Hay dos adjetivos,»progresista» y «democrático», que añadidos a cualquier decisión, movimiento político, biografía personal, opinión expresada en público o en privado, convierten al elemento al que acompañen en algo deseable, honesto, inteligente y éticamente impecable. Lo curioso de esta capacidad taumatúrgica de los dos términos es que no son los demás quienes están de acuerdo mayoritariamente en adjudicar cualquiera de las dos condiciones al hecho o persona de que se trate. No, al contrario, son los propios protagonistas de esa decisión, movimiento político, biografía personal u opinión los que se adjudican una sola o las dos palabras juntas para avalar lo que sea, aunque se trate de un error o directamente de una ilegalidad.

Para seguir leyendo Regístrate GRATIS