Fueron seis años de gloria maldita. Desde 1974 hasta 1980 se escribió el lanzamiento de la historia de la banda de rock duro más importante del mundo a golpe de voz gutural de un hombre que presuntamente murió ahogado en su propio vómito tras una sobredosis, solo, y en un coche. Según se dice. Hemos empezado por el final.

Tal día como hoy, en 1946 y en Escocia, nació alguien destinado a tener, en su ciudad natal, Farfur, una estatua. No fue guerrero, pero sí dio guerra, no fue estadista pero su palabra era ley, y no fue conquistador, aunque el planeta entero escuchó su voz resonar.

Bon Scott fue de los muchos niños que con apenas seis años emigró con una familia que buscaba una mejor vida, hasta nada menos que Australia. No podía ir más lejos porque ya se daba la vuelta. Sin embargo, la mayoría de aquellas familias escocesas, en vez de dejar atrás sus tradiciones, las conservaban hasta tal punto de que al niño, que le gustaba mucho la música, le dieron lecciones de tambor y gaita. Otra cosa es que las siguiera. Como su carácter distaba mucho de ser tradicional, le echaron. De ahí, y del ejército, por ejemplo. Y hasta de la cárcel, donde acabó de turismo unos meses por delitos bastante surrealistas, tipo suplantación de identidad.

Como ocurre con Marilyn, o con Kurt Cobain, resulta difícil imaginarse a Bon vivo con los 75 “palos” que le caerían hoy

Con su correspondiente accidente de moto bajo los efectos del alcohol, no era dócil, ni un santo, está claro. Pero siempre estará en el cielo de los amantes del heavy como el verdadero primer vocalista de AC/DC, aunque tuvieran a Brian Johnson antes, y a Steve Young después.

Si bien es cierto que el álbum más vendido de la banda vendría justo después de su muerte, Back in Black, la leyenda de estos chicos se hizo grande con Scott. No espere el lector encontrarse con su voz (aunque puede que sí con sus letras) en ninguno de los éxitos de los 80 o los 90. Donde no falla su presencia es en el clásico Highway to hell.

En este vídeo remasterizado de uno de sus conciertos de 1979, vemos a la figura de Bon en su expresión más absoluta. Parece sacada del subconsciente colectivo de quienes nos gastamos más de mil pesetas en aquel álbum, para ponerla sobre el escenario. Es como una buena imitación de Rami Malek que se retroalimenta siendo la realidad. Es lo genuino de un artista al que incluso Barón Rojo dedicó su ‘Concierto para ellos’, entre otros.

Todo lo que rodea a la muerte de este ícono del rock está plagado de misterio y misticismo a partes iguales, aunque añadiría una tercera de sordidez. Lo cierto es que venían de una gira brutal (en todos los sentidos) con la que sellarían su éxito mundial. Algún día alguien hará una película con la vida y “milagros” de la banda. Seguro. Los episodios vividos en aquellos conciertos van desde el sabotaje a golpes en el escenario.

En los meses siguientes, nuestro cantante tenía que ir frecuentemente al dentista por perder alguna pieza en sus muchas peleas a puñetazos. También con el resto de la banda. La sombra de la separación ya se había cernido sobre el grupo. Las adicciones no eran el mejor caldo de cultivo para ser profesional, y aquello comenzaba a ser un negocio de enormes dimensiones.

Como ocurre con Marilyn, o con Kurt Cobain, o tantos que nos dejaron siendo todavía jóvenes, resulta difícil imaginarse a Bon vivo con los 75 “palos” que le caerían hoy. Pero si así fuera, seguro que habría seguido con la banda que volvió no hace mucho a la carga (voltaica).

Aunque, pensándolo bien, el género humano es tan cruel que necesita normalmente una muerte para convertir a alguien en leyenda.