Como nos pasó a muchos, la guitarra del maestro que hoy cumple años se coló en diferentes escenas de nuestra vida, quedando íntimamente unidas. A mí me pilló quizá demasiado joven esa sensualidad de Europa, el mejor blues de la historia de Carlos Humberto Santana Barragán. Santana.

Se entrenó hasta los ocho años con la trompeta y el violín, deseando estar tocando con sus dedos las seis cuerdas. Eso te da la fuerza necesaria para luego cogerlas con más ganas. Y así, a los 14 años, ese muchacho de Jalisco criado en Tijuana andaba por los bares tratando de imitar a sus ídolos. Pegaba bien la oreja al viejo tocadiscos familiar para no perder ni una nota de lo que hacían sus admirados B.B. King, John Lee Hooker o el cheroqui T-Bone Walker

Para entonces ya había cruzado la frontera y vivía en San Francisco. Se puso en serio con el inglés y con los bienes innatos que le habían sido dados a la hora de acariciar la música con sus manos. Sabía Carlos que la única forma de hacerse sitio en la «tierra de las oportunidades» era esa.

Mientras en España caían las bombas en Palomares, este chico, con apenas 19 años, montaba su primera banda. Tanto era su carisma en el grupo, que tomó su apellido como nombre del conjunto. No necesitaba llamar la atención o hacer extraños aspavientos como otros de su época. Era cuestión de tocar, y saber cantar con cuerdas que no eran las vocales. 

Llega el hombre a la Luna, y en aquel 1969 aparece nuestro mago con su banda y sus peinados a lo afro en Woodstock para dejar caer un enorme despliegue de ritmos trepidantes que movieron al personal allí reunido hasta el éxtasis. Hay pruebas: 

Todo un trance. Real. Por lo visto Jerry García le suministró, horas antes, sustancias lo suficientemente psicotrópicas como para alucinar de verdad. Confiaba en que para la hora del concierto ya se le habría pasado el efecto. Pues le adelantaron la salida. Iba hasta arriba. 

Todo esto ocurría antes de haber sacado un solo álbum con su banda. Aquel concierto-incidente de Woodstock le dio ínfulas y se volvió estrella. Pero una profunda y hermosa espiritualidad, de la que hace gala con fruición en cada entrevista, le dio un par de toques en el hombro cuando parecía que su ego iba a ser más grande que su arte. Se mudó a Queens, se cortó el pelo, y cambió la dieta. Nada de drogas en diez años. 

En los 70 se casa, tiene tres hijos, y se dedica al jazz. En la época del amor universal, el genio firmó uno de los grandes himnos que todos conocemos: Oye como va. Nada menos. Pero no es la canción que vamos a añadir a nuestra preciosa playlist.

Vamos mejor con Europa, ese mejor blues de su larga vida como músico que comenté al principio. Un tema que el hombre-guitarra decidió arrinconar por ser, quizá, demasiado dulce. Lo cierto es que, por alguna razón, enseñaba la maqueta a escondidas, como quien tiene un tesoro. En una ocasión se la puso nada menos que a Maurice White, uno de los grandes genios musicales del siglo pasado. El fundador de Earth, Wind and Fire fue quien le propuso convertirla en éxito, porque lo era. Sus primeros cinco segundos son abrasadores, contundentes, y claramente reconocibles. Bien se puede resumir en tan pocas notas esa obra llena de éxitos y brillantes colaboraciones que aquí, ni de coña (con perdón) cabrían. 

100 millones de álbumes y algunos Grammy después, Santana sigue muy vivo, deseando volver a subirse al escenario. Quizá no sea como en Woodstock, pero su visión de aquel momento nos es de enorme utilidad: 

«Pude ver que los seres humanos son capaces de coexistir con benevolencia. Por eso aún hablamos de Woodstock».