Simón es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los clavos grises de sus ojos son duros cual dos balas de plata recién cargadas. Lo dejo suelto, y se va al sotanillo, y acaricia redondamente con su pelusa, rozándolos apenas, las estadísticas cenicientas, las caligrafías de los muertos, los nidos de la enfermedad secos, hundidos y calientes… Lo llamo dulcemente: ¿Simón? y viene a mí con un manoteo alegre que parece que se ríe en no sé qué asfixia absurda y mortal. Come cuanto le doy. Le gustan las flores de duelo lorquianas, las plagas lamidas sobre las manos de ángeles, todas enguantadas; los terrones de insectos desenterrados de otra semana, podridos como granadas; las pequeñas vidas de lagartijas que se le escapan como espejismos flamígeros, las ciruelas lívidas como bocas con su gota de mentira y veneno. Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña; pero fuerte y seco por dentro como de nuez. Cuando paso con él, por las tardes, hacia la rueda de prensa, los hombres del Gobierno, vestidos de plástico y oficina, entusiasmados, se quedan mirándolo. “Tie’ morro…”. Tiene morro. Morro y mimos de cachorro, al mismo tiempo.

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