Era una tarde calurosa de esas de finales de julio. El asfalto ardía y yo también en deseos de conocer al guitarrista que llenaba de acordes mágicos mi hogar durante mi adolescencia. En uno de los salones más rimbombantes que su discográfica pudo encontrar entre los mejores hoteles de Madrid estaba sentado, con esa aura mágica que tienen los grandes artistas, un escocés llamado Mark Freuder Knopfler (12 de agosto de 1949).

Íbamos después de TVE en el set que precisamente por ese motivo era tan rococó. Saluda cordial, estrecha la mano con fuerza y observa curioso pero casi sin inmutarse al entrevistador. Esa misma curiosidad sentía un niño de apenas 9 años cuando veía y escuchaba a su tío Kingsley tocar woogie-woogie al piano. Ahí irrumpe la música en un muchacho que nacía en el seno de una familia huída por razones políticas desde Hungría a un lugar llamado Gosforth en la Gran Bretaña profunda.

El único momento de verdadero brillo en sus ojos fue para hablarme de ellas. De sus guitarras. Lo demás es secundario»

Mira que intentaron en vano darle clases de piano y violín, que era mucho más elegante. Pues su amor por las guitarras traspasó todas esas capas familiares. Le compraron una eléctrica, pero siguiendo el cable al final no había amplificador, ni dinero para comprarlo. Se las arregló con una vieja radio a válvulas. «Te llamas Ortega. Yo tengo una Ortega», me dijo con esa típica media sonrisa impasible de genio. Aunque en apenas unas horas tenía un concierto en Las Ventas, el único momento de verdadero brillo en sus ojos fue para hablarme de ellas. De sus guitarras. Lo demás es secundario en su vida.

A los bolos va a tocar, no a provocar sensaciones en el respetable. Es lógico, pues, que en las críticas publicadas de aquel concierto de julio de 2010 su falta de conexión con el público se pintó con palabras como «tranquilo», «aburre», y hasta Jorge Arenillas escribió en Rolling Stone: «Cuentan que en los hospitales de los países tercermundistas donde no les llega para anestesia duermen a los pacientes poniéndoles discos de Mark Knopfler».

Sin embargo, no conozco a ningún seguidor de Dire Straits que haya dejado de serlo por ver un concierto del escocés o de su antigua banda. Quien tiene sensibilidad, sabe escuchar el inmenso placer del artista cuando se pone a las cuerdas. Él no necesita caerte bien. Sabe que su forma de tocar su instrumento favorito es sencillamente única. Y lo disfruta.

Algo similar le ocurre seguro a alguien que nació también un 12 de agosto, pero de 1954: Pat Metheny. A menos que seas un forofo del jazz es poco probable que hayas oído hablar de él o sentido el placer de escucharle a conciencia. Se trata de uno de los mejores, también a la guitarra, pero en el estilo más libre que existe. También creció en un pueblito, en este caso norteamericano, llamado Lee’s Summit en Misuri. Fue tocar con 9 años la trompeta y escuchar viejos discos de Miles Davies, Louis Armstrong o Dizzy Gillespie, lo que le metió la inteligencia del jazz en el cuerpo. Porque las variaciones sobre los acordes que tiene ese estilo requieren de una exquisita inteligencia musical para poder ejecutarlos, o incluso sentirlos.

Así que con 12 años deja de soplar, se agarra al mástil y a las cuerdas y con 15 está tocando con los mejores en Kansas City. Eso curte. En pocos años estaba ya entre lo más florido del género. Su constante necesidad de innovar le llevó incluso a crear una guitarra de 42 cuerdas espectacular llamada Picasso por lo abstracto de su diseño. Seguro que Mark Knopfler tiene una.