La derrota de Nadia Calviño en su intento por convertirse en la presidenta del Eurogrupo plantea varias cuestiones interesantes para la reflexión.

En primer lugar, hay que decir que, en este caso, el fiasco no tiene nada que ver con la cualificación o la valoración de la candidata española. Calviño tiene, como mínimo, los mismos méritos que el ganador, el ministro irlandés Paschal Donohoe. Pero la competición para la elección del cargo no es un examen personal, sino una cuestión política.

Es ahí donde se equivocó el gobierno. Pedro Sánchez vendió como un triunfo anticipado que Merkel y Macron, Francia y Alemania, apoyasen públicamente la candidatura de Calviño. «Está hecho», filtraron desde Moncloa horas antes de la votación. Y ese mensaje fue repetido por los propagandistas del gobierno sin la más mínima precaución.

Por tanto, la derrota tiene ahora el problema añadido de explicar por qué no se cumplieron las expectativas. Una vez más se ha cometido el error de vender la piel del oso antes de cazarlo.

La ministra de Economía y vicepresidenta tercera del gobierno ha intentado dar argumentos en la mañana del viernes en diferentes medios. Ha hablado de la unión de los pequeños frente a los grandes países, de la decisión del Partido Popular Europeo y de los gobiernos que controla de apoyar a un candidato conservador; finalmente, se ha sacado de la manga el argumento de que ella es mujer, como si en la votación hubiese habido un sustrato de machismo.

Sánchez sabe mejor que nadie que la elección es una cuestión política. Han fallado dos cosas: el ministerio de Exteriores y la orientación que Podemos quiere imponer en el próximo presupuesto

Sin embargo, los tres argumentos se conocían antes de la votación. Se sabía que los pequeños países apoyarían a Donohoe o al candidato luxemburgués, nunca a Calviño. También se conocía, porque es habitual, que esos pequeños países utilizan cuando pueden la regla de «un país un voto» para frenar el poderío del eje franco alemán. Y, naturalmente, también se sabía que Calviño era la única candidata mujer de los tres que optaban al cargo.

Sin embargo, al margen de esas débiles razones, la ministra ha dado en su comparecencia el dato definitivo para explicar su, para el gobierno, inexplicable derrota: «Teníamos comprometidos diez votos, pero alguien no ha hecho lo que dijo que iba a hacer».

Eso significa que alguien -y no precisamente el ministro que ha votado en contra- no ha hecho bien su trabajo. Porque lo que demuestra ese cambio de última hora es que el compromiso no era tan firme como parecía. En ese punto es ineludible mirar hacia la ministra de Exteriores, Arancha González Laya, quien también pecó de optimista en las horas previas a la votación, presentando a Calviño como segura vencedora por ser «la mejor candidata». Quizás debería haber dedicado menos esfuerzo a la propaganda y un poco más a la negociación.

El gobierno ha sido imprudente y Sánchez ha probado su propia medicina. La hemeroteca es cruel y muestra los comentarios alborozados del entonces líder de la oposición cuando Luis de Guindos fue derrotado en sus aspiraciones por presidir el Eurogrupo. También Guindos contaba con el apoyo de Merkel, pero eso no le sirvió de mucho. ¿Cuando aprenderemos de la experiencia?

Pero hay otra cuestión pertinente a plantear tras la derrota: ¿En qué posición queda el gobierno de España de cara a la importantísima negociación del Fondo de Recconstrucción Europeo que debería aprobarse a finales de este mes?

La derrota, como decía, hay que interpretarla en clave política. Lo que ha reflejado la votación es sobre todo un rechazo a las políticas que pretende aplicar el gobierno de Sánchez. El aumento del gasto público y la presencia de Podemos en el Ejecutivo han sido un pasivo indudable que no debe ocultarse. Quien piense que Europa va a dar un manguerazo de euros a los países más afectados por la crisis del Covid-19 sin contrapartidas se equivoca.

Si Sánchez interpreta correctamente lo que ha sucedido el pasado jueves podría hacer de la necesidad virtud. Con las alocadas políticas que propone Pablo Iglesias (subidas indiscriminadas de impuestos, disparar los gastos sociales, etc.) será muy difícil que España consiga sus objetivos en la negociación. El presidente necesita dar un giro al centro en sus políticas económicas y para ello es fundamental que la ministra de Economía siga teniendo o incluso aumente su peso en la elaboración del próximo presupuesto. Esto puede parecer contradictorio, pero no lo es. La derrotada no ha sido Calviño, sino las políticas que una parte del gobierno pretende imponer.

Tener o no a un compatriota al frente del Eurogrupo no es tan importante como ha insinuado el gobierno. Por tanto, no hay que rasgarse las vestiduras. Lo importante es tener capacidad para influir en las decisiones, lo que pasa por tener un eficiente ministerio de Exteriores, entre otras cosas. Si Sánchez creía que iba a ser fácil atraer fondos del que denomina Plan Marshall se ha equivocado de medio a medio. Pero aún tiene tiempo para rectificar.