Son duros los tiempos presentes y más duro el futuro. En esto, por lo menos, espero que no haya discrepancias; porque en lo que diré a continuación, seguro que sí generaré opiniones adversas. Y es que tengo la mala suerte de no poder ser acrítico, de no saber nadar a favor de la corriente cuando la corriente me parece turbia. Por eso, cuando nuestro director, Casimiro García-Abadillo me dijo ayer que El Independiente iba a afrontar un extenso reportaje sobre todo esto y me animó a escribir mis opiniones al respecto, sin dudarlo, le dije que sí.

No sólo no niego la existencia del virus maldito, sino que la reconozco, la padezco y, más aún -y contrariamente a lo que hace casi todo el mundo, sobre todo, los gobiernos- querría que se hubieran preocupado de saber de dónde viene, cómo se ha generado este virus, si hay algún responsable, o si tenemos que resignarnos a pensar que su nacimiento es solo fruto de la mala suerte. En todo caso, ¿no tenemos derecho a pensar que es muy sospechoso que ningún gobierno, que ningún organismo oficial haya hecho nada por esclarecer este extremo? Y más aún: ¿esta inacción, esta incuria política y gubernamental, no nos legitiman para pensar mal, para creer que podría haber gato encerrado? Para acabar con teorías que se tildan tan a la ligera de conspiranoicas, ¿no sería más sencillo y útil que se buscara con transparencia y eficacia la verdad sobre el origen del Covid-19? Pienso que tengo todo el derecho a denunciar esta dejación y a quejarnos de ella.

También pienso que tengo todo el derecho a quejarme de unos dirigentes que administran y gestionan todo esto con síntomas evidentes de descoordinación, de mera pugna política, cuando no de puro ejercicio de clientelismo y de electoralismo. Tengo la seguridad de que actúan con el método de prueba y error; incluso, mienten muchos de ellos a conveniencia de esos intereses espurios: las mascarillas no eran necesarias cuando no las había, pero cuando el mercado está abastecido, nos las imponen; cierran bares y restaurantes porque dicen que es la principal fuente de contagios, pero metro, autobuses, trenes y aviones van atestados; en unas comunidades autónomas se hace una cosa, y en otras la contraria; Pedro Sánchez tenía un «Comité de expertos», que luego se demostró inexistente; Pedro Sánchez administró y gestionó el primer estado de alarma con centralismo jacobino, y este que ahora padecemos lo hace bajo el régimen de la cogobernanza, que no es otra cosa que huir de sus responsabilidades; pero está asistido el Sr. Presidente del ya caducado Ministro Salvador Illa, amén del superexperto Fernando Simón, quien a juzgar por los bandazos que da, podríamos decir de él que está como la tía meína, que no sabe si mea o si orina.

Las mascarillas no eran necesarias cuando no las había, pero cuando el mercado está abastecido, nos las imponen; cierran bares y restaurantes porque dicen que es la principal fuente de contagios, pero metro, autobuses, trenes y aviones van atestados

¿Quieren ustedes más? Pues sí, tendría muchas más contradicciones, errores y mangoneos que poner de manifiesto, pero me alargaría demasiado.

¿Me tengo que fiar de la OMS? ¿Me tengo que sujetar a lo que dice este organismo invadido e influenciado por el dinero que ponen en su presupuesto las grandes industrias farmacéuticas? ¿Tengo que olvidarme de eso de que quien paga manda? No sé ustedes, pero yo no; ni me fío, ni me los creo, ni estoy dispuesto a comulgar con las sucesivas ruedas del inagotable molino de sus embustes.

Y estos gobiernos de todo el mundo -sobre todo, del mundo occidental- si no tuvieran la formidable herramienta de darle a la maquinita del dinero, de anestesiar a la sociedad con las migajas de las subvenciones, de los créditos blandos (o supuestamente blandos), de los ERTE eternamente prorrogados, si no tuvieran a mano toda esta superchería económica, o -dicho de otra forma- si tuvieran que sujetarse al patrón oro, si tuvieran que respetar el funcionamiento de la economía real… ¿se atreverían a pararlo casi todo, a desmantelar esa economía real como lo están haciendo?

Sentado lo anterior, me meto “de hoz y coz” -pero sin segar ni cocear- en el tema de la vacuna. Vaya por delante que carezco de autoridad científica o moral para decirle a nadie lo que debe hacer, si se la debe poner o no. Lo que sí me parece razonable es que prime la libertad por encima de cualquier otra cosa. Y sé que abro aquí una ancha franja de polémica, pero me parece claro que la gente tiene derecho a dudar de la conveniencia de unas vacunas que han carecido de la fase de experimentación animal, por ejemplo. Me asiste el derecho a dudar de los procedimientos de urgencia seguidos para ponerlas en circulación, sobre todo, cuando los propios organismos autorizantes se conceden a ellos mismos y a las industrias que producen las vacunas una exención de responsabilidades por posibles efectos secundarios. ¿Por qué nadie pone todo esto de manifiesto y se nos aclaran estos extremos? Por lo menos, ¿se nos podría aclarar si las “Firma-Farmas” productoras han podido lograr que algún consorcio de seguros asegure los riesgos de los posibles e indeseables efectos secundarios?

Reitero, que no seré yo quien cargue con la responsabilidad de dar consejos a nadie; pero cuidado también con coartar la libertad de quien no esté convencido de vacunarse, porque estamos en sede de derechos muy fundamentales.

Y, hablando de derechos: me parece muy poco discutible que, hasta ahora, lo que estamos padeciendo es un inmisericorde recorte de derechos y de libertades, sin que, a cambio y por lo menos, se nos esté brindando un mayor y suficiente índice de seguridad. Y todo esto lo estamos soportando con quejas (pocas) que, incluidas las mías, más asemejan a los balidos del ganado lanar que a verdadera reivindicación ciudadana. ¿Por qué no puedo yo estar convencido, pues, de que también hay en todo esto una enorme operación de ingeniería político-social, una guerra soterrada, que tenga por objeto medir hasta dónde son capaces de apretarnos?

Sabido es que el miedo es la principal herramienta de la clase dirigente para hacer de las masas lo que quieran; y a mí me da miedo -cada vez más miedo- la división social que se está propiciando entre seguidores de la verdad oficial y negacionistas; porque yo no estoy ni en un lado ni en otro, sino tratando de sobrevivir en el mayor reducto de libertad personal que me va quedando, para seguir siendo independiente, como este periódico al que tanto quiero. Pero, ya se sabe: ¡al independiente, la legislación vigente!