Entender a un periodista es complicado, pues su humor suele estar a expensas de factores que al resto de la población le importan un pimiento. Sus días son soleados o borrascosos dependiendo del primer vistazo a la prensa, desde la cama, con el teléfono móvil. No lo hace para informarse, sino para consultar lo que han hecho sus competidores. Si es peor que lo suyo, suspirará aliviado. Si es mejor, sufrirá algo similar a lo que Freud definió como la ‘envidia del pene’: otro lo tiene, pero yo no, lo cual es motivo de frustración. Esa ansiedad crea mitos estúpidos en las redacciones y genera competiciones por exclusivas pírricas, de las que ni el propio autor se acordará en no mucho tiempo.

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