Cuando el pasado domingo Italia se impuso a Inglaterra en la final de la Eurocopa, además de resolver una cuenta pendiente de más de medio siglo con el torneo continental, selló con fiesta la semana de hondo luto nacional por Raffaella Carrà. Solo un triunfo de la azzurra podía ofrecer un consuelo colectivo a la altura de la inesperada pérdida de la artista de la canción y la televisión.

Desde el Tuca Tuca que bailado ombligo al aire en la RAI excitó las iras del órgano vaticano –nos referimos a L’Osservatore Romano– en 1971, Carrà ha dominado a golpe de melena –ya saben, un golpe seco, latigazo de abajo arriba, con las manos en la cintura o en gracioso ademán teatral– medio siglo de cultura popular en su país.

Raffaella fue decana e indiscutible emperatriz del italianísimo sistema de soubrettes, las coristas y vedetes catódicas que a falta de folclóricas amenizaron durante décadas, con despliegue de coreografías, lentejuelas y carísimos efectos y decorados, las serate de los italianos. Y con su voz limitada pero inconfundible, multiplicada en el estudio con el oportuno double tracking y los recursos del italo disco, ha puesto la banda sonora de los veranos del sur. Dando continuidad a ese denominador común mediterráneo, «antiquísimo y cierto», que Pla reconoció en su primera visita a aquel país de su predilección.

Carrà ha puesto la banda sonora de los veranos del sur, dando continuidad a ese denominador común mediterráneo, «antiquísimo y cierto», que señaló Pla

Gracias a sus cualidades artísticas, y a la calidez maternal con que miraba a los ojos a sus millones de espectadores, Carrà pudo hacer con naturalidad la transición de soubrette a gran dama de la televisión. En 1983, el año que cumplía 40, inauguró la franja matinal de la RAI con Pronto… Raffaella? Desde un lujoso apartamento con vistas a Roma simulado en el estudio de la televisión pública en Via Teulada, Carrà cantaba y bailaba, como de costumbre, pero también hacía entrevistas cercanas a estrellas como ella y hablaba por teléfono con sus compatriotas, desplegando el encanto de lo que el cineasta Luca Guadagnino, en su despedida, ha llamado la «sabiduría campesina» de una humanista en traje de noche.

La artificiosidad de aquel mullido trampantojo, que diez años después se recreó en versión madrileña para Hola Raffaella, quedaba constante y deliberadamente en evidencia cada vez que Carrà se mezclaba con el numeroso equipo detrás de las cámaras para interpretar algunas de sus canciones. Con audacia pionera, imitada hasta la extenuación, mostraba abiertamente todos los secretos de la cuarta pared de la televisión. Ya no era Raffaella la que entraba en los hogares italianos, eran los italianos los que entraban hasta la cocina de la casa de Rafaella, casa común de Italia.

El broche a su carrera como anfitriona televisiva fue en 2019 con A Raccontare comincia tu, un programa de entrevistas equivalente al bertinesco Mi casa es la tuya. Las comparaciones son odiosas.

Con motivo de su muerte, ha vuelto a circular el recorte de una entrevista de Carrà en la revista Interviú de junio del 77 con el titular «Siempre voto comunista». Esgrimido por cierta izquierda para patrimonializar a la diva, y por cierta derecha para escatimarle el homenaje a una roja millonaria. Pocas veces un titular de Interviú fue tomado tan en serio. Póngase en contexto: piénsese lo que significaba votar comunista en la Italia de los 70, y lo sensacional que era titular comunista en la España de entonces, con el PCE legalizado cuatro meses antes.

Atendiendo sus últimas voluntades –no iba a misa, aunque reconocía que rezaba cotidianamente–, la comunista Raffaella ha recibido un funeral digno de hija predilecta de la Iglesia en la venerable basílica capitolina de Santa María en Aracoeli. Su ex y sin embargo amigo Sergio Japino invitaba a que, a la misma hora en que se celebraba la ceremonia, los italianos acudieran a las iglesias de todo el país para pedir por su eterno descanso.

Lejos queda el escándalo efímero del ombligo, sobredimensionado por el paso del tiempo. Como el titular de Interviú. No hay grave contradicción personal en la trayectoria de la adinerada pero discreta entertainer preocupada por los desfavorecidos, espiritual sin ser piadosa; sino síntesis de un país proteico que sigue provocando fascinación. Especialmente entre los ingleses, de Byron a Brydon –no se pierdan su hilarante viaje italiano con Steve Coogan en The Trip, de Michael Winterbottom–, derrotados el domingo en Wembley.

Esa cualidad sintética, que explica el afecto y la admiración unánimes por Carrà, se ha manifestado milagrosamente en Madrid. Todos los grupos municipales, salvo Vox, han votado a favor de dedicar a Raffaela esa plazuela sin nombre situada a medio camino de la calle Fuencarral, enfrente de Augusto Figueroa y de la capilla de Nuestra Señora de la Soledad; esa esquina donde fue asesinado el teniente Castillo en las vísperas detonantes de la Guerra Civil, hace ahora 85 años. ¿Será una heraldo de concordia consistorial? ¿Habrá que cursar proceso de canonización? Parece que se cumple post mortem lo que durante el cortejo fúnebre romano dejó dicho el actor y presentador Flavio Insinna: «El aplauso de la gente no acabará nunca porque Raffaella ha hecho el mundo más bello y más ligero». Lo ha logrado, incluso, con el enconado debate político de la capital. Milagro en Madrid.