Cuando Charlie Arnaiz y Alberto Ortega pusieron en la entretenidísima cadena de su relato sobre Umbral la argolla de Gistau no eran conscientes de otro documental en ciernes.

Estremece, no por inesperado en ese contexto, cómo salta el vozarrón de David Gistau describiendo el impacto de las negritas de Umbral como un «Dios tronante».

Y no deja de tronar -igual que la artillería constante de la máquina de escribir en la película, empezando por la «cojonuda» del banco de Valladolid al que volvía cuando cerraba-, en toda esta Anatomía del dandy la superposición de dos gigantes del periodismo hasta el último momento, en el hospital, en bata el enfermo, y Gistau que le quiere ver pero prefiere no hacerlo así, decrépito, y se da la vuelta.

La última vez que vio a Umbral.

¿Cuál fue la última vez que vimos a Gistau? Estremece esa superposición de los dos columnistas que ya no están para quienes coincidimos en el mismo periódico, uno en la lejanía, el otro que se ha ido hace ya o hace sólo 9 meses mucho más cerca.

La Anatomía del dandy de Arnaiz y Ortega, ritmo trepidante y eso que sólo viajamos de Valladolid a Madrid, es una anatomía precisa del periodismo español de entonces, de no hace tanto. Confrontado con el fact checking actual, dos oficios: un abismo.

El periodista como oficiante diario, creador, genio del lenguaje y de sí mismo. Diga usted tres escritores: «Francisco Umbral, Francisco Umbral, Francisco Umbral». Y todo por la pasta, por supuesto.

El periodista como oficiante diario, creador, genio del lenguaje y de sí mismo. Diga usted tres escritores: «Francisco Umbral, Francisco Umbral, Francisco Umbral»

Nunca pisaba la Redacción de Sánchez Pacheco o de Pradillo. Umbral teletrabajaba, hasta en eso es moderno, pero al caer la tarde no paraba: no otra es la pócima para el artículo de fuste, que diga algo, que encabrone con conocimiento de la causa, de la fiesta, del homenaje de la noche anterior. Eso y el estilo, claro.

En sus años menguantes, cabreó a muchos por elogiar a Rajoy. Umbral estaba entonces acabado, imagínense.

«Con ustedes, Paco Umbral», le presenta José Mario Armero en su querido ámbito del circo, mientras impresiona la pena por el amigo y maestro que no está de Ángel Antonio Herrera en su ejemplar humildad de una pieza: «Tiraba los libros a la piscina que yo estaba allí».

Al margen de todo eso, a Manu Llorente, recordman mundial de redactor jefe de Cultura en El Mundo, no le sale casi la palabra cuando habla de Umbral. Veneración litúrgica. El Mundo no hubiera sido posible sin él.

Inimaginable ahora ese porte, ese desdén, ese ego, esa personalidad y tranco, esa inmisericorde máquina de destrozar diaria, Francisco Umbral, Francisco Umbral, Francisco Umbral. El que más cobraba, y por eso cambió de periódico. Recomendado por Delibes, admirador de Cela en su mirada juvenil del Gijón o depredador mismamente de su paisana Rosa Chacel.

Un pieza.

Un pedazo documental.