¿De veras alguien cree que toda la violencia desplegada en Barcelona, Madrid o Valencia responden al encarcelamiento de un pobre niño rico abducido por su propia distopía mental y al que le gusta jugar a los revolucionarios? ¿Alguien cree que lo ocurrido en nuestras calles son episodios espontáneos fruto de la frustración social o las desigualdades económicas? ¿Alguien puede llegar a creer que esto va de libertad individual, de expresión o de («verdadera») democracia?

Para situarnos bien en el escenario, algunos datos relevantes que lo dibujan muy bien: ¿es casualidad que la violencia aparezca justo después de las elecciones catalanas del 14-F? ¿También sería casualidad que se estén dando este tipo de episodios mientras se negocia la formación del Gobierno catalán? ¿Es fruto de la casualidad que la violencia «espontánea» se comporte como una guerrilla urbana bien coordinada y adiestrada? ¿La aparición de este tipo de acciones paralelamente en Madrid, Barcelona y otras ciudades es algo casual? ¿Las declaraciones de miembros del Gobierno deslegitimando nuestra democracia y de miembros de Podemos apoyando a los manifestantes son algo inocente? ¿No creen que tanta coordinación podría responder a que hay alguien (el Sr. X pongamos) que tiene en su mano la espita con la que graduar la violencia en función del momentum político?

Todo lo ocurrido (y lo que ocurrirá) forma parte de un plan de desestabilización con objetivos distribuidos en capas»

Hay veces que me resulta muy frustrante. Pero no imaginen que mi frustración viene dada por las acciones y declaraciones del populismo. En verdad, no alcanzo a comprender cómo es posible que gran parte de nuestra clase política, élite económica y cultural no sean capaces de visualizar lo que está sucediendo, que, en mi opinión, se resume en una sola palabra: poder. Estamos ante un juego de poder que va más allá de los marcos institucionales y consuetudinarios habituales; es la reedición de procesos revolucionarios inteligentemente adaptados a nuestra contemporaneidad, muy pegados al territorio (real y virtual) y sabiendo que, sólo a través de las instituciones, se puede destruir al sistema mediante un proceso de parasitación, desestabilización y metamorfosis.

Naturalmente, todo lo ocurrido (y lo que ocurrirá) forma parte de un plan de desestabilización con objetivos distribuidos en capas (me referiré más adelante a ellos) y con una narrativa construida sobre las bases de una inteligente estrategia de desinformación y una serie de maniobras de distracción para descolocar o divertir los esfuerzos de las fuerzas democráticas. Estamos ante el sumun de la capacidad de desinformar, porque este tipo de movimientos, disfrazados bajo ropajes ideológicos, en verdad, como decíamos y cómo se ha visto en países como Venezuela, únicamente buscan el poder. La capa de la narrativa ideológica es muy fina; sólo sirve de excusa para construir sistemas autoritarios. Ya no hay metarrelatos, ahora sólo hay maniobras de desinformación; ya no hay guerras culturales, ni ideologías, insisto, es importante, sólo hay juegos de poder.

Y ahí estamos nosotros, cayendo una y otra vez en las trampas dialécticas del populismo, empeñados en justificar el encarcelamiento del pobre niño rico, o en negar que en España no exista libertad de expresión o en negar que España no es una democracia plena. Como vemos, entramos en los marcos propicios de los demagogos, hablamos el lenguaje que esperan que utilicemos, transmitiendo así inseguridad institucional al grueso de la población poco informada y/o interesada en política (que siempre son los que decantan el poder y la estabilidad). Fijémonos que caemos en la trampa de la negación, mientras dilapidamos fuerzas y energías en demostrar que lo que dicen los populistas no es verdad, sólo logramos reforzar el marco de la incertidumbre, con lo que los postulantes a tiranos van logrando alcanzar sus objetivos: desinformar, desestabilizar y destruir el sistema.

Y aquí, entramos en los objetivos por capas que decía más arriba. Empecemos por tratar de entender la lógica estratégica subyacente a la dinámica de sucesos. Como ya he dejado entrever más arriba, estos procesos revolucionarios 2.0 han entendido que la forma más efectiva para alcanzar el poder (y perpetuarse) es utilizar una estrategia híbrida. Por un lado, propiciar o aprovechar escenarios sociopolíticos óptimos con los que incrustarse en el poder institucional, con ello tienen en sus manos una parte sustancial del poder político del Estado e, igualmente, logran una amplificación en su capacidad para comunicar sus mensajes y la legitimidad de los mismos. Por otro lado, controlando las calles desde movimientos extremistas, logran amedrentar a la población, generar incertidumbre y aumentar su poder negocial (de chantaje) en las mismas instituciones. Ante esto, me resulta muy llamativo cómo desde algunos ámbitos del poder económico, político y cultural de nuestro país, se abrazó la tesis de que era mejor tener al populismo en las instituciones que fuera porque así se garantizaría la paz social. Como ven es un error estratégico de diagnóstico porque la paz social sólo va en función de los intereses políticos de quién controla la espita de la violencia.

La paz social sólo va en función de los intereses políticos de quién controla la espita de la violencia»

Pero, ¿cuál es la secuencia estratégica de los objetivos buscados por el populismo? Básicamente, aumentar y medrar en la sensación de incertidumbre y ahondar la percepción de inestabilidad social y política. Con este escenario, se busca cuestionar y laminar a nuestras instituciones, precisamente aquellas diseñadas para garantizar la democracia y el orden constitucional, léase poder judicial o fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Bajo esta labor de desgaste, se pone en marcha la estrategia de poner en entredicho derechos fundamentales como el de la libertad de expresión (por ellos entendida como expresar libremente tu adhesión al régimen o al partido) y, seguidamente, por elevación, dudar de que España sea una verdadera democracia. Entonces, si España no es una verdadera democracia, no están garantizados los derechos y libertades, si el Estado es un agente represor de la libertad… ¿entonces no estaría legitimado y justificado el asalto al poder mediante los métodos que sean necesarios?

Naturalmente aún no hemos entrado en un momento revolucionario pleno, pero se está trabajando en ello, por ahora solo estamos en el momento del chantaje y la desestabilización. Creo que sería el momento de hacer un llamamiento a la clase política y a la sociedad civil para lograr un gran acuerdo con altura de miras y visión de estado. Debemos crear un muro de contención y reconstrucción inteligente que no caiga en las trampas del populismo. Debemos ir a las causas del problema, no confundir los síntomas con la enfermedad. Debemos desatarnos, salir de la cueva y dejar de mirar las sombras. Debemos entender que no estamos ante una guerra cultural, estamos ante la preparación de un jaque al Estado. Lo que está ocurriendo es más parecido a la descomposición de los regímenes plurales de la Antigua Grecia (la demagogia como paso previo a la tiranía) que al enfrentamiento ideológico de la Guerra Fría.

Todas las fuerzas políticas democráticas deberían trabajar para evitar que el populismo aproveche y azuce la anomia gracias al más que previsible escenario de inestabilidad social fruto de la crisis económica. La democracia se ha de defender, la historia nos ha dado más que sobrados ejemplos respecto a cómo se pueden llegar a destruir las democracias por el mero hecho de que nadie las ha defendido o, peor aún, porque no se ha entendido la naturaleza y el alcance de los que querían acabar con ella.


José Rosiñol es presidente del Consejo Consultivo de Societat Civil Catalana.