Opinión

¿A quién enterramos el otro día?

A Conchita la enterraron y no murió hasta diez días más tarde. Estuvo en ese limbo en el que te deja la administración cuando se le pierden los papeles, cuando los intercambia. Muerta pero viva para su familia, viva pero enterrada en el panteón familiar de su compañera de habitación, Rogelia.  

Ambas mujeres unidas desde el momento en el que la residencia a donde fueron trasladadas y donde las estaban tratando de coronavirus cambió sus informes médicos y así su identidad.

A Rogelia la lloraron en familia mientras le daban sepultura el 14 de enero y por Rogelia debió de caer más de una lágrima cuando apareció a los diez días caminando para encontrarse, ya curada de coronavirus, con su marido; quizás pensando que qué carajo había estado haciendo el tipo que ni una llamada, ni un recado, ni una muestra de preocupación en diez días. 

Conchita es la mujer de la que informaban a su familia que evolucionaba bien, que en nada volvía a la residencia donde vivía. Que qué suerte, con su edad y el covid no ha podido con ella. Que a ver cuándo la vemos, pensarían. Es la mujer que falleció el 13 de enero y a la que nadie despidió, a la que metieron en el nicho de la familia de otra. La que no es ni la protagonista de su historia. El personaje secundario de su muerte.

Estamos asqueados de cadáveres, fatigados de historias tristes, sobrepasados de morgues

También es, sin duda, el reflejo de esta pandemia. Somos números, cada día dos autobuses llenos, un avión. Cada semana un Pearl Harbor. Y un día Conchita muere como Rogelia y Rogelia supera la enfermedad como Conchita.

Ya no nos tiemblan las piernas como en marzo, ya no hablamos como lo hacíamos de esa muerte en soledad. La muerta nos ha importado menos que la viva, porque estamos asqueados de cadáveres, fatigados de historias tristes, sobrepasados de morgues.

«Entonces, ¿a quién enterramos el otro día?», preguntó el sobrino de Rogelia cuando le dijeron que su tía acaba de entrar por la puerta de la residencia. Pues eso.

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