Esa batalla entre Vox y el Partido Popular, que se irá enconando según pasen los meses y se acerquen las elecciones, sean las generales o sean las andaluzas, es inevitable y está en el guión de futuro del centro derecha español.

Vox nació como partido con representación parlamentaria el 2 de diciembre de 2018, cuando la formación de Santiago Abascal hizo su aparición en las elecciones autonómicas andaluzas con nada menos que 12 escaños, un resultado que fue una sorpresa para todos, incluidos los propios dirigentes de ese partido.

En esos dos años y medio de vida, los logros de Vox han sido muy notables: en las elecciones generales de noviembre de  2019 logró la espectacular cifra de 52 escaños en el Congreso de los Diputados y en las autonómicas catalanas sobrepasó muy ampliamente al PP, su inmediato rival, por una aplastante diferencia, 11 diputados contra los tres conseguidos por el popular Alejandro Fernández. Pero en las elecciones del 4M en Madrid el partido verde sufrió un frenazo importante porque apenas obtuvo un escaño y 43.000 votos más que en los comicios de 2019.

El hecho es que Vox ha estado creciendo sobre la debilidad de un Partido Popular acosado por los casos de corrupción que se dirimen ya ante los tribunales y fragilizado por la endeblez ideológica del discurso del anterior presidente Mariano Rajoy y, en general, de todos sus gobiernos, más dedicados a la gestión y al reto de sacar al país de la crisis económica que preocupados por enviar a los electores unos mensajes políticos claros.

Ahí el campo para los del partido verde se ofrecía amplio y sin cortapisas. Por eso una de sus pullas más ofensivas por humillantes para el partido rival en el campo de le derecha era aquello de «la derechita cobarde», algo que siguen utilizando todavía. Frente a esa «derechita cobarde» se alzaba la derecha valiente, Vox, que no temía enfrentarse con la izquierda en una batalla a pecho descubierto.

En Vox se temen, y se temen bien, que muchos de los votos que emigraron en su día del PP vuelvan grupas y regresen a la vieja casa del centro derecha español»

En ese sentido tenía una cierta explicación que los de Santiago Abascal pensaran en un determinado momento del pasado más inmediato lo que también pensó en su día Albert Rivera, el antiguo líder de Ciudadanos que se creyó con fuerza suficiente para ganarle en las urnas al PP. El recorrido de Cs es de sobra conocido como lo es el estado actual de sus perspectivas electorales, no hace falta recordarlo. Solo constatar el rotundo fracaso de su propósito.

En el caso de Vox, el giro sufrido por la posición de cada partido dentro del panorama político nacional le debería hacer bajar sus aspiraciones de crecer en votos hasta igualarse o incluso superar al PP porque las cosas han dejado de ser como fueron hasta las elecciones en Madrid del 4 de mayo.

En estos momentos, y a pesar de los tragos amargos que aún le quedan por sufrir a la nueva dirección del PP, las perspectivas políticas de Pablo Casado han mejorado sustancialmente gracias a los espléndidos resultados obtenidos por Isabel Díaz Ayuso y, como consecuencia también de los numerosos problemas mal encarados y peor resueltos a los que se enfrenta ahora mismo el Gobierno de Pedro Sánchez, con su correspondiente traducción en la intención de voto de los electores según los sondeos.

En esas condiciones en Vox se temen, y se temen bien, que muchos de los votos que emigraron en su día del PP al partido verde vuelvan grupas y regresen a la vieja casa del centro derecha español. Por eso la tensión entre ambas formaciones es cada vez mayor y por eso se explica el interés de Vox por rescatar las viejas fórmulas agresivas contra los populares que tan buenos resultados le dieron en el pasado.

Pero creo que se equivocan si se proponen acentuar su perfil de intransigencia política frente a la izquierda con la intención de dejar atrapada y emparedada en tierra de nadie la opción conservadora y moderada que, en ese esquema, representaría el PP.

Daré un solo ejemplo: la actitud del grupo parlamentario de Vox en Andalucía, que dejó caer una de las leyes estrella del gobierno PP-Ciudadanos, la del Impulso para la Sostenibilidad del Territorio de Andalucía, que debía haber sustituido la vigente ley del Suelo.

La razón esgrimida por el portavoz del partido verde para justificar esa decisión fue que la Junta de Andalucía había aceptado acoger a 13 menores no acompañados de los que llegaron a Ceuta con motivo de la última crisis con Marruecos. Al margen de que el gobierno de Moreno Bonilla estaba obligado por la ley a acoger ese cupo de menores, la posición del partido de la derecha radical dibujó un talante de dureza y de intransigencia que ya no se corresponde con el clima político que se respira hoy en España, Andalucía incluida.

Fue aquella una manera de enseñar los dientes que probablemente no favorezca a sus intereses electorales de futuro porque a los votantes de la derecha andaluza no les satisfará sin duda la idea de que el actual gobierno de coalición acabe en demasiadas ocasiones en minoría y se vea en la necesidad de convocar elecciones anticipadas, que fue lo que Vox reclamó «porque podrían dar como resultado otra relación de fuerzas», al tiempo que anunciaba que no apoyaría ninguna iniciativa más que no estuviera ya pactada en el pasado.

Pero se encontraron con que el presidente  de la Junta aguantó el tirón y el portavoz del gobierno y consejero de Presidencia, Elías Bendodo, retó al grupo de Vox en estos términos: «¿Quiere una fecha de las próximas elecciones? 27 de noviembre de 2022, porque es el último domingo que se podrían convocar, agotando la legislatura». Ahí queda eso.

Y ese no arrugarse ante los desafíos parlamentarios del partido verde se debe a que el clima político ha cambiado para el PP después del éxito cosechado en Madrid y del fracaso del PSOE en esas elecciones, algo que en Vox deberían tener muy presente.

El PP ya no es un partido malherido que intenta sobrevivir como puede a tantas lanzadas. Ahora mira con creciente optimismo al futuro respaldado por unos sondeos que le colocan sistemáticamente como primera fuerza en unas hipotéticas elecciones generales. 

Cierto que es muy pronto para tomarse esos resultados de los institutos de opinión como si fueran las Tablas de la Ley, pero sí sirven para insuflar a ese partido una confianza en sus posibilidades de la que carecieron hasta que se celebraron las elecciones de Madrid.

Eso es lo que tiene nerviosos a los dirigentes de Vox. Pero se equivocarían si persisten en mantener la estrategia que les dio excelentes resultados en el pasado porque la situación está lejos de ser la misma. Lo de la «derechita cobarde», las sonrisas y los comentarios despectivos ante los «tibios» del Partido Popular ya no van a surtir el mismo efecto que surtieron en su día.

Vox haría bien en asumir que muchos de los votos de los que se benefició en el pasado van a regresar al Partido Popular si las cosas no se les tuercen a los populares y que, en esas condiciones, la formación política puede estar próxima a alcanzar su techo.

Es extraordinariamente improbable que Santiago Abascal le pase por delante en el futuro a Pablo Casado, Lo más que les puede pasar es que el PP necesite de su apoyo para gobernar tras las elecciones. En ese sentido, parece poco práctico que las hostilidades que estamos viendo últimamente entre estos dos adversarios continúen subiendo de nivel hasta hacer inviable cualquier acuerdo posterior. 

Y eso puede llegar a ser así porque ninguno de los dos líderes se puede permitir el lujo de replicar el papelón desempañado por Pedro Sánchez cuando negó en todos los tonos posibles que fuera a pactar con Podemos y ahí están ambos partidos, para asombro de muchos y escándalo de otros tantos, viviendo en desamor y coalición desde enero de 2020.

La verdad es que a lo más que puede aspirar este partido en el panorama político español es a hacer el papel de muleta de los populares en un hipotético gobierno. Pero para eso no se pueden presentar ante los electores como el matón del patio del colegio -que es exactamente lo que han hecho en Andalucía- y han de calibrar bien los asuntos en los que les va a beneficiar el echar un órdago y los asuntos en que ese órdago no va a hacer más que perjudicar sus intereses electorales. Y de momento, no parece que lo tengan demasiado claro.