Escuché en más de una ocasión a la presidenta de Ciudadanos, Inés Arrimadas, pronunciar una sentencia, tanto en público como en privado, que me impresionó vivamente: «Cuando alguien me prohíbe -o me recomienda encarecidamente- no ir a un lugar determinado [para llevar a cabo un acto público], me entran aún más ganas de hacerlo». Eran tiempos en los que, para los candidatos, afiliados o meros simpatizantes de la «marca naranja», que creara e hiciera grande Albert Rivera, resultaba tremendamente complicado hacer llegar su mensaje y su proyecto político a lo largo y ancho de la superficie total de Cataluña. Comarcas y municipios muy alejados de grandes núcleos urbanos y en los que las formaciones nacionalistas o abiertamente separatistas eran dueñas y señoras del paisaje social y político y por supuesto de la voluntad de sus gentes. 

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