Llevamos tanto tiempo llamándole «ciencia» a lo que no son más que caprichos políticos, ideológicos y propagandísticos, que cuando la tenemos delante de las narices la llamamos «milagro». Ciencia -experimentación, inversión, protocolos- fue lo de Romain Grosjean escapando casi ileso de lo que parecía una tragedia segura, con su coche partido en dos, atrapado en un quitamiedos y envuelto en llamas. Homeopatía es lo de seguir intentando ganar Ligas con Marcelo e Isco. Milagro es que no estemos todos muertos, o locos, en este sindiós pandémico en el que nos han empujado a sobrevivir a tientas como un bebé ciego en la jungla. No confundamos.

El escándalo mediático del fin de semana fue que el sábado había mucha gente en el centro de Madrid. Un caramelo goloso para opinadores ahí en plena Puerta del Sol, frente a la bandera de la Comunidad con sus siete estrellas como siete pecados capitales. En las fotos se aprecian estampas familiares viendo las luces, haciendo cola para comerse unos churros en San Ginés o comprar unos décimos en Doña Manolita. Razones para aglomerarse mucho menos glamurosas que la violencia policial en Minnesota, abuchear ministros o un corrillo de periodistas, por mencionar algunas de las más recientes en ese mismo entorno.

Es precisamente la certidumbre y la claridad entre el guirigay lo que hace favorito al Atlético de Madrid, por mucho que esto moleste a sus aficionados

Lo cierto es que de no estar ahí, arriesgando la vida en cruces relámpago tras la mascarilla con desconocidos, muchos de los presuntos irresponsables se habrían quedado en su casa viendo el Real Madrid-Alavés. Lo cual diría que es una experiencia bastante más perjudicial para la salud del espectador, por lo menos en el plano mental y a falta de papers que lo confirmen.

Con este Real Madrid pasa lo mismo que con la evidencia científica sobre el coronavirus: es selectivamente volátil. Las noticias positivas no suelen durar demasiado, y acaban evaporándose con la duda de si realmente se produjeron alguna vez. Cada vez que un jugador destaca, hay que temblar por la previsible actuación posterior del karma. Las negativas, sin embargo, van perdurando, acumulándose y enquistándose como un destino fatal e inevitable.

Le pasa algo similar al Barcelona, que transita entre ser un ilusionante proyecto de futuro o un cochambroso cementerio de elefantes en tramos de diez minutos. Eso ya le da cierta ventaja frente a un Madrid de marca blanca, pero no es suficiente.

Es precisamente la certidumbre y la claridad entre el guirigay lo que hace favorito al Atlético de Madrid, por mucho que esto moleste a sus aficionados. Entiendo y respeto la cábala -si alguien reuniese mis boletos de La Quiniela, podría discernir fácilmente de qué equipo soy fijándose en quién descendería con menos puntos que el Sporting del 98-, pero la cosa ya no se puede ocultar mucho más tiempo.

Le pregunto a mi amigo Jorge, uno de los dos únicos colchoneros que conozco que ha reclamado insistentemente la destitución de Diego Pablo Simeone, y me dice que el juego del equipo este año es «atractivo» e incluso «interesante». Me cuenta además que «domina los encuentros» y confirma que el dato de que sólo ha encajado dos goles en lo que va de Liga no es un error de MisMarcadores. Sin embargo, aseguraba no estar nervioso antes del Real Sociedad-Villarreal porque pensar en el título es absurdo: «El equipo entrará en barrena tras ser eliminado en la fase de grupos de la Champions League». Antonio, el otro anticholista del universo, tampoco concede: «El sprint final del Real Madrid será de antología».

Es una máxima antigua y prefutbolística: cuanto mayor es el potencial de un proyecto, mayor es el contragafe necesario para mantenerlo en pie o derruirlo.

Es una labor de zapa constante que requiere sacrificio y aplicación sincera por parte del aficionado. En ese sentido, el mayor enemigo que separa al Atlético del título es ahora mismo el tiempo. Ha empezado a ser favorito demasiado pronto, y corre el riesgo de que algún aficionado celebre una victoria contra el Levante en la jornada 23, o deje sin insultar a un periodista si se atreve a titular que es líder con 17 puntos de ventaja con sólo 18 por disputar.

Este fin de semana, Antonio Maestre -bloqueado por el capitán Koke en Twitter- rescataba una cita de Arthur Hopcraft al hilo de la muerte de Maradona: «El fútbol puede volver a un hombre más ridículo que la bebida». Yo no creo que lo vuelva ridículo, sino poderoso y genial hasta el punto de convencerse de que apretar el culo ayudará a su equipo a defender un córner, decir que «lo falla» antes de un penalti contribuirá a que lo meta, o que irse al baño en pleno intento de remontada desatasca sin dudas el camino hacia el ansiado gol.

Si fuéramos racionales, no estaríamos aquí. Así que no censuro sino que apoyo la monumental campaña de contragafe orquestada entre la afición colchonera, y aplaudiría de corroborarse que es el propio Simeone quien la dirige. Dicho lo cual, el Atlético es favorito.