara entre empleados; llegando a utilizar técnicas tan sofisticadas como las de los grandes centros de retail, que buscan sacar el máximo provecho de la visita del consumidor.

El segundo motivo, es porque se pierde el alma de la compañía. La relación y el contacto lo hacen todo, permiten que sepamos más de los otros y por tanto se genera la confianza necesaria para llevar a cabo cualquier proyecto o negocio conjunto. Las empresas no son familias, ni muchísimo menos, pero si son equipos y estos deben entrenar y trabajar juntos, apoyarse en los fracasos y celebrar los triunfos. Todo esto conforma en las personas el vínculo emocional necesario que consigue en muchas ocasiones, que los esfuerzos merezcan la pena independientemente del resultado.

Hay gente que va a trabajar sólo y exclusivamente por dinero y lo siento por ellos, pues formar parte de algo hace que el esfuerzo de madrugar a diario sea mucho más llevadero. Cuando sólo estás centrado en tu productividad personal y nada más, reduciendo la interacción personal a la mínima expresión- al estilo sueco -, te encuentras muy lejos de conseguir grandes cosas y probablemente de sobrevivir en el mercado laboral que se avecina.

Las nuevas generaciones quieren tener más independencia y compatibilizar mejor su vida personal y profesional, ¡vaya sorpresa! ¿conocen a alguna generación que no lo quiera?.

Tengan en cuenta que la demanda de más flexibilidad, no implica que estas generaciones quieran trabajar aislados en casa, pues tienen muy claras las ventajas del trabajo colaborativo y de la conectividad, incluida la importancia de conocer gente y de compartir ideas.De hecho, existe un boom de los espacios de coworking y empresas de este tipo, crecen a pasos agigantados. Su modelo de negocio no está basado en el alquiler de espacios de trabajo compartidos – una actividad empresarial que existe hace mucho tiempo – su valor diferencial está en que ayudan a sus clientes a construir algo más, una comunidad.

Anímense y pregunten a la gente joven que se incorpora al mercado laboral, a los trabajadores de la llamada “economía de la innovación” y a los múltiples emprendedores que surgen actualmente donde quieren trabajar, adivinen: en wework.


Iván González es director de Recursos Humanos y Comunicación de Cintra Infraestructuras, S.A