Es muy deprimente asomarse al fútbol español tras una semana de Champions League. «Máxima emoción», decían en el entretiempo televisivo del Valladolid-Real Madrid, con el único argumento de que el partido todavía iba empate a cero. Lo cierto es que era un bodrio infumable, como el 90% de los partidos de nuestra competición. Hemos pasado de tener la mejor liga del mundo a la más aburrida, en el mismo tiempo que Barcelona ha pasado de ser la ciudad más vibrante de Europa a un lugar en el que se aceptan los saqueos a estancos y tiendas de carcasas con plena normalidad democrática. Esto ha pasado simultáneamente durante el último lustro, y pasaba simultáneamente también este sábado por la noche.

Escribíamos aquí hace dos semanas que este es y será el Real Madrid de Casemiro, convertido en un híbrido imperial entre Sergio Ramos y Fernando Hierro. En Zorrilla, tras fallar dos frentazos inexplicables, conectó el tercero como siempre: de palo a palo y picadita. Acto seguido se puso a jugar de líbero y se acomodó en esa defensa de cinco que tanto le excita a Zidane cuando hay urgencias. Barrió todo lo que entraba en su campo orbital. De algún despeje pudo desgraciar el ‘Mars Perseverance’. Le faltó encararse con el dedito como hacía el de Vélez-Málaga.

Los estadios profesionales vacíos, inmensos y tristes al aire libre mientras se acude a los cines o los teatros y se llenan los metros, representan un monumento al clasismo político

Como el Atlético había perdido antes en otro partido muy difícil de mirar, resulta que hay Liga. Y que la puede competir también el Barcelona, pese a todo. E incluso el Sevilla no está lejos. ¡Qué emoción! ¿Quién perfeccionará más el unocerismo? ¿A quién le beneficiará en mayor grado un ridículo temprano en la Champions League? ¿Por qué la plantilla del Real Madrid mengua como un equipo ciclista en una contrarreloj por equipos?

Son muchas las preguntas que nos mantendrán pegados al televisor mientras vemos el mismo partido una y otra vez, los mismos planteamientos de otro siglo y el mismo aburrimiento generalizado, con los equipos europeos asomándose de vez en cuando a nuestras pantallas, eléctricos como una visita al parque de atracciones o como un paseo por la calle Serrano con raspas en los bolsillos.

El fútbol español aún no mira a otras ligas como a la NBA, como ese baloncesto que suspira por los estertores de la carrera de Pau Gasol. Pero corre el riesgo de ir por ese camino. La pandemia lo agudiza todo. La ruina, la crisis, el aburrimiento. Los estadios vacíos, inmensos y tristes al aire libre mientras se acude a los cines o los teatros y se llenan los metros, representan un monumento al clasismo político que identifica al aficionado con un chimpancé unineuronal, sin derecho a su ocio porque no casa con los estándares del esnobismo cultural.

Mientras espero a un Fuenlabrada-Oviedo clandestino de lunes pienso que el fútbol en España hoy en día está más abajo.

En esos 2.500 espectadores rugiendo separaditos en El Plantío con un Burgos histórico. En esa tragedia de Schrodinger del Deportivo de la Coruña, siempre a dos puntos de la desaparición y a dos puntos del fútbol profesional. En esa apisonadora del Badajoz. En esa Ibiza fortificada, cuatro goles en contra en 15 partidos, como si la isla en ausencia de guiris se hubiera echado en brazos del Cholo. Ese Linares líder entre manifestaciones, palos y paro. Esos mirlos del Castilla mareados entre Zidane y el Poblense.

Siempre ha estado ahí un poco de la vida, pero nunca se ha hecho carne con tanta fuerza. En las taifas autonómicas en las que los califas de turno lo consienten hay pequeños espectadores, cada cuatro o cinco asientos, pasando frío y comiendo pipas a escondidas de la mascarilla. Los fines de semana enciendo Footters como un voyeur para ver la 2ªB y la 3ª División, haciendo un zapping intenso a ver en qué campo está el espectador más entregado, el bombo más sonoro, el rugido más de otro tiempo. Destacable el domingo por la mañana una fiel del Carabanchel, que se dejaba las palmas en aplausos y la garganta en ‘uys’ y ‘ays’ mientras el Móstoles URJC tomaba el campo de La Mina.

Vive en esta gente lo que queda del fútbol, lo que queda del ‘Toto’ Caffarena, que va a hacer 100 años que se enroló en un barco de vapor de Buenos Aires a Vigo para acompañar a Boca Juniors en su primera gira europea. Con ese hombre, que invirtió sus ahorros y los de su padre en acompañar a su equipo, él solo, haciendo de utillero y de acompañante, nació la expresión del Jugador Nº 12. El aficionado de los aficionados, el primer hincha histórico, la primera pasión legendaria que modeló a esta industria.

El fútbol a puerta cerrada es poco. Y sin calidad no es nada. Quien más, quien menos, siempre soñamos con viajar a Argentina a perdernos en una barra, con la visión del partido impedida por un trapo colgando y un gordo erguido sobre un paraavalanchas. Ahora nos conformamos con ser ese primer hincha, solitario, rodeado de otros hinchas solitarios, como muchos Totos Caffarena repartidos por el infrafútbol español. Qué ganas de descender.