Sucedió en el minuto 89. Boca Juniors y River Plate empatan a uno en el Superclásico. Se enfrentan dos equipos ramplones, que meten la pierna y terminan con un expulsado de cada lado. Por ahí cumplen la expectativa, pero en lo demás el partido es olvidable, como todos los partidos en todo el mundo desde hace un año. El duelo más pasional del universo, magullado y despojado de su folclore diferencial, subraya que si mañana alguien confirma que nunca más se podrá volver a llenar un estadio de fútbol, el deporte tendría que desaparecer inmediatamente.

Una pancarta en el lateral vertical de los palcos recuerda a Maradona: «Gracias Diego por todo tu fútbol». Pero está pegada al fondo en el que debiera atacar Boca Juniors, aunque no lo hace, porque firma el empate y no rebasa demasiado el centro del campo. Así que ni fútbol, ni nostalgia. Y de repente surge la magia.

Boca intenta salir al ataque, mala idea que el karma castiga con una pérdida atroz con la defensa vendida. River llega a línea de fondo y pone un pase de la muerte que rebota primero en la pierna de un central y después en la cabeza del otro. Tras la carambola, el balón supera al portero y, ya en el área pequeña, comienza a dar botes hacia la portería.

Es una muerte a cámara lenta, el balón va a entrar seguro y el Superclásico es de River. Es una décima de segundo en la que millones de personas se proyectan profanando la casa del enemigo, al que humillarán otra vez con el recuerdo de la final de la Copa Libertadores en Madrid. El jugador xeneize en el que ha golpeado la pelota, el que sabe que su equipo perderá por su gol en propia puerta, es el Cali Izquierdoz. Se queda petrificado, se echa las manos a la cabeza.

Quizá recuerde aquella noche en el Bernabéu, cuando subió a rematar el córner en el minuto 121 que podía ser el 2-2 de Boca y los penaltis. Acabó siendo el 3-1 de River Plate, con Gonzalo Martínez corriendo hacia la portería vacía, porque el portero también había subido a rematar, e Izquierdoz esprintando detrás de él, a diez metros, sin ninguna opción salvo la de seguir corriendo, como quien corre detrás del último autobús a casa, ya en marcha e inalcanzable. Seguramente no tendría que haber corrido si unas semanas antes, en la ida de la final, todavía en Buenos Aires, hubiera marcado esa ocasión clara que tuvo a balón parado en el minuto 59. O si, 90 segundos después, no hubiese acertado, esta vez sí, pero en su propia portería.

Izquierdoz ha jugado un gran partido, pero está a dos botes de otra desgracia, otra foto de mierda y sin tiempo para enmendarla. Él sigue parado y con los brazos en la cabeza cuando el narrador grita el gol. El balón está rozando la línea. Un bote y la habrá rebasado. La pelota toca el suelo. Y por algún motivo, sin que nadie la interfiera, cambia de dirección y sale disparada hacia atrás. No es gol. Izquierdoz sigue igual, parado y con las manos en la cabeza. Se ha librado. ¿Por qué?

Los hinchas de River, que ya festejaban el gol, no tardan en culpar a la cancha del enemigo, seguro que llena de topos, pozos y jardineros malintencionados.

Los hinchas de Boca, que ya lo lloraban, han asistido a dos milagros. Por un lado el físico, el de la rotación aleatoria con la que el balón sale de la cabeza de Izquierdoz y que provoca el backspin salvador en el momento definitivo. Y por otro el místico, el de un partido anodino convertido en una milésima de segundo en un momento inolvidable, en una historia para los nietos, en leyenda y gasolina para volver al estadio y comentar la jugada con el desconocido de al lado.

-Esa pelota la sacó el Diego
+Seguro

Seguimos vivos. Viva el fútbol.