Convertida en mascarillas ha terminado la funda nórdica de Ikea, su selva de gajos de rotulador, de racimos de garabato, de flores hechas como de otra flor deshilada por animalitos que tiraron de ella, un gran mantel manchado de frutas y pétalos como de mermelada o de labios. “Mi tela es una funda nórdica de Ikea, que era algodón 100%”. Mi hermana me manda la foto, la funda nórdica, desinflada como un paracaídas sobre la máquina de coser, y luego la mascarilla en su cara. Y pienso que ha hecho costura o ingeniería de guerra, como el paracaidista que hace un refugio con su lona o el zapador que levanta un puente en un día. La emergencia, la guerra, a lo mejor son eso, no ya la muerte sino que un hule tenga que ser una casa bajo el fuego, que un edredón tenga que ser una fortaleza como para los niños con miedo, que una flor silueteada tenga que ser un escudo como el de los caballeros andantes con flor en el escudo.

La academia de costura Eugenia, en Barcelona, ya no está abierta, claro, pero sus alumnas ahora hacen mascarillas en casa, como esas mujeres que hicieron obuses en la guerra. Un estampado de pijama infantil, un cojín que arañó un tigre, un cómic imaginado en una colcha, una tela de leopardo o incluso de brilli-brilli, que dan luego mascarillas como un dibujito animado o como un parchís o como un tanga o como un traje de dama de honor. Eso da igual. “De algodón, que resista temperaturas de 60 grados”. Eso es lo que pide Clara, enfermera del hospital sociosanitario Pere Virgili, y que también iba a esa academia por hobby, igual que mi hermana. De Clara fue la idea. “La semana pasada, trabajando, cuando vimos que no podía, pensé en mis compañeras de costura. A ver si con éstas de algodón debajo de las quirúrgicas por lo menos nos aguantan un poco más. Les voy a pedir a mis compañeras que nos hagan mascarillas. Todas han colaborado y estoy súper emocionada”.

Me hice una ruta para pasar por todas las casas y que no se me olvidara ninguna, con el miedo de que me parara la guardia urbana, porque claro, mi trabajo está para el otro lado»

Los patrones, irregulares, a tijeretazos, con las medidas a lápiz, se fotografiaban y se mandaban por WhatsApp. También se pasaban entre ellas tutoriales de vídeo, con luz de entresuelo o conspiración, en los que se explicaba que el ribeteado y el alambre para que se ajustaran mejor eran opcionales: “Como urge, si no tenéis alambre en casa, no lo pongáis”. El alambre, que haya que tener alambre en casa, el alambre como necesidad o incluso como lujo, eso debe de ser la guerra. Empezaron a buscar telas, subían las fotos con su colorido de zoco, chocante y aventurero, telas rayadas o de vaquita, telas de delantal o de almohada, las primeras mascarillas hechas de un blanco de calzoncillo blanco o las más atrevidas de falsa lentejuela o falso cocodrilo. Subían fotos de las telas y de las máquinas de coser trabajando como a vapor y en hilera, como trenes de película o lavanderías chinas. Una de las chicas puso este cartel en su bloque: “Debido a la falta de mascarillas en los hospitales, estamos haciéndolas en el 8º (…). Si alguien tiene telas, preferiblemente de algodón, sábanas, ropa que no usen y goma elástica, por favor píquenos”. Luego, en rojo, este eslogan: “Sólo el pueblo salva al pueblo. Solidaridad y apoyo mutuo!!!”. Y sí, subieron los vecinos, subió el pueblo con su ropa de limpiar el polvo o su rollo de tela de mercería antigua.

En los bloques se hacían mascarillas casi subversivas y por la calle luego había que esquivar a los guardias, transportar las telas y recoger las mascarillas como si fueran estraperlo o munición. “Me hice una ruta para pasar por todas las casas y que no se me olvidara ninguna, con el miedo de que me parara la guardia urbana, porque claro, mi trabajo está para el otro lado. Y nada, dejo una bolsa abierta en la parte de atrás, abro la ventanilla, y me van tirando las mascarillas ahí para que yo no tenga que bajar ni establecer más contacto”, cuenta Clara. Luego, vuelve por la Meridiana, vacía, bombardeada de aire; espeluznante, como esperando ser cubierta por enredaderas mágicas.

Mascarillas como una manopla o como una maceta o como un calcetín. Siguen haciéndolas en esas tardes de costura, esas tardes que antes eran musicales, como si cosieran con arpa, y ahora son tardes con fondo de radio de trinchera y ropa vieja apilada, como de náufragos que salvan a otros náufragos. Y los salvan de verdad. “Cuando se lo conté, a la directora de enfermería se le saltaron las lágrimas”, recuerda Clara. Ahora van a añadir una abertura lateral para poder meter papel de horno, que parece que eso ayuda. El papel de horno como solución científica, eso debe de ser la guerra. Mascarillas hechas con lo que vamos arrancando de las paredes y del mundo, con lo que sobra de los abrazos y arrumacos que ya no hay, con los estampados de corazón de los bolsillos que se ponen donde el corazón, como una portezuela ya para nada. A lo mejor la guerra es tener que hacer eso.

Pedro Sánchez, este domingo, ha dado las gracias expresamente a esas academias de costura que están haciendo mascarillas de corazón y retales. El presidente acababa de constituir el Comité Científico el sábado. Sí, eso debe de ser la guerra.