Pablo Iglesias nos viene a decir que él llegó al Gobierno como un poetilla con su jaula de libros, sus guantes sin dedos y su flor carnívora de libertad; que allí constató que el poder estaba en otro sitio, entre Chamartín y Zúrich más o menos, y que ahora él vuelve para avisarnos de la mentira con voz de psicofonía y ojeras de purgatorio, como un espectro con velón. En realidad, lo que quiere decir Iglesias no es que la democracia no tenga el poder, sino que el poder que él desea no está en la democracia. Esta democracia de cortinglés, o lo que se imagine Iglesias que es, lo ha colocado en el Gobierno, siquiera después de largos ritos palmípedos de apareamiento, y a pesar de sus 35 escaños frioleros. Pero eso a él le parece poco. Eso a él lo que le lleva a pensar es que la “voluntad popular” está secuestrada. Eso y que él, como vicepresidentísimo, no pueda desplumar a Florentino (o a usted, o a quien quiera) hasta dejarlo sólo con el calzoncillo, el liguero de calcetines y el esparadrapo en la boca.

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