Torra se irá como un realquilado, inhabilitado o quizá sólo desahuciado o transeúnte, con su vulgaridad de señor de paso, de sombra con sombrero por la desmedida pensión de provincias de la Generalitat. No ha sido ni presidente ni valido, sólo una especie de perchero de Puigdemont con el toque cómico de una intelectualidad de pregonero. Torra se irá pero antes tenía que dejar su maldición, su portazo, que es un portazo de insignificancia, como casi todos los portazos. El portazo, la maldición, tenía que ser contra Madrid, claro. Que los catalanes no vayan a Madrid, que Madrid no venga a los catalanes, que a las estaciones catalanas no lleguen los madrileños como maletillas con calentura de cocido, que a las estaciones de Madrid no llegue el catalán de buen paño, si acaso sólo el andaluz de hambre y alpechín.
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