A Luka Modric le expulsaron en Balaídos en 2019 por una norma que duró diez días en vigor. El sábado le sacaron una amarilla por dar un pase en la frontal de su propia área, una evolución del reglamento que tampoco tiene visos de prosperar más allá del laboratorio de Vigo. «Derribar a un contrario de forma temeraria en la disputa del balón», apuntó el colegiado en el acta sobre la imaginaria infracción, que pudo propiciar el empate del Celta de no ser por la incorrupta cabeza de Casemiro, un comodín sanatorio de poder omnímodo.

Ganó el Madrid un partido en el que llegó a fantasear con la tranquilidad, una novedad argumental que le parece vedada. El equipo olvidó la apatía con la que suele entrar a los partidos de Liga y pintó de rojo las camisetas del Celta, ya como si todo fuera un ensayo general para lo del Liverpool, que en la temporada más gris del Real Madrid de repente se ve con sorprendente pero argumentado optimismo. Para añadirle realismo al simulacro, cuando más sufría el equipo Zidane quitó a Kroos y metió a Asensio, que terminó marcando otro gol-sello. Zizou, el brujo de Marsella.

Los jugadores se hacen honor a sí mismos cuando se ven obligados a presionar y, muy especialmente, cuando son presionados. Cuanto más cerca están los centrocampistas rivales de Kroos y de Modric, más cerca está el Real Madrid del gol

Pecan de ventajismo quienes centran el análisis en que el Madrid llega a marzo en su mejor momento de la temporada. Más allá de que eso puede ser cierto en lo físico, o meramente en lo médico, la principal característica del equipo es que siempre juega igual y su rendimiento depende, en un 80%, del planteamiento del rival. El Madrid se ha esforzado durante la temporada en demostrar por método científico qué es lo que hay que hacer para detenerle, y qué es lo que hay que hacer para que te devore. Con esa honestidad por bandera, castiza y generosa, que cada cual obre en consecuencia.

Cuanto más tranquilo dejan al Madrid, más sufre, más se aburre, más se desespera y más incapaz es de evitar que el partido avance irremediablemente por la senda del 0-0, el cabezazo de Casemiro, el chut rebotudo o el cuestionable centro lateral. Kroos y Modric se diluyen en la horizontalidad, al tran tran de entrenamiento, como dando pasecitos contra una pared para ensayar el primer toque hasta dejarle a la pelota las marcas del ladrillo.

Al contrario, los jugadores se hacen honor a sí mismos cuando se ven obligados a presionar y, muy especialmente, cuando son presionados. Cuanto más cerca están los centrocampistas rivales de Toni y de Luka, más cerca está el Real Madrid del gol. La hiperactividad excita al equipo, que supera líneas con desparpajo, esquiva mordiscos con florituras y, entonces sí, puede poner a correr al misil Vinicius, al cohete Valverde y al francotirador Benzema.

El Madrid perfecciona en estos partidos la mítica ‘táctica del Conejo’ que bautizó el sheriff Manel Comas en sus retransmisiones de la Liga ACB. El Elche en Valdebebas puede resistir la tentación de ir a buscar a Casemiro de espaldas en la salida del balón. El Liverpool en Anfield no. Y a Zidane le conviene mucho más lo segundo que lo primero. Equilibrado o decantado el plano táctico, la calidad de los jugadores del Real Madrid sigue siendo pareja a la de cualquier equipo del mundo y potencialmente diferencial.

Esto quedó en evidencia en la eliminatoria frente al Atalanta, de la que se han escrito muchas inexactitudes. No mintieron los parabólicos que decían que el equipo de Bérgamo era eléctrico, ofensivo, presionante y valiente. Su error fue simplemente no apostillar que ese es el menú perfecto para el actual Real Madrid, siempre teniendo en cuenta que Muriel y Zapata no son Mbappé y Neymar, Sancho y Haaland, Salah y Mané, Gnabry y Lewandowski, o De Bruyne y Sterling.

Aun así, el guion fue evidente: cuando la eliminatoria estuvo en igualdad de condiciones y los dos equipos desplegaron sus planes, el Madrid se mostró cómodo y dio una sensación perfectamente competitiva en la élite. El tramo de la eliminatoria en el que los italianos se quedaron con 10, y a esos 10 los encerraron en el área dentro de un autobús, el Madrid fue el equipo inofensivo y desesperante de tantos sábados a las cuatro de la tarde.

El Liverpool no podrá evitar su naturaleza de escorpión, ni yendo sexto en la Premier League por detrás del West Ham. Habrá eliminatoria porque a diferencia del Barcelona, el Madrid está más para lo grande que para lo pequeño. Pero el riesgo de esto es evidente: la Champions cada vez es más grande, la Liga cada vez más pequeña, y lo más probable es quedarte sin nada.