En la noche del miércoles, la del pacto de la vergüenza, algunos indignados socialistas apuntaron con el dedo acusador hacia Adriana Lastra. ¡Era su nombre el que figuraba al pie del comunicado junto al de Pablo Echenique y al de Mertxe Aizpurua!

«Ha sido una metedura de pata de Adriana», comentó por whatsapp alarmado poco después de las 23 horas un ex ministro socialista.

Al día siguiente, tras la rectificación socialista que llegó al filo de la media noche, se esperaba que el presidente eligiera para la ocasión un chivo expiatorio. Se extendió el rumor de que la portavoz del Grupo Socialista estaba apunto de dimitir.

Pero no pasó nada. Y desde Moncloa y desde Ferraz se difundió el argumentario que han repetido como papagayos todos los que tienen voz en el PSOE y que asumió el propio presidente del Gobierno en su comparecencia semanal del sábado. La culpa de que el PSOE haya recurrido a Bildu «ha sido del PP, que ha abdicado de su responsabilidad».

Un miembro del Grupo Socialista se sonríe cuando le pregunto al respecto: «¿Caer Adriana? Quién diga eso es que no la conoce bien ni a ella ni a Pedro Sánchez«.

Adriana Lastra (Ribadesella, 30 de marzo de 1979) forma parte del núcleo duro del entorno de presidente. No movería un músculo sin consultarle. Y, de hecho, dio cuenta a Moncloa de cada paso que se dio en la gestación del pacto para derogar la reforma laboral. Lastra tuvo en cada momento línea directa con Sánchez y con Carmen Calvo, con quien ya pilotó la negociación con el portavoz de Unidas Podemos para la conformación del Gobierno de coalición.

El jueves quitó hierro a la polémica en declaraciones a La Sexta: «No estamos rectificando lo firmado. Estamos aclarando lo firmado».

Lastra no se arredra. Aguanta bien la presión, por su carácter y porque se sabe protegida por el que manda.

La portavoz socialista cuenta con el respaldo sin fisuras del presidente. Ella no será el chivo expiatoria del del pacto con Bildu

Puede parecer frágil, pero su temple es de acero. Su trayectoria le ha hecho ganar aplomo y seguridad en sí misma. Con poco más de cuarenta y un años no sólo es portavoz del Grupo Socialista, sino vicesecretaria general del PSOE, con un poder similar al de José Luis Ábalos (secretario de Organización). Desde luego manda mucho más en el partido que Calvo o que la presidenta del partido, Cristina Narbona.

Sus orígenes son humildes (su padre era taxista y su madre peluquera) y sus estudios escasos. Nunca acabó la carrera de antropología social. Pero desde los 18 años ha dedicado su vida al partido, muy apoyada por el Sindicato Minero (SOMA UGT). Fue diputada en el parlamento asturiano y su referente, Javier Fernández, fue presidente de la Comisión Gestora del PSOE en 2016 tras la dimisión de Sánchez. Luego le abandonó.

Aunque formó parte del equipo de Sánchez cuando éste decidió retomar la batalla para volver a la dirección del PSOE, Lastra no estuvo entre los 15 diputados que votaron «no» a la investidura de Mariano Rajoy en el Pleno del 29 de octubre de 2016. Ni ella, ni Ábalos ¿Por disciplina? Es posible.

Pero, al igual que el ministro de Fomento, si que estuvo en el pequeño grupo que le organizó mítines por toda España cuando nadie, o casi nadie, daba un duro por él.

«Pedro sabe que puede confiar en ella, porque nunca va a jugar a ser alternativa y le es fiel sin ninguna duda», argumenta otro miembro del PSOE.

Aunque un tanto acomplejada por su déficit de formación (cuando se sienta con Echenique se siente un tanto abrumada ante la verborrea de cultureta del número tres de Podemos) sabe salir airosa cuando alguien le recuerda su pobre curriculum, como hizo Inés Arrimadas en el debate de investidura el pasado 5 de enero.

No pasa una. A algunos miembros de Grupo le ha hecho la vida muy difícil»

En poco tiempo se ha ganado merecida fama de dura. «No pasa una. A algunos miembros de Grupo le ha hecho la vida muy difícil, como por ejemplo a Beatriz Corredor, con mucha mejor formación y también miembro del grupo que apoyó a Sánchez desde el principio, pero que acabó dejando el escaño», dice un miembro del Grupo Socialista.

Utiliza a Rafael Simancas (secretario general del Grupo) para las tareas mas rutinarias y burocráticas, mientras que ella se reserva para los momentos estelares, rodeada de un equipo en el que destaca su jefe de gabinete, Javier Aunión.

Nadie se atreve a rechistarle, conocedores todos de su predicamento en Moncloa y sus malas pulgas. De puertas afuera es difícil encontrar a alguien que le ponga un pero.

Sus intervenciones en el Congreso pasarán a la historia por la tensión que generan. No tiene empacho en llamar «cacatua» a Teodoro García Egea, o en espetarle desde la tribuna de oradores al diputado del PP José Ignacio Echániz: «¿Me estás amenazando?» Uno de sus argumentos favoritos es tildar a la derecha de anti democrática o bien, como hizo en el debate de investidura del pasado mes de enero, acusar a Vox, PP y Ciudadanos de alentar un «golpe de Estado».

Cuando termina sus intervenciones, por duras que estas sean, recibe la felicitación del presidente. Directamente o por whatsapp.

Nada se mueve en el Grupo Socialista sin su visto bueno, aunque algunos diputados echan de menos que en la reuniones que se celebran periódicamente la discusión política haya desaparecido.

Sería un error subestimarla, error que a veces cometen sus enemigos. Lastra es rápida de reflejos y muy intuitiva. Mientras Sánchez siga en Moncloa ella tendrá un lugar de honor en el reducido grupo de poder que maneja los hilos de España. Es, sin duda, la dama de hierro del PSOE.