Podemos no se entiende sin Pablo Iglesias. La imagen del partido es la imagen del coletas. No ha habido ningún partido en España que haya estado tan íntimamente identificado con la figura de su líder. Iglesias se ha encargado personalmente de que ese hiperliderazgo se percibiera tanto en el seno de su organización como hacia afuera. No ha dudado nunca en eliminar sin piedad a todo aquel que pudiera suponer una sombra de amenaza. No hay más que recordar lo que le ocurrió a Íñigo Errejón.

El culto a la personalidad llegó a tal extremo que Podemos lanzó en marzo de 2019 un cartel con la leyenda VUELVE con las letras EL en color más claro para resaltar que era él el que volvía. Iglesias no volvía de ninguna guerra, ni de un destierro, sino de su baja por paternidad. Después de tres meses «Pablo Iglesias se reencuentra con la gente», podía leerse bajó una gran foto del líder rodeado de su rebaño. La cosa fue tan fuerte que el propio Iglesias tuvo que pedir perdón.

La pregunta que recorre ahora los cuarteles generales de los partidos políticos tras la arrolladora victoria de Isabel Díaz Ayuso el 4-M y la consiguiente dimisión de su cargo como secretario general de Podemos esa misma noche es si el partido podrá sobrevivir a su creador. Las apuestas, con permiso de Alberto Garzón, están 50 a 1 en contra de la posibilidad de subsistencia de Podemos.

La situación, todo hay que decirlo, ya era calamitosa antes de la triste noche del 4-M -la escenografía de la rueda de prensa de Podemos era fúnebre, como de velatorio-. Los resultados electorales de la coalición UP (Podemos+Izquierda Unida) en Galicia, País Vasco y Cataluña habían sido bastante malos. De hecho, la decisión de Iglesias de saltar a la arena en Madrid, al margen de sustraer a la capital de España de las garras del fascismo, era salvar a su propio partido de la desaparición. Diez escaños en la Asamblea de Madrid fueron toda la renta que el boss obtuvo después incluso de exhibir las amenazas de muerte como prueba irrefutable de hasta dónde estaba dispuesta a llegar la extrema derecha con tal de acallarle.

Su retirada no es más que es una huida, por mucho que sus exegetas se empeñen que se ha ido «con generosidad e inteligencia» (Raúl Solis en el La Última Hora, periódico/panfleto dirigido por Dina Bousselham).

La tricefalia que ha proyectado Iglesias para dirigir UP (Yolanda Díaz, Ione Belarra, Irene Montero), es la garantía de que el proyecto está condenado al descarrilamiento

La forma en la que ha dicho adiós Iglesias no es sino la constatación de su manera de entender el poder. Cuando decidió dimitir como vicepresidente del Gobierno, ungió a Yolanda Díaz como candidata de Unidas Podemos. La ministra de Trabajo no ha sido elegida todavía por ninguna asamblea o congreso. Es más, ella milita en el Partido Comunista, no en Podemos.

El dedazo de Iglesias (un dedazo que deja en dedito meñique al de Aznar cuando señaló a Rajoy como su relevo) no sólo designó a Díaz como sustituta en la jefatura de la facción de UP en el Gobierno y candidata a las próximas elecciones por la citada coalición, sino que, de forma encubierta -fuentes de Podemos, ya saben- ha apuntado ya a Ione Belarra, ministra de Derechos Sociales y Agenda 2030, como futura secretaria general de Podemos. Un día después, el pasado viernes, se supo -a través de las mismas fuentes de Podemos- que Irene Montero, ministra de Igualdad y pareja de Iglesias, acompañaría a su ex compañera de pupitre en la tarea de llevar las riendas de la organización, tras un nuevo Vista Alegre que tendrá lugar el próximo 13 de junio.

Conviene saber algunos datos. Por ejemplo, que Díaz aún no ha dicho esta boca es mía sobre el ofrecimiento público de Iglesias. Tal vez sea porque el anuncio de su candidatura ni siquiera había sido pactado previamente con ella. Pero es más, las relaciones entre Díaz y Montero no han sido buenas en los últimos meses. Su convivencia en el Gobierno ha estado salpicada de continuos pero acallados roces.

En resumen: Iglesias quiere que Díaz sea cabeza de lista en UP y que Belarra y Montero compartan -ya veremos como- la dirección de Podemos. Si una bicefalia ya es la mejor forma de asegurar una guerra interna en una organización, una tricefalia es la garantía de que el proyecto va a estallar incluso antes de ponerse en marcha.

Para bien o para mal, el atractivo de Podemos era Pablo Iglesias. El partido ha ido perdiendo fuelle de forma continuada desde 2016. Iglesias logró, aún habiendo perdido su partido la mitad de sus escaños, alcanzar la vicepresidencia del Gobierno, además de cuatro carteras, gracias a la debilidad de Pedro Sánchez tras los comicios de noviembre de 2019. En los dieciséis escasos meses que Iglesias ha ocupado ese puesto en el Ejecutivo no ha hecho otra cosa que generar tensiones, por querer jugar siempre la baza de ser el jefe de la facción de izquierdas. Su afán por apuntarse los tantos de las medidas más sociales ha sido un tanto patético. La subida del salario mínimo interprofesional más importante la llevó a cabo el gobierno de Sánchez en solitario, y la creación de la renta mínima era algo que el ministro Escrivá llevaba entre sus planes cuando fue nombrado ministro de Seguridad Social.

Lo que sí ha dejado huella en la pequeña historia de Podemos como partido de gobierno han sido debates absurdos como el de la imposición del lenguaje de género.

El gran fracaso de Iglesias ha sido su incapacidad para consolidar una organización que sustentase un proyecto político sólido y duradero en el tiempo. Seguramente, porque el único proyecto político que tenía en la cabeza era su propia ascensión a los cielos.