No es ningún secreto que yo empecé mi carrera periodística en la prensa digamos catalanista. El “digamos” no es irónico, ni es renegado, ni es despectivo: existió, existe -aunque ahora parezca una momia enterrada a muchísima profundidad- y existirá en el famoso seny catalán. Algo que integraba en lugar de disgregar, que ofrecía oportunidades y no tierra quemada, ambición y no repúblicas fantasma. Algo por lo que valía la pena romperse la cara y que un tal Francesc Cambó resumía como «la Cataluña libre dentro de la España grande».

En la susodicha prensa catalanista donde yo empecé a escribir, allá por los olímpicos años 90, se producían a veces meteduras de pata imperdonables. A los jefes del diario Avui, mis jefes, se les “pasó” no sé qué aniversario de Cambó. Cuando se encontraron con que la siempre astuta y sibilina La Vanguardia (más española o más catalana según el día y el gobierno) le había dedicado al tema un especial de tropecientas páginas, mientras que ellos estaban literalmente en calçotets, me despacharon a entrevistar a la hija de Cambó, a tener con ella un encuentro entrañable e intimista que a ellos les salvó la cara y a mí me dejó sobrecogida. Ya en los 90, era perceptible la decadencia del catalanismo. La caída en picado de determinados sueños de gloria y, sobre todo, de rectitud y de verdad humana.

Siempre he dicho que yo empecé en la prensa catalanista, en parte, porque en la sociovergente Cataluña de los 90 eras socialista o eras un perro, y yo siempre he sido muy perra. Demasiado díscola para pasar el corte de ese PSC que se presume divino y abierto, pero que emplea la guillotina sin piedad a cualquiera que intente tocarle las hegemonías.

Como todo se pega menos la hermosura, los catalanistas de anteayer superaron sus complejos haciéndose peores, no mejores. Los socialistas catalanes hicieron otro tanto: vengarse de la humillación de 23 años de derrotas ininterrumpidas frente a Jordi Pujol abrazando la cara oscura del pujolismo, que no ninguna de sus grandezas, en cuanto tocaron la Generalitat.

A día de hoy, en Cataluña no se puede salir a la calle sin oír “¡que viene la ultraderecha!” y sin que se te exijan certificados de vacunación y de no tener ningún cuñado de Vox»

Fueron muchísimos los decepcionados por aquel sorprendente giro de la izquierda catalana hacia el cinismo. Para mí que se vieron entre todos setecientas mil veces Lo que el viento se llevó y juraron nunca volver a pasar hambre (de poder). Subestimando el peligro que tenía y tiene ERC (otro reservorio de agraviados y resentidos del pujolismo), frivolizaron con la reforma del Estatut, como ahora con los indultos, y le pusieron -con gran éxito- un cordón sanitario al PP. Dictaminaron que Cataluña a cualquier precio tenía que ser suya como lo había sido de Pujol. Y aquí paz y después zapaterismo, sanchismo, etc.

Entre medias, de debajo de las piedras de las que los catalanes somos tan aficionados a sacar panes, había surgido una especie de milagro. Un partido político técnicamente imposible. Un fallo en la Matrix del bipartidismo. Se llamaba lo que era, Ciutadans, e irrumpió como un latigazo de desafío y de salud. Sobre todo un latigazo sin manías y sin hipotecas. Tiene narices que se les intentara presentar a veces como “el partido del Ibex” cuando ya se ha visto lo que pasa cuando Ciutadans se acerca demasiado a dar miedo a las oligarquías podridas de complejo de superioridad, y a la vez de rencor, que demasiado tiempo llevan encadenando la Cataluña libre y achicando la España grande.

En estos quince años han pasado muchas cosas, buenas y malas. Está en el ADN de los partidos jóvenes equivocarse, pecar de ingenuidad, no hacerse entender. Está en el ADN de los partidos viejos cerrarles el paso como sea. Si el PSC-PSOE le puso un cordón sanitario al PP para tratar de tener un eterno granero de voto cautivo en Cataluña, ¿qué no haría con Ciutadans, que una vez se atrevió a dar esperanzas no de boquilla sino verdaderas a las clases medias, trabajadoras y hasta pensadoras?

A día de hoy, en Cataluña no se puede salir a la calle sin oír “¡que viene la ultraderecha!” y sin que se te exijan certificados de vacunación y de no tener ningún cuñado de Vox. Y los de Vox encantados, claro: cautivo y desarmado el PP catalán, para mucha gente es fantástico este bipartidismo fantasmal que se ha instalado en muchas cabeceras de periódico y en muchas mentes, o estás con Gru Sánchez y sus minions amarillos, o estás con el peligro verde.

Pero no se engañen: incluso en esta hora grave de desánimo y de tribulación, los que saben de qué va la castaña tienen muy claro que el verdadero cordón sanitario, a la vez sutil e implacable, es el que los de tota la vida le intentaban y le intentan hacer a Ciutadans. Magnificando sus errores (que no engaños ni traiciones), apagando informativamente sus aciertos. Lívidos de bajeza ante sus heroísmos.

¿Será que yo siempre voy al revés del mundo, y por eso me eché en brazos de la caballería naranja justo cuando la rutilante estrella de Ciudadanos parecía ocultarse tras tremendos nubarrones en toda España? ¿O será que mi feroz instinto de libertad se mantiene intacto y que por fin he encontrado el camino de vuelta a casa? ¿A la Cataluña libre y a la España grande?

Fíjense que después de veinte años en Madrid, voy y me meto de cabeza en Ciutadans. En la zona cero de la audacia. Donde una tal Inés Arrimadas y un tal Carlos Carrizosa fueron, en el feroz otoño de 2017, todo lo que se interponía entre nuestro corazón y el caos. Bueno, ellos y el discurso del Rey del 3 de Octubre.

Pero como una no tiene la sangre azul, bueno, pues en lugar de meterme a reina, me he hecho de Ciutadans. ¿En el peor momento o en el mejor? Depende de si tienes aspiraciones o sueños. Depende de cuán importante sea para ti una Cataluña libre dentro de una España grande.

Siempre sospeché que el verdadero destino, la verdadera Excalibur de Ciutadans, era ser la CiU del siglo XXI, pero de buena fe: una arrolladora fuerza redentora de lo catalán que irrigara de generosidad y de dinamismo toda España. A la Cambó, pero sin mirar por encima del hombro a nadie. Aquí estamos magullados pero enteros para lo que haga falta, para lo que sea menester. Que parece que es mucho. Bienvenidos a la Renaixença, esta vez para todos y de verdad.